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domingo, 22 de febrero de 2015

Castellanofobia: Josep Fontana


Sé que algunas cosas que he escrito irritarán. Pero editar el libro solo en catalán ayudará a que lo lean menos.
Josep Fontana. El Periódico de Cataluña 22/10/2014

Josep Fontana i Lazaro  es uno de los  historiadores más influyentes de la actualidad. Nacido en Barcelona en 1.931, fue discípulo de Jaume Vicens Vives y de Ferran Soldevila, quizás el máximo exponente de la historiografía catalanista. Miembro durante muchos años del comunista PSUC, lo abandonó en los años 80.  En 2.013 participó como ponente en el polémico congreso "España Contra Cataluña",  conocido también como el "Simposio del Odio". 

No parece haber perdido por ello crédito en el resto de España, y continúa asomándose habitualmente a periódicos, tertulias y programas radiofónicos de ámbito estatal. Por eso llama la atención y hasta espanta que alguien de su supuesto prestigio intelectual  dentro y fuera de Cataluña se despache con Castilla y  los castellanos en los términos que vamos a ver.  Comentaremos una entrevista publicada por El Periódico de Cataluña el miércoles 22 de octubre de 2.014, con motivo de la presentación del último libro de Fontana, "La Formació d'una Identitat". He aquí un fragmento:
-  Refiriéndose a la segunda guerra carlista Vd. dice que "Madrid no entiende nada".
- La sociedad castellana en la baja edad media tiene un problema considerable, el de las tres religiones. En lugar de tolerancia, un problema. Nosostros no nos libramos, pero no marca tanto nuestra cultura. La palabra raza es una palabra de origen castellano en cualquier lengua del mundo. Raza era un defecto en un tejido. Y se transmite ese significado a la raza de moros y judíos. Este hilo de intolerancia hace que nunca acaben de entender que los otros hablen distinto, que sean distintos. O que quieran tener una forma de vida distinta. No lo entienden. Y ese no lo entienden lo ves cada día. Han sido educados para no entender nada. Y cualquier cosa que se les ponga por delante... ahora me dicen que soy un viejo estalinista que se ha hecho nacionalista. Cuando entré en el PSUC era tan nacionalista como ahora.
La respuesta se parece mucho a la típica y tópica retahila castellanófoba que cualquier nacionalista catalán es capaz de endilgar a la mínima ocasión que se le presente: "castellanos mesetarios intolerantes casposos y bla, bla, bla". Pero en este caso, Fontana se aventura también en los mares de la filología. Especula sobre la etimología del vocablo "raza" y poco le falta para acusar a Castilla de ser la fuente del racismo mundial. Ahí es nada.

Conviene decir que sobre el origen de la palabra "raza" no hay consenso entre los especialistas, si bien la mayoría se inclina por que proviene del latín "ratia, radius", rayo (en el sentido de línea hereditaria) o "radix", raíz. Otros la hacen derivar del árabe "ras", origen. Y algunos incluso del eslavo. Pero por lo visto, para Fontana una palabra tan desagradable tiene forzosamente que ser castellana. No está de más recordar que si se puede retorcer así la Filología, que no se podrá hacer con la Historia...

Por otra parte, si D. Josep pretende investigar antecedentes de racismo, para encontrarlos no tiene por que irse tan lejos en el espacio y en el tiempo. Le basta con estudiar el pensamiento de Valentí Almirall, Pompeu Gener y otros progenitores del nacionalismo catalán que tan fervientemente profesa.

Josep Fontana. Castellanófilo al recibir homenaje en Valladolid. Castellanófobo  al promocionar su libro en Barcelona. ¡Ah sutil dualidad del alma catalanista que los castellanos hemos sido educados para no entender!

En general la entrevista, no demasiado extensa, está trufada de las tradicionales loas  a la "brillantísima" y "ejemplarísima" historia catalana, y como suele ser habitual en estos casos, las consabidas alusiones descalificadoras a su presunta  y oscura antítesis, la castellana. Por supuesto, para el entrevistado, cualquier parecido entre una y otra solo puede ser mera coincidencia:
Cataluña es un país donde no hay grandes fortunas ni grandes magnates feudales como en Castilla.

Cataluña crea una sociedad que negocia.

Se crea desde muy pronto un tipo de gobierno que genera unas constituciones y un tipo de derechos que la gente conoce porque le da garantías. (...) Es algo que los militares castellanos no entienden. 

Este fracaso del proyecto liberal era inevitable porque no se podían fusionar dos sociedades [castellana y catalana] distintas con mentalidades distintas.

Y los soldados se encuentran con problemas con sus superiores. El funcionario que reclama el impuesto suele ser castellano.

En el teatro popular bilingüe el castellano se reserva a personajes ridículos, pretenciosos y autoritarios.
Nosotros diríamos sin embargo que esto último no añade ninguna gloria  al pasado de Cataluña, ni marca ningún hito diferencial.  Solo demuestra  que  avanzada la segunda mitad del siglo XIX,  cuando eclosiona el catalanismo, la castellanofobia empieza igualmente a campar  a sus anchas por Barcelona.  Y a juzgar por las declaraciones del señor Fontana,  aun sigue ahí.

Que la visión histórica de nuestro "maestro de historiadores" no es precisamente neutral es algo que se puede intuir al constatar su opinión sobre la evolución del Estado Español durante el siglo XVIII. En la más pura línea de la historiografía catalanista, los personajes considerados enemigos de su país son denostados sin piedad y sin matices, convertidos prácticamente en el equivalente de los ogros o las brujas de los cuentos infantiles. Nada medianamente positivo puede atribuírseles nunca. Comprobemos  como se pasa factura a Felipe V y sus sucesores, que tras la Guerra de Sucesión pusieron fin a los privilegios y exenciones de los que disfrutaba Cataluña bajo los Habsburgo:
- Al otro lado  se  sigue hablando de la modernidad y el progreso traído por los borbones tras suprimir unas obsoletas rémoras medievales:

- (...) El mito del progreso borbónico es una tontería. Los borbones hacen que España, que aún era una gran potencia, pase a ser una ruina en 1.808. 
En realidad cuando España representaba la viva imagen de la  ruina y la decadencia fue bajo el pobre Carlos II, el último Austria. Hasta tal punto que los otros reyes europeos se le repartían los dominios en sus narices, mediante tratados secretos que apenas  disimulaban.  Su sucesor Felipe V, una de las bestias negras por antonomasia del catalanismo, con sus luces y sus sombras, con sus aciertos y sus errores, distó bastante de ser el peor rey que Hispania haya conocido. Tal es por ejemplo el parecer del historiador inglés William Coxe (1.748-1.828) que más cercano a los hechos y sobre todo más imparcial, tras criticar algunos aspectos de su gobierno no tiene inconveniente en reconocer al mismo tiempo que:
Por lo que toca a las mejoras saludables introducidas durante su reinado, su vivo deseo de saber todo cuanto le parecía útil y la favorable acogida con que recibió siempre a cuantos le presentaron proyectos de reformas y mejoras en todos los géneros, prueban claramente que si careció de capacidad para innovar por sí mismo tuvo por lo menos el mérito de aprobar y sancionar los planes que le parecían buenos. A su advenimiento se hallaba el Reino exhausto de hombres y dinero; sin Marina, sin Ejército bien organizado, sin género ninguno de industria, solo le quedaba de su antiguo poderío, de su riqueza y grandeza pasadas, un recuerdo que habían casi borrado las vicisitudes y las revoluciones. Sin embargo, dejó un Ejército que después de haber sido diezmado por las guerras de Italia vengó el honor nacional siempre que se ofrecía ocasión para ello, una Marina que hacía temblar a Europa e infinidad de establecimientos que prueban el renacimiento de la industria, del comercio y de las artes en España.
Muy lejos pues del desastre absoluto que Fontana y la historiografía oficiosa catalanista pretenden pintarnos. Los reinados de sus hijos Fernando  VI  y   Carlos III pueden asimismo contarse entre los más provechosos de nuestra historia, y aunque el de su nieto Carlos IV dejara bastante que desear, casi ningún experto (imparcial) niega que en el siglo XVIII se puso fin a la dinámica de ruina económica, caos administrativo y debilidad militar desatada por los Habsburgo y su "Estado Asimétrico" en el XVII. 

La Familia de Felipe V, por Van Loo. Aparecen además los futuros Fernando VI y Carlos III. Pese al interés del catalanismo en demonizarlos, fueron los suyos reinados muy superiores a la media en este país. 

Ciertamente, para que España dejara de ser una potencia habría que esperar a la llegada del siglo XIX. Fue entonces cuando, a modo de plagas bíblicas, se sucedieron la destrucción causada por la Guerra de Independencia, el nefasto reinado de Fernando VII, la pérdida de las colonias americanas, y las interminables contiendas entre  liberales y  carlistas, que asolaron el país y arruinaron una y otra vez su erario. Puede que tampoco  esté de más señalar que el retrógrado absolutismo  carlista gozaba de muchos más apoyos en Cataluña y Vasconia que en Castilla. Que cosas... ¿verdad?.

Pero volvamos a la entrevista de El Periódico, que termina de este modo:
-  ¿No habrá traducción [al castellano]?

-  He dicho que no. Quería explicar cosas a gente que tiene la misma cultura, que ha tenido las mismas experiencias, que se ha encontrado con los mismos problemas y con la que tenemos una visión del mundo compartida que es lo que acaba fabricando toda esta identidad.

-  ¿Se rinde? ¿No hay nada que hacer [con los castellanos]?

-  No es eso solo. He escrito este libro pensando en lectores catalanes. Si he de hacer los mismos razonamientos a lectores castellanos, lo tendría que reescribir completamente. Y no se si vale la pena el esfuerzo.
El desprecio que subyace tras esta respuesta es evidente y no parece menos ofensivo que todo lo anteriormente citado. Le replicaba pocos días después el periodista Gregorio Morán en La Vanguardia, 25/10/2014:
Josep Fontana se ha vuelto muecín de mezquita (almuédano, se decía en castellano antiguo) y ha proclamado que los catalanes históricamente somos superiores a los castellanos, que no merecen ni que se les explique su inferioridad; una idea que tuvo ya gran éxito en África del Sur.
Pero cuando uno ya se queda patidifuso es cuando se entera que hace tan solo cuatro años D. Josep fue distinguido como doctor honoris causa por la universidad de... ¡Valladolid! Y  que apenas iniciado su discurso y tras mostrar su agradecimiento al tribunal, el homenajeado  se manifestaba tal que así:
Es esta una institución a la que me siento ligado desde hace muchos años por los amigos con los que he contado y cuento en ella. Algunos ya han desaparecido como Julio Valdeon y Felipe Ruiz Martín. Otros siguen presentes en su trabajo en esta casa y en mi amistad. Es a estos amigos a quienes debo sobre todo haber aprendido a conocer y estimar a esta tierra.
¡Pues menos mal que estima y conoce a esta tierra! ¡Mejor ni imaginar que opinión tendría de ella en caso contrario! Quizás algún malpensado podría sospechar que el señor Fontana dice una cosa en Barcelona y la contraria en Valladolid. Que se expresa  en muy distinto tono según el medio al que se dirige. Y que ejecutando una suerte en la cual algunos nacionalistas catalanes son consumados maestros, modula su mensaje de tal forma que lo que frente a un público castellano son cortesías y buenas palabras, se convierten ante su equivalente catalán en desprecios y castellanofobia. Y  de ahí a la hipocresía absoluta no hay más que un paso. O menos. 

Todas estas consideraciones deberían servir también para reflexionar sobre la importancia que tiene la ideología de cada cual en la manera de contarnos la historia. Es imposible que las filias y las fobias del historiador no terminen manifestándose de algún modo en su obra.  Y si los encargados de explicar  nuestro pasado rezuman prejuicios anticastellanos ¿podemos luego extrañarnos  de que abierta o tácitamente pongan siempre a Castilla como un trapo?

domingo, 5 de enero de 2014

Castilla y Cataluña: Tratado de Utrecht y Privilegios


El Rey Católico por atención a su Majestad Británica concede y confirma por el presente a cualesquiera habitadores de Cataluña, no solo la amnistía deseada juntamente con la plena posesión de todos sus bienes y honras, sino que les da y concede también todos aquellos privilegios que poseen y gozan, y en adelante pueden poseer y gozar los habitadores de las dos Castillas.
Artículo XIII. Tratado de Utrecht. 1713


1.713. Las potencias europeas  se reunen en la localidad holandesa de Utrecht. Es el principio del fin de la Guerra de Sucesión. 

Había surgido como una contienda entre los dos aspirantes a suceder a Carlos II en el trono  español, el francés  Felipe V de Borbón y el austriaco  Carlos de Habsburgo. La mayor parte de las potencias europeas tomaron partido por uno u otro. Pero tras más de una década de combates  ni Francia ni los Aliados han conseguido imponerse. Estos, (Gran Bretaña, Austria, Países Bajos, Portugal y algunos estados menores), llevaron la iniciativa durante la mayor parte del conflicto. Consiguieron grandes victorias en Flandes y Alemania  que pusieron a Francia al borde de la derrota. Sólo la desmesura de las condiciones de paz propuestas impidieron que  el soberano francés, Luis XIV, se diera por vencido y la consiguiente entronización del pretendiente austriaco, Carlos (III) como Rey de España.

Sin embargo, poco tiempo después Francia conseguia rehacerse paralizando el avance aliado hacia el norte de su territorio en la batalla de Malplaquet. Mientras, en el frente español,   Felipe V iniciaba una contraofensiva que tras expulsar a Carlos de Madrid y derrotar a su ejército  en Brihuega y Villaviciosa lograba arrinconarle en Cataluña.

Inglaterra se dio cuenta de que la mayoría del pueblo castellano había tomado decididamente partido por el pretendiente francés y que su objetivo de hacer Rey de España al candidato austriaco se antojaba muy complicado. Ante esta situación, y vista la impopularidad cada vez mayor de una guerra tan larga que estaba consumiendo cantidades ingentes de recursos humanos y económicos, el gobierno británico optó por abrir conversaciones discretas con Francia. Ésta, igualmente necesitada de poner fin al conflicto, accedió de buena gana. Ambas terminaron acordando unas bases para la paz, que posteriormente, de mejor o peor gana, no tuvieron más remedio que ser aceptadas por el resto de países contendientes en los acuerdos de Utrecht y Ranstatt.


Tratado de Utrecht (1713) por el que se concedían a  castellanos y catalanes los mismos privilegios
Muchos en Cataluña lo consideran algo oprobioso e  inaceptable

Las tropas aliadas que permanecían en Cataluña, embarcaron para no volver y el principado se encontró abandonado por los aliados y en una situación bastante comprometida. Beneficiado por un sistema de privilegios que le evitaban los gravosos impuestos que soportaba Castilla, veía que aquellos corrían serio peligro de ser abolidos. Felipe V había prometido en 1701 mantenerlos, siendo él, por su parte, jurado como Rey. Pero, sin embargo, apenas tres años después los catalanes le habían dado la espalda proclamando a su rival Carlos (III),  provocando que la guerra prendiera en la península y que la destrucción se extendiera por todas partes. Felipe ahora estaba decidido a uniformar las administraciones de la Corona de Aragón  y de Castilla, y a mantener solo las peculiaridades  del País Vasco y Navarra, territorios que le habían sido fieles.  Así lo manifestó su embajador  en Utrecht, el marqués de Monteleón:
porque en lo tocante a los privilegios que los reyes, por pura bondad, otorgaron a los catalanes, se han hecho indignos de ellos por su mala conducta
Ante este panorama, el embajador catalán en Londres, Pau Ignasi de Dalmases suplicó al gobierno británico que intercediera por el mantenimiento de sus fueros, invocando el pacto que había firmado en 1.705 con ciertos  representantes catalanes en Génova. En el mismo se estipulaba claramente que, en caso de derrota, Gran Bretaña se comprometería a proteger los privilegios de Cataluña. Pero como suele suceder en estos casos, el protector tenía sus propios intereses. El Reino Unido había salido muy beneficiado del Tratado de Utrecht. Había conseguido debilitar a Francia, su principal objetivo, y además la posesión de Gibraltar, y Menorca, más ciertas ventajas comerciales en América. No estaba por la labor de  renunciar a nada de ello a cambio de la satisfacción de las peticiones de los rebeldes catalanes. Así que cuando la reina Ana recibió al suplicante embajador Dalmases se limitó a decirle que:
había hecho lo que había podido por Cataluña y que lo haría aún, procurando por todos los medios posibles la seguridad y el cumplimiento de todo lo que se le había ofrecido y había obtenido por nuestra patria expresándome que todo lo que había hecho y hacía era de todo su corazón y del mucho amor y voluntad que nos tenía.
Se refería hipócritamente al artículo XIII del tratado de Utrecht,  por el que se reconocían a los catalanes "todos los privilegios de las dos Castillas". Es conocida  la desolación del señor Dalmases ante tal respuesta. Demasiado bien sabía él que conceder a los catalanes los "privilegios" de los que disfrutaban los castellanos equivalía en la práctica a no tenerlos. 

Tras la derrota de los comuneros en Villalar en 1521, Castilla había ido perdiendo  sus libertades. Bien sujeta a la monarquía, hubo de asumir la mayor parte de las cargas económicas y militares del Imperio de los Austrias, mientras el resto de territorios se escudaban en sus propios fueros para esquivarlas. En esa tesitura, los castellanos sufrieron una presión impositiva sin parangón que tomó la forma de un auténtico expolio. Historiadores catalanes como Albert Balcells reconocen que hasta los decretos de Nueva Planta Cataluña había sido un país fiscalmente privilegiado, mientras que Joaquim Albareda señala que a finales del siglo XVI "el Imperio era a todas luces un parásito de Castilla".

Las tristes consecuencias de esta discriminación de los intereses castellanos por parte del gobierno de los Habsburgo no tardaron en materializarse en forma de decadencia y ruina. En el curso de pocas generaciones, Castilla, que era el reino económica y demográficamente hegemónico dentro de la península, y uno de los más pujantes de la Europa del siglo XV vio perder la efectividad de sus Cortes, decaer irremisiblemente su industria y su comercio y despoblar sus campos. No podemos pues extrañarnos del desagrado del embajador Dalmases  ante la perspectiva de que su principado pasara a compartir los "privilegios" de los que gozaba Castilla. 

martes, 24 de diciembre de 2013

Guerra de Sucesión: ¿Por Qué Castilla Fue Felipista?


Admirará la posteridad el amor, la constancia y la fe de los reinos de Castilla que a porfía, no cansados, sino estimulados de la desgracia de su príncipe, ofrecían sus bienes, sus haciendas y sus vidas para reparar el daño.
Comentarios a la Guerra de España. Vicenzo Bacallar
   
La Guerra de Sucesión (1.701-1.715) está de moda. El tricentenario de la conclusión de la misma en Barcelona, y la visión que de este hecho se ha venido dando desde el nacionalismo catalán ha provocado un aluvión de publicaciones, columnas de periódicos y opiniones radiofónicas como pocas veces se ha visto en un acontecimiento histórico. No es extraño que unos sucesos tan importantes, complejos, y por lo que parece, con tanta trascendencia en el debate político actual hayan sido estudiados desde muy diversos puntos de vista. Sin embargo, consciente o inconscientemente, se ha hecho girar el debate historiográfico sobre la Guerra y las repercusiones de la misma en el territorio catalán, desplazando un tanto todo los demás. Nos proponemos aquí dar unas simples pinceladas sobre  Castilla y La Guerra de Sucesión.

Se ha convenido tradicionalmente en que Castilla fue partidaria de Felipe V de Borbón, mientras que los territorios de la Corona de Aragón, especialmente Cataluña, lo fueron de su rival Carlos (III) de Austria. Se trata, por supuesto, de una simplificación evidente, puesto que ambos príncipes tuvieron partidarios y detractores en todos los territorios, pero tampoco se puede decir que sea completamente falaz. En Castilla, la opción felipista fue siempre la mayoritaria. Y pese a la toma de partido de muchos de los principales nobles por el austracismo, se fue haciendo aun más hegemónica conforme avanzaba la guerra, y lo que es más extraño, independientemente de la suerte de las  batallas que se iban librando. 


Carlos de Austria, pretendiente al trono español 
(no lo consiguió, pero se consoló con el austriaco, que heredó tras la repentina muerte de su hermano)

Mucho se ha escrito sobre las razones de Cataluña para rebelarse contra Felipe V y apoyar a su rival solo tres años después de jurar lealtad al Borbón en las Cortes de Barcelona de 1.701. Debió pesar el sentimiento antifrancés, muy extendido en el principado y con hondas raíces históricas. También parece que aunque Felipe V prometió mantener todos sus privilegios, e incluso los aumentó, hubo catalanes que no terminaron de creerse que cumpliría lo pactado. No puede decirse que estuvieran en lo cierto, pues Navarra y el País Vasco, que se mostraron leales al bando borbónico, vieron respetados todos sus fueros. Otros quizá pensaron que se podía sacar aun más tajada del pretendiente austriaco. En ese caso, simplemente les salió el tiro por la culata. 

Pero, Castilla, ¿por qué permaneció fiel a Felipe V?. Una primera respuesta nos viene casi sola. Si la Corona de Aragón apoyó al partido austríaco con la idea de mantener sus fueros, ese argumento no podía ser utilizado en Castilla. Los mismos Habsburgo ya se habían encargado de laminar las libertades castellanas tras la derrota de los Comuneros, hasta dejar sus fueros en algo casi testimonial, y desde luego, poco o nada efectivo. En las Castillas tampoco había temor a que la instauración de los borbones sangraran al país a  impuestos, porque los Austrias, mayores y menores, ya la habían exprimido hasta el límite. Castilla hacía doscientos años que se encontraba sometida casi por completo a la voluntad real, y no era creíble que la misma dinastía que la fue sujetando con tan despiadada mano se convirtiera de repente en su libertadora. El mismo secretario del pretendiente austríaco, Juan Antonio Romeo constataba:
Porque las disposiciones en Castilla son libres de la Real Voluntad de V. M. sin consideración de fueros, puede V.M. dar la planta que quisiera y hallare más conveniente, sin que nadie se oponga. 
Probablemente nunca se le ocurrió pensar al Sr. Romeo que la dinastía a la que él lealmente servía había tenido mucho que ver en tan importante menoscabo de la representación de los súbditos castellanos.

Otro factor que se ha argüido para explicar la preferencia castellana por Felipe es el religioso. Parece claro que en una sociedad tan católica como la castellana de comienzos del XVIII, la religión no pudo dejar de representar un importante papel. Ciertamente los propagandistas borbónicos hicieron cuanto pudieron por despreciar el catolicismo de Carlos en base a la estrecha alianza de éste con los protestantes ingleses, y holandeses. Pero convendría matizar la importancia del factor religioso por dos motivos. Primero por que muchos eclesiásticos se declararon partidarios del pretendiente. Tal es el caso del cardenal Portocarrero, quizá el de mayor influencia, y que tras apoyar inicialmente la causa felipista se pasó posteriormente a la austracista. Y por otra parte, no hay que olvidar la toma de partido del Papa precisamente por Carlos (III) en 1.709, llegando a reconocerle como "Rey Católico de las  Españas", lo que supuso un fuerte aldabonazo para sus pretensiones. 

Por otra parte, en Castilla, tras dos siglos de continuas guerras con el país galo, también existía cierto sentimiento anti-francés, pero no era tan intenso como el que se respiraba en Cataluña. No en vano, a diferencia de ésta, Castilla no tenía litigios fronterizos con el país vecino, y durante la Edad Media ambos reinos habían sido frecuentemente aliados. El resentimiento contra los franceses no era seguramente mayor que el que se concedía a los ingleses, competidores cada vez más poderosos y osados en el Nuevo Mundo

Un argumento que jugaba claramente a favor de la causa de Felipe V eran las circunstancias de su proclamación. Ciertamente había sido designado sucesor en el testamento de  Carlos II, y posteriormente había sido jurado como Rey. Por más que los propagandistas austracistas se esforzaran en invocar distintos pretextos para declarar inválidos ambos acontecimientos, lo cierto es que el pretendiente austríaco partía en la carrera  por el trono con un serio déficit de legitimidad. 

Los indudables éxitos que el rey francés Luis XIV, conocido como "El Rey Sol", había cosechado al frente de su país, suponían por si mismos un claro elemento propagandístico a favor de su nieto. Durante su largo reinado había racionalizado la administración, mejorado la hacienda pública, y modernizado el ejército. Francia era poderosa como en sus mejores tiempos, se había rehecho de las sucesivas derrotas sufridas a manos de los tercios durante el siglo XVI y ahora era el estado hegemónico dentro de Europa. Es natural que muchos castellanos, constatada la decadente inoperancia de la antigua dinastía, viesen en Francia un modelo a seguir.

Por último, la misma evolución del conflicto se encargó de suministrar argumentos bien elocuentes en contra del austracismo. A lo largo de la guerra, el pretendiente Carlos consiguió entrar en Madrid en dos ocasiones. Bien es verdad que ninguna de las dos pudo mantenerse demasiado tiempo en la capital, pues la falta de suministros, y el acoso de los partidarios felipistas le obligaron a retirarse enseguida. Pero la presencia en la Meseta de su ejército, mal abastecido y lejos de sus bases, se tradujo en una pesadilla para los castellanos. Sus tropas, un variopinto conjunto compuesto principalmente de alemanes, ingleses, portugueses y catalanes cometieron todo tipo de tropelías y abusos. Parla, Alcorcón, Barajas, Aravaca, Leganés, Daimiel entre otras muchas localidades fueron saqueadas. Y lógicamente la antipatía general  de los castellanos hacia la causa austracista alcanzó  entonces las máximas cotas. El marqués de San Felipe lo expresaba así:
No daba paso que no fuese infeliz el rey Carlos en Castilla, porque era menester para la obediencia usar del mayor rigor, que degeneró en ira, y en tal desorden que ejecutaban los alemanes e ingleses las más exquisitas crueldades contra los castellanos.
No es extraño que, cuando tras retirarse por última vez de Madrid, las tropas del pretendiente fueron derrotadas en Brihuega y Villaviciosa por el ejército franco-castellano al mando del duque Vendome, éste fuera recibido en Madrid con aclamaciones de ¡Viva Vendome, nuestro libertador!.


Batalla de Villaviciosa, ganada por Felipe V
Tras ella los ejércitos austracistas salieron de Castilla para no volver

Después del segundo fiasco madrileño de Carlos (III), su causa en España estaba finiquitada. Carecía de suficientes soldados y medios económicos y las circunstancias internacionales también jugaban claramente en su contra. Pero sobre todo, para entonces Castilla ya le era completamente hostil, tal y como confesaba el duque de Moles:
Porque por mucho que los castellanos nos fueran contrarios, siempre podíamos tratar de halagarlos, domarlos y endulzar su ánimo; mas ahora hemos perdido la estima de la clase noble y de los ciudadanos que nos eran favorables, y hemos confirmado el odio y la antipatía mortal de la plebe que siempre nos había sido contraria.      
 Era cierto. Y no podemos dejar de pensar que quizá, en el fondo, Carlos de Austria solo había recogido la animadversión que la  poca sensibilidad y la discriminación de su dinastía hacia el pueblo castellano habían ido sembrando a lo largo de dos siglos.