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lunes, 6 de enero de 2014

Castellanofobia : Victus

La atrofia cerebral de Carlos II era un reflejo de Castilla y su imperio coagulado. Victus. Albert Sánchez Piñol

Iniciamos hoy una serie que hubiéramos preferido no tener que comenzar, pero  lamentablemente, y habida cuenta de la abundancia de material, nos tememos que va a ser bien extensa. Recogeremos aquí muestras de la castellanofobia que nos vayamos encontrando en nuestro paseo  por la Historia y evidentemente, también por los libros de Historia. 

Empezaremos con "Victus" de Albert Sánchez Piñol. Novela muy publicitada en los medios y gran éxito de ventas a lo largo del último año en Cataluña. No es de extrañar, pues sintoniza perfectamente con el proceso soberanista que  está teniendo lugar allí. En el resto del Estado, y probablemente después de leer esta entrada el lector pueda imaginarse las razones, se ha vendido muchísimo menos. 

Se trata de una novela histórica en la que se narran las andanzas de Martí Zuviría, un joven ingeniero militar catalán tarambana y golfo que se pasea por diversos escenarios de la Guerra de Sucesión, hasta terminar viendo la luz y el sentido de la vida durante el asedio de Barcelona por parte de las tropas borbónicas. 

Obviamente la carga política catalanista que rezuma la novela no pasó desapercibida para casi nadie. El autor en diversas entrevistas ha tratado de matizarla señalando que su novela también contiene algún aspecto poco grato al nacionalismo catalán. Por ejemplo, poner de manifiesto que el mérito de la defensa barcelonesa recayó en el militar austracista de origen castellano Antonio de Villarroel, mucho más que en el homenajeado cada 11 de septiembre Rafael de Casanova (1). Ignoramos cuanto de mal le puede haber sentado a ciertos nacionalistas  el  protagonismo de D. Antonio. Pero estamos convencidos de que no alcanza ni de lejos para pretender hacer pasar por imparcial, o incluso respetuosa, una obra que desgrana machaconamente   los peores tópicos anticastellanos del catalanismo.


Estatua del Conseller en Cap de Barcelona en 1714 Rafael de Casanova (1660-1743)
Durante la guerra fue herido en un muslo. Después trabajó como abogado. 

Sobre ciertas disquisiciones históricas del protagonista, bastante opinables,  no vamos a ocuparnos demasiado. Nos centraremos básicamente en algunas de las  muchas perlas que dedica a los castellanos el "héroe" de la novela. 
Si César decía de la Galia que podía dividirse en tres partes, de la Hispania que siguió a la caída del Sacro Imperio Romano Germánico habría podido asegurar que se dividió en tres franjas, de norte a sur. Una de esas franjas verticales es Portugal. Si ustedes miran el mapa verán que ocupa el tercio atlántico de la Península. La franja más ancha es Castilla, en el centro. Y luego hay otra franja de terreno, invisible en los mapas de hoy, que recorre la costa mediterránea. Eso es, más o menos, la corona catalana (o lo fue; ahora ya no somos nada).
Aunque esos reinos eran cristianos, tenían sus propias dinastías, su idioma, su cultura y una historia propia. Se fiaban tan poco los unos de los otros que siempre estaban a la greña. Y no es extraño. Cataluña y Castilla eran dos mentalidades opuestas. Más allá del santoral, no tenían nada en común. Castilla era un país de secano; Cataluña, mediterránea. Castilla, aristocrática y rural; Cataluña, burguesa y naviera. Los paisajes castellanos habían engendrado unos señoríos tiránicos. 
Lo primero que llama la atención es la aparición sorpresiva en el alegato del "Sacro Imperio Romano Germánico" (!?). Lo segundo es que para el protagonista Cataluña viene a equivaler en la práctica a la Corona de Aragón. No sabemos como le sentará tal cosa a aragoneses o valencianos, pero podemos imaginárnoslo. En la visión maniquea bien contra mal, Cataluña contra Castilla, por lo visto tampoco tienen sitio otras realidades como Andalucía, Galicia o Vasconia. Solo la mediterránea y naviera Cataluña contra la rural, aristocrática, tiránica y para más inri, de secano, Castilla. Ya tenemos aquí  el motivo que Sánchez Piñol irá estampando una y otra vez a lo largo de su novela. 
La hidalguía española...la hidalguía española...¡Me tiro un pedo en su hidalguía! ¿Qué teníamos nosotros que ver con esa gentuza? Para un castellano de pro trabajar era una deshonra; para un catalán, la deshonra era no trabajar
Viniendo de un nacionalista catalán no podía faltar el  tópico del castellano gandul.  Aun suponiendo que fuera cierto que buena parte la nobleza castellana se mostrase especialmente vinculada a las armas y refractaria a las actividades comerciales o industriales, cabría preguntarse que porcentaje podría significar esta clase social  sobre el total de la población. Las grandes masas de campesinos, que suponían la mayoría, los  artesanos y tenderos a los que la desalmada política fiscal de los Austrias con respecto a Castilla no había obligado a cerrar el negocio y emigrar a América, desde luego que trabajaban. Les iba la vida de su familia en ello. Sabemos que no pocas respetables familias catalanas del XIX hicieron grandes capitales mediante el ilegal pero lucrativo trafico de esclavos a Cuba y Puerto Rico. ¿Sería justo por ello generalizar y decir que la burguesía catalana, o incluso el mismo pueblo catalán se caracterizan por su rapacidad y sus escasos escrúpulos a la hora de hacer dinero?. Estamos convencidos de  que no.  
[En Cataluña] Madrid no tenía derecho a reclutar carne de pólvora para sus guerras en Flandes, las llanuras de los patagones o cualquier apestoso rincón de la Florida, y en cuanto a los capitales recaudados,  la cifra que los catalanes aportaban a la corona tenía que ser aprobada por los propias Cortes [catalanas].
Habría mucho que comentar sobre este párrafo y sobre la grosera manipulación que subyace detrás. Antes que nada llama poderosamente la atención que Sánchez Piñol entre todos los sitios donde podían los castellanos ejercer de carne de pólvora se "olvida" de citar algunos bastante significativos. En concreto todos aquellos pertenecientes  a la Corona de Aragón, y que tras el matrimonio del Isabel con Fernando los castellanos hubieron de defender con su sangre y con su dinero. Nos referimos por ejemplo al Rosellón, (lo que desde el catalanismo se suele denominar como Catalunya Nord), apetencia constante de la poderosa Francia. Nos referimos a Nápoles, a Sicilia, a Cerdeña, donde la monarquía francesa también tenía intereses. Nos referimos en general a las rutas comerciales del Mediterráneo Occidental, cada vez más amenazadas por los piratas berberiscos y sus protectores, los turcos. ¿Acaso no tenían más obligación moral de contribuir a la defensa de aquellos territorios los catalanes que los castellanos?.

Tampoco acierta el autor cuando aviesamente carga a Flandes en la cuenta de Castilla. En realidad en Flandes a los castellanos se les había perdido tan poco como a los catalanes. Un rey de la Casa de Habsburgo, bastante inclinado a Cataluña por cierto, Carlos I, llegó al trono hispano tras múltiples carambolas dinásticas. Y trajo como invitado no deseado,  y menos aun solicitado, un lote variopinto de posesiones europeas por parte de su dinastía. Y las consiguientes  rencillas, conflictos y guerras que llevaban aparejadas. Otro tanto cabría decir de las confrontaciones religiosas que pronto estallarían en aquellas tierras. 

Como las libertades de Castilla fueron aplastadas por el Emperador en las campas de Villalar en 1521, su  riqueza y población pudo ser esquilmada sistemáticamente en la defensa de los intereses de la casa reinante austriaca, completamente ajenos a los castellanos. Sánchez Piñol demuestra tener poco conocimiento histórico o mucha animadversión a Castilla para pintar a la principal víctima de la situación como el único culpable.
Para los catalanes se trataba de una unión entre iguales. Castilla, con el paso del tiempo, fue olvidando ese principio fundador.
Mucho nos tememos que nada hubieran deseado más los castellanos de los siglos XVI y XVII que la unión efectivamente hubiese sido entre iguales. No se trató de eso. La parte castellana, tras la derrota de las Comunidades, se vio obligada a sostener su carga, la de la dinastía y la que correspondía a los demás reinos. Cataluña fue política y fiscalmente privilegiada. Y lógicamente, después de dos siglos de continuas levas y auténtica persecución fiscal, Castilla ya solo era  la sombra de lo que había sido cuando Isabel se casó con Fernando. No creemos que ningún reino de la corona de Aragón le arrendara la ganancia, no.


Posesiones de la Corona Catalano-aragonesa
Muchas de ellas serían defendidas con la sangre y el dinero de los castellanos en los siglos XVI y XVII
 [Las manos del castellano] solo pueden empuñar armas; lo contrario sería ensuciárselas, no comprende y menos tolera otras formas de vivir la experiencia humana: lo industrioso le repele. Si quiere prosperar, su misma concepción elevada de la dignidad, paradójicamente, lo empuja al saqueo de continentes indefensos o al miserable oficio de cortesano. 
Esta andanada merece una contestación más amplia de la que podemos dedicarle en este párrafo. Nos comprometemos a repasar algunos episodios significativos de las conquistas y expediciones catalanas en el Mediterráneo y comprobaremos si la huella que quedó por aquellas tierras tiene más que ver con la industriosidad catalana o  con la rapacidad y el saqueo.  

A Sánchez Piñol no parece gustarle prácticamente nada de Castilla. Y el paisaje no es una excepción. Cada vez que la acción se desarrolla en algún lugar castellano, el autor siempre encuentra alguna palabra despectiva para caracterizarlo. La ciudad de Albacete es definida como "un sitio tan feo como frio" y  la campiña de Almansa es simplemente "estas tristes tierras".

Como cabía esperar de cualquier nacionalista catalán de pro, Sánchez Piñol reserva una buena parte de su desdén para el supuesto origen de todos los males. Nos referimos, evidentemente, a Madrid.  He aquí una muestra:

No es Madrid la más bella de las capitales que puedan visitarse. Sus calles se abren al azar, para horror del ingeniero. Los desniveles roban perspectiva a los edificios y las fachadas son tan feas que es difícil de creer. El ornato público es mínimo [...] No fue hasta que la convirtieron en corte que ese pequeño villorrio comenzó a ganar alturas de capital.
No tenemos por que entrar en los gustos estéticos del autor, ni en sus prejuicios. Pero es totalmente falso que Madrid fuera  un villorrio antes de ser corte. Para cuando Madrid recibió la capitalidad en 1561, hacía casi cuatrocientos años que gozaba de su propio fuero. Contaba con un alcázar que había sido utilizado como residencia real muchas veces. Era una de las trece ciudades castellanas con derecho a voto en las Cortes, e incluso las había acogido  en nueve ocasiones. Es verdad que era más pequeña  que Toledo o Valladolid, las ciudades más importantes de Castilla en ese momento. Pero Madrid a principios del siglo XVI distaba ya mucho de ser el villorrio o el poblacho que sostienen algunos desde la ignorancia o la mala fe.

Por no gustar, al protagonista de la novela no le gusta ni Toledo. La despacha como una ciudad pequeña, tras la que, al pasar unos huertos, se "extendían esos páramos de vegetación miserable". Y es que cualquiera diría que a Martí Zuviría-Sánchez Piñol la simple cercanía a Castilla le parece que afea cualquier paisaje: "estábamos en tierra aragonesa, tan yerma como la castellana, pero reino aliado".

Dejamos para el final la frase que resume toda la esencia anticastellana del libro, del protagonista, y por lo que parece, también del escritor:
¿Que es Castilla? Cojan un páramo, pónganle una tiranía, y ya tienen a Castilla
¡Desde luego, qué simpático se nos pone a veces Sánchez Piñol! No disponemos aquí del suficiente espacio para relatarle, y además  probablemente sería ocioso,   las Comunidades de Villa y Tierra,   la Escuela de Salamanca, o los Comuneros, por citar algunas realidades anteriores a la época en la que se desarrolla la novela. Bastará señalarle un dato objetivo: este "páramo" llevaba celebrando cortes casi un siglo cuando se convocaron las primeras en su "libérrima" tierra.  



(1) Rafael Casanova era la máxima autoridad política y militar de Cataluña en 1714 durante el sitio de Barcelona por el ejército borbónico, en el cual  fue herido en un muslo. Cada 11 de septiembre los partidos catalanistas realizan una ofrenda floral ante su estatua, situada frente el ayuntamiento barcelonés. El dramatismo de este monumento y algunos relatos apócrifos llevaron a muchos a pensar que  Casanova había sufrido un destino similar al de nuestros capitanes Padilla, Bravo, y Maldonado. Nada más lejos. Casanova no tenía ninguna vocación de mártir. Ante la inminente caída de la ciudad quemó los documentos que le pareció podían comprometerle y falsificó una partida de defunción a su nombre. Tras ello, vivió  discretamente algún tiempo en casa de su hijo en Sant Boi de Llobregat. En 1719 obtuvo el perdón de Felipe V y pasó el resto de su longeva vida ejerciendo la abogacía en Barcelona. Falleció en 1743 de muerte natural.