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miércoles, 20 de enero de 2016

Sobre el Origen de Fueros y Privilegios


El fuerismo del siglo XIX y posteriormente el nacionalismo vasco sostuvieron la teoría de que los fueros derivaban de las libertades ancestrales y de los usos jurídicos espontáneos de los vascos de tiempos inmemoriales y que los señores y los reyes no hicieron otra cosa que confirmarlos porque así se les exigía como requisito para aceptar su autoridad. En rigor, esta visión idealizada y mítica de los fueros surgió en el seno de la pequeña nobleza derrotada por la alianza de la corona castellana y las villas a finales del siglo XV.
Jon Juaristi. Historia Mínima del País Vasco.


Para hallar el origen de las "asimetrías"  conocidas como fueros, debemos remontarnos hasta la Edad Media. En aquella época no existía el concepto de igualdad ante la ley que disfrutamos actualmente, y los monarcas y demás señores feudales concedían a voluntad mercedes y regalías a individuos, grupos sociales y territorios.  

Esta forma de proceder tiene su justificación. Y es que a pesar de sus amplios poderes y la discrecionalidad para utilizarlos, los reyes medievales rara vez tenían motivos para sentirse seguros en sus tronos. Estaban expuestos a que cualquier intriga palaciega, conjura nobiliaria o guerra desafortunada les dejara a ellos y a sus descendientes sin corona, y puede que también sin vida. Y ni que decir tiene que mantener ambas era el objetivo principal, cuando no el único, de todo soberano.

Por ello resultaba normal que con frecuencia buscaran ganarse  la lealtad de individuos y colectivos concediéndoles privilegios como títulos, rentas, y exenciones. Así, la regla básica a la hora de distribuir prebendas era que cuanto más se manifestase la debilidad del rey y más estratégica resultara la cooperación de determinados súbditos, mayores ventajas arrancaban estos.

Naturalmente, los beneficiarios no solían explicar el asunto de manera tan descarnada, sino que procuraban adornar la historia y pintarla con tintes heroicos y legendarios. Si la época se prestaba a ello, incluso echaban mano de la mitología. Tal es el caso de  Jaun Zauría, el fabuloso primer señor de Vizcaya, al que con objeto de ensalzar la posición de sus presuntos sucesores, algunos cronistas querían  hacer hijo de un duende y una princesa escocesa. Ya a mediados  del siglo XIX,  "El Vigilante Cántabro", contrario al mantenimiento de los fueros vascos, se expresaba así:
¿Quien ignora ya que el origen que se les atribuía fue lanzado al país de las fábulas desde fines del siglo pasado? ¿Que se fundaba en narraciones de autor de cuentos ridículos de duende íncubo, que sacó gravida a una princesa errante, como las hadas, en las altísimas montañas vascongadas, y que las olas habían lanzado a sus costas? En el reinado de Carlos III algunos sabios de la Academia de la Historia desmoronaron este edificio levantado sobre los duendes y las hadas; en el de Carlos IV acabó de venir a tierra; y en las dos restauraciones de Fernando VII brilló sobre sus ruinas la luz de la sana crítica y de la verdad; poniendo fuera de combate las exageradas pretensiones de los que se atribuían el origen de los fueros a una soñada e imposible independencia y soberanía. 
Besamanos de las Juntas de Vizcaya a Fernando el Católico en 1.476, tras la jura de los fueros. Obra de Vazquez de Mendieta (1.609)

No siempre los privilegios se concedían a cambio de lealtad militar. También las peculiaridades  de una zona animaban a los soberanos a hacerlo. Por ejemplo, es conocido que los habitantes de Leitariegos estaban exentos de tributos y servicio militar a cambio de mantener una hospedía para los viajeros que atravesaban el puerto, así como de salir a buscar a los que se perdieran durante alguna de las frecuentes nevadas.  El escritor y filólogo vasco Jon Juaristi describe así la situación:
Los fueros medievales son privilegios concedidos por los reyes y por los señores a villas, estamentos y comarcas, por motivos diversos y con diferentes propósitos. Hubo fueros para hidalgos y fueros para villanos, fueros para estimular determinadas actividades económicas o para impedirlas. Las fundaciones de villas iban generalmente acompañadas del otorgamiento de un fuero a sus moradores, porque la economía de las villas representaba una fuente de ingresos fiscales para la corona y los señores, mientras la pequeña nobleza que dominaba los campos estaba exenta de impuestos. 
Refiriéndose en concreto al País Vasco y Navarra añade:
Además de los fueros  de villas, existían en la Vasconia medieval fueros estamentales (de hidalgos), corporativos (de ferrones y mareantes) de castas (fueros particulares para judíos o mudéjares), eclesiásticos, etcétera. Lo característico del entramado jurídico medieval fue una enorme dispersión. No hay  nada parecido a una legalidad uniforme. El llamado fuero viejo de Vizcaya, que regía en la tierra llana, era un fuero de hidalgos, de codificación tardía (siglo XV) y, por supuesto, no se aplicaba a los labradores, que carecían de privilegios. Hasta las codificaciones forales del siglo XIV no existieron fueros provinciales, los llamados fueros nuevos que, como se verá, tienen carácter y función muy distintos de los privilegios medievales.
Y en lo concerniente a las juntas de gobierno de Vizcaya, Guipúzcoa o Álava, que tienen su origen en esa misma época:
Las instituciones representativas de los territorios aparecen históricamente en conexión directa con la conflictividad derivada de la dispersión foral. La visión romántica del fuerismo decimonónico contemplaba una Vasconia anterior a la Edad Media organizada en aldeas o "repúblicas" independientes cada una de las cuales se regía por su propia junta o "biltzar". Sobra decir que tal visión carece de fundamento. Las juntas no son anteriores al siglo XIV, y surgieron al mismo tiempo que otras estructuras afines en Europa occidental.
En cualquier caso, con el matrimonio de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón  cambiaron muchas cosas en España. El rey Católico impuso la política exterior propia de sus reinos patrimoniales, para los cuales el principal enemigo era desde hacía centurias Francia. Castilla y la poderosa Francia, hasta entonces  aliados, se verían así arrastradas a dos siglos de continuas guerras. 

Cataluña y Vasconia, donde se encuentran los principales pasos para atravesar los Pirineos, se convirtieron en zonas estratégicas de primer nivel. Y fueron consiguientemente mimadas por los monarcas, para los que una rebelión en estos territorios, que inmediatamente recibiría el apoyo militar y económico del vecino francés, suponía la peor de las pesadillas. Por contra, una fuerte lealtad de sus habitantes, aunque fuera comprada a precio de oro, facilitaría tanto la defensa de la península en caso de invasión, como las expediciones a territorio enemigo.  

Las instituciones de Cataluña comprendían perfectamente las enormes ventajas que les ofrecía su situación geográfica. Se pone de manifiesto en un panfleto catalanista de 1.697 conocido como "Luz de la Verdad", en el que el protagonista, un tal Joan Roca, hace una encendida defensa de los privilegios de los que gozaba su tierra. Ante las quejas de sus compañeros por el diferente trato fiscal, compara a Cataluña con una muralla, en la que es justo y conveniente gastar el dinero del Estado, por mucho que no se reciba nada de ella: 
¿De qué aprovecha el muro a la ciudad? Mucho. ¿Qué saca la ciudad dél? Nada, antes gasta en conservarlo y con todo le es de provecho. ¿Por qué? Porque la defiende, pues así Catalunya por España, que aunque Magestad no sacase cosa della y gastase en conservarla, le es de provecho, porque es el muro de España.
He aquí pues la causa principal de que, al mismo tiempo que los fueros y particularidades  de la mayor parte de España languidecían y desaparecían, los de Vasconia y Cataluña se renovaran, reforzaran y adquirieran  mayor lustre y protagonismo. Naturalmente, y siguiendo esa misma lógica, cuando  Francia dejó de convertirse en el enemigo por antonomasia,  carecía de sentido la metáfora del muro. Y más aun cuando los ideales de la Ilustración y del liberalismo se extendieron, acorralando y eliminando las rémoras feudales, de las cuales una de las más sangrantes era la desigualdad legal de personas y territorios. Los países europeos fueron racionalizando su administración y equiparando la situación legal de sus ciudadanos y provincias.

Ilustración del diario republicano barcelonés "La Madeja Política". Una España revolucionaria tala el árbol de los fueros, que tiene la cara del pretendiente carlista y las raíces "Absolutismo", "Intolerancia" y "Fanatismo".

Pero naturalmente, y como cabía esperar, los beneficiarios hispanos de los privilegios se resistían con uñas y dientes a desprenderse de ellos. Después de siglos gozando de determinadas ventajas, nadie les iba a convencer de que éstas ya no tenían sentido.  Presentaron los fueros como derechos ancestrales, de origen cuasi divino, con preeminencia sobre cualquier otra legislación, y por tanto, absolutamente blindados e intocables. Que las desigualdades pudiesen suponer graves perjuicios o  evidentes agravios comparativos para con los vecinos era lo de menos. 

Sirva como ejemplo la situación del puerto cántabro de Castro Urdiales, cuyos comerciantes debían pagar impuestos a la importación de mercancías de los que sus competidores vizcaínos estaban exentos. Así rezaba una petición que los habitantes de la localidad elevaron a las Cortes: 
Los que suscriben, vecinos de Castro Urdiales, verían con honda pena la subsistencia y continuación de los privilegios de las provincias vascas. Hagan los representantes de la Nación que concluya de una vez para siempre el organismo y modo de ser de esas provincias y que igualándolas con las demás de España coadyuven a sobrellevar las cargas del Estado en la misma proporción. 
No es sorprendente que a lo largo del siglo XIX la defensa del fuerismo  encontrara eco y apoyo en los partidos españoles más refractarios a la modernidad: conservadores y carlistas.  Precisamente los que más se oponían a la libertad y la igualdad que preconizaban liberales y republicanos.   

Sin embargo, no puede decirse que aquella linea de argumentación, pese a estar basada como hemos visto en mitificaciones, inexactitudes y manipulaciones, no haya resultado tremendamente exitosa. Aun hoy se mantienen  privilegios en forma de concierto vasco y navarro. Y a juzgar por el interés con el que algunos, sobre todo desde Cataluña, pretenden convencernos de las "bondades" del federalismo asimétrico, no sería de extrañar  que, antes que desaparecer, dichos privilegios se extendieran a otras autonomías. Sobra precisar en que comprometida situación quedarían entonces los territorios "de segunda"... entre los que mucho nos tememos habrían de incluir a Castilla.


martes, 24 de marzo de 2015

El Pacto de Santoña


Nunca me gustó la palabra traición porque es una de las más militaristas del diccionario y cuando la empleamos los civiles lo solemos hacer con ligereza, aludiendo a menudo simplemente al que ha cambiado de opinión o de hábitos, como si el inmovilismo fuese una virtud. Pero hay que reconocer que la palabra traición, la más usada por los combatientes republicanos para referirse a los gudaris que con ellos compartieron bando en la guerra civil, corresponde exactamente a la primera definición que otorga al término la Real Academia Española: Delito que se comete quebrantando la fidelidad o lealtad que se debe guardar o tener.
Xuan Cándano. El Pacto de Santoña. 27/3/2006, Bilbao


Vimos en una entrada anterior las dudas y tribulaciones del Partido Nacionalista Vasco al iniciarse  la Guerra Civil sobre a que bando debía apoyar.  Y como con la aprobación del Estatuto de Autonomía en octubre de 1.936 la situación dio un giro. El P.N.V. empezó a implicarse en serio con la causa de la República y su milicia a combatir con empeño a las tropas franquistas. Pese a ello, no dejaron de mantenerse algunos contactos con los sublevados a través del Vaticano y la Italia fascista.

En junio de 1.937 caía Bilbao en poder de los rebeldes y mientras el grueso del ejército republicano en Euskadi se retiraba hacia Santander, algunos batallones de nacionalistas vascos (gudaris) protegían las grandes instalaciones industriales. Llegaron a enfrentarse con las armas en la mano a las unidades izquierdistas que pretendían destruirlas para evitar que el enemigo pudiese servirse de ellas. Así, tras la entrada de los "nacionales" en la villa, recibieron casi intactas las fábricas y consiguieron volver a ponerlas rápidamente en funcionamiento. A la larga, la producción de estas resultaría decisiva para el sostenimiento del esfuerzo de guerra de los sublevados. 

El general  Mario Roatta, interlocutor del P.N.V. en una reunión secreta celebrada en Biarritz.  Participaría luego en la Segunda Guerra Mundial, tras la cual sería condenado a cadena perpetua por crímenes de guerra.

Perdida la capital de Vizcaya, y sin que se intentase seriamente la resistencia en ningún otro punto de ella, el denominado Ejército Vasco (Euzko Gudarostea) fue asentándose en la provincia de Santander. Se pretendía crear allí nuevas líneas de defensa que salvaran el resto de la franja de territorio norteña que aun quedaba en poder republicano.

Sin embargo, la escasa motivación de las tropas abertzales para seguir combatiendo resultaba evidente. Ya el presidente Manuel Azaña lo había anticipado en marzo con asombrosa exactitud.
Madrid no se defendió en el campo, y empezó a defenderse cuando el enemigo entró en los arrabales. En Bilbao será al revés. Cuando esté vencida la defensa en el campo, la villa no resistirá. Y temo aún otra cosa: caído Bilbao es verosímil que los nacionalistas arrojen las armas, cuando no se pasen al enemigo. Los nacionalistas no se baten por la causa de la República ni por la causa de España, a la que aborrecen, sino por su autonomía y semiindependencia. Con esta moral es de pensar que, al caer Bilbao, perdido el territorio y desvanecido el gobierno autónomo, los combatientes crean o digan que su misión y sus motivos de guerra han terminado. Conclusión a la que la desmoralización de la derrota prestará un poder de contagio muy temible. Y los trabajos que no dejará de hacer el enemigo. Y la resistencia, cuando no sea oposición, a que el caserío, las fábricas y otros bienes de Bilbao y su zona padezcan o sean destruidos. 
Efectivamente, se intensifican a partir de entonces las negociaciones entre el P.N.V. y el gobierno italiano. No hay que olvidar que Mussolini había desplazado a España  un importante cuerpo expedicionario y que buena parte  del mismo combatía  en el frente del norte. El sacerdote vasco Alberto Onaindía actuaba como mediador. 

En realidad, ya antes de la caída de Bilbao las autoridades republicanas eran conscientes de la existencia de contactos, al interceptar un telegrama que el cardenal Pacelli, futuro Pio XII, enviaba al lehendakari Jose Antonio Aguirre. En él le  comunicaba las condiciones que Franco y Mola proponían para la rendición. Probablemente para evitar el desastroso impacto moral que dicho telegrama acarrearía, se optó por no hacerlo público.

El 25 de junio se produce una reunión cerca de Algorta a espaldas de las autoridades españolas. La delegación italiana está encabezada por el  coronel De Carlo.  La vasca por el dirigente peneuvista Juan Ajuriaguerra, que hace incapié en que la rendición se produzca de forma disimulada.  Para ello proponen una ofensiva italiana sobre Reinosa y el Puerto del Escudo, de forma que parezca que los batallones vascos han sido copados.

El 14 de agosto las tropas transalpinas empiezan a atacar por donde les habían sugerido. Tres días después se alcanza el acuerdo mediante una reunión celebrada en Biarritz entre De Carlo, su superior, el general Mario Roatta, y Ajuriaguerra, con la mediación habitual del padre Onaindía. Los combatientes vascos tendrán la consideración de prisioneros de los italianos, mientras que a los dirigentes  políticos y militares se les daría vía libre para huir a Francia por mar  entre los días 21 y 24, desde el puerto de Santoña. Convinieron igualmente  que el Ejército Vasco informaría de la situación exacta de cada una de sus unidades.

El 19 comienza la sedición. Los batallones nacionalistas Padura, Munguía, Arana Goiri, y Lenago II, destacados en el suroeste de la provincia de Santander, desobedecen las órdenes del mando y se dirigen a pie y en camiones hasta la zona occidental. Una vez reunidas allí todas sus tropas, el Euzko Gudarostea proclama el abandono del bando republicano. Se hacen con el control del territorio entre Laredo y Santoña deteniendo y desarmando a los escasos efectivos leales allí presentes. Y aprovechan para proclamar la República Vasca. Arrían las banderas tricolores de los ayuntamientos e izan en su lugar ikurriñas. Se dio así el hecho curiosísimo de que  la primera, y hasta el momento única república vasca independiente que ha existido tuviera lugar... en Castilla la Vieja.

El 24 oficiales fascistas y nacionalistas vascos firman un documento según el cual los gudaris procederían a la entrega de armas el día siguiente en Guriezo. Sin embargo el 25 los vascos no hacen acto de presencia, así que la división "Flechas Negras" se adentra en Laredo, sin encontrar resistencia. Posteriormente  hará lo mismo en Santoña, poniendo  fin de este modo a  la  "República Vasca de Santander".  

A partir de ese momento la confusión es total. Los peneuvistas, al no poder reunir los barcos con suficiente rapidez, han desaprovechado el plazo concedido por los negociadores italianos para que parte de sus hombres escaparan por vía marítima.  Para el 27, cuando por fin han empezado a embarcar, comienzan a hacerse con el control de la situación  oficiales españoles, que obviamente, no habían suscrito el pacto.  Imponiéndose a sus homólogos transalpinos, les hacen desembarcar. Franco zanja  la cuestión. No quiere ni oír hablar de lo que en su día prometió Roatta a los gudaris: ni se permitirá huir a los dirigentes,  ni pasarán a depender de los italianos.

Antiguo ayuntamiento de Laredo (Cantabria). Durante algunos días formó parte del surrealista estado vasco independiente que proclamaron  en la zona los soldados del P.N.V.

El impacto sobre el desarrollo de la guerra de esta sorpresiva rendición  fue enorme. El ejército republicano del norte, además de perder sin combatir un porcentaje importante de sus efectivos, y ver desarbolada la defensa, recibía un terrible golpe moral. El objetivo que se había trazado el mando republicano, aferrarse al terreno hasta la llegada del invierno que en unas provincias esencialmente montañosas impediría continuar la ofensiva del ejército "nacional", se antojaba ya claramente inviable. El presidente de la diputación de Santander, el socialista Juan Ruiz Olazarán reconocía que:
Con el abandono de las defensas encomendadas a los batallones vascos en territorios montañeses, que si hubiesen cumplido como era su deber, sin duda el avance italiano primero y falangista después, se hubiese retrasado el tiempo necesario y posible para dar tiempo a Santander a reorganizar su evacuación a Asturias, evitando ciertamente el desorden causado por las tropas montañesas, cierto, pero en mayor grado la deserción vasca, controlada, orientada y aconsejada por las autoridades vascas.
Efectivamente, pese a la tenaz resistencia que opusieron los republicanos asturianos, dos meses después toda la cornisa cantábrica había sido ocupada por los sublevados.

Sobre el Pacto de Santoña cayó durante mucho tiempo un espeso manto de silencio. De hecho, sigue siendo uno de los episodios más desconocidos de la Guerra Civil Española. La razón de que  haya sido tratado con tal discreción es evidente: a ninguna de las partes implicadas le convenía que trascendiera demasiado.

Al bando franquista porque demostraba la gran importancia que había tenido la ayuda italiana recibida, y la autonomía con la que sus militares se habían desenvuelto. Hasta el punto de permitirse el lujo de establecer negociaciones con el enemigo por su cuenta y riesgo.

Al gobierno republicano y los partidos que le apoyaron porque la defección del Ejército Vasco en plena guerra les suponía un  varapalo en su estrategia de reivindicación internacional. No en vano, habían utilizado frecuentemente  la alianza con el P.N.V. (partido conservador y profundamente católico) para desmentir  las acusaciones de anticlericalismo y sectarismo.

Y a los nacionalistas vascos porque, naturalmente,  les dejaba en muy mal lugar ante sus hasta ese momento compañeros socialistas, comunistas y republicanos. Con el agravante de que tras la segunda guerra mundial y el triunfo de los regímenes democráticos, su rendición por separado a los fascistas italianos sonaría especialmente antipática para las opiniones publicas de los países occidentales. 

Convenía pues a todos echar tierra sobre este controvertido y espinoso asunto.   

miércoles, 11 de junio de 2014

La Guerra Civil en Vasconia

No sabemos de que parte caerá el partido (el suyo, el Partido Nacionalista Vasco), si de los africanos o de la República. Ha dicho Ajuriaguerra que deberíamos declararnos neutrales y le apoyan dos Burukides...¡Neutrales!
Félix de Azua. Cambio de Bandera


Siempre nos ha parecido asombrosa la ligereza con la que desde algunos ámbitos nacionalistas periféricos se ha querido identificar sin más a Castilla y el franquismo. Se obvia que la mitad sur de Castilla, incluido Madrid permaneció leal a la República hasta casi el final de la guerra. Se pasa por alto que la Capital estuvo desde noviembre de 1.936 en primera línea de fuego, recibiendo constantemente los obuses de la artillería y las bombas de la aviación y aun así solo cayó en manos de los llamados "nacionales" cuando la guerra estaba a punto de terminar.

Por contra, se asume con  naturalidad que Vasconia tomó unánime y  decidido partido por la causa de la república, la democracia y la libertad. Creemos no  descubrir nada si decimos que la historia no fue exactamente así. 

División de España entre "nacionales" y republicanos al comienzo de la Guerra Civil. 
Tanto Castilla como Vasconia (País Vasco y Navarra) están divididas.

Observando el mapa anterior vemos como Navarra y Álava estuvieron desde el inicio con los sublevados. En ambas el predominio conservador y carlista era evidente. 

En concreto Navarra (Nafarroa) fue probablemente el territorio español que más se significó en la guerra civil en el bando nacional. En ninguna otra provincia se alistaron tantos voluntarios. Según algunas fuentes su número en julio de 1.936 sería de unos 8.500 , lo que  implicaría que una cuarta parte de todas las fuerzas voluntarias que tenía el ejército "nacional" en los inicios de la guerra eran navarros. Dieron para formar 24 tercios de requetés y 8 banderas de Falange. Ahí es nada. Protagonizaron la conquista de Guipúzcoa, e intervinieron en diversos frentes. Su elevado número y gran combatividad fue esencial para que la guerra tomara desde el primer momento un cariz favorable a los sublevados, y no es aventurado pensar que sin esa fuerza entusiasta en un momento tan crítico el conflicto podía haber evolucionado de muy diferente manera. Franco era muy consciente de ello y ya en 1.937 concedió a toda Navarra la Laureada de San Fernando  con estas elogiosas palabras: 
España entera rinde homenaje y simpatía a las virtudes y alto espíritu de un pueblo, en que no se sabe qué admirar más, si el valor de los que valientemente mueren en los frentes o la generosidad y patriotismo de quienes, alegres, entregan a la Patria lo más querido de los hogares.
En Vizcaya y Guipúzcoa la situación tras el alzamiento militar era muy diferente. En estos territorios los partidos de izquierda y los sindicatos tenían mucha mas fuerza que en el resto de Vasconia. Lo mismo pasaba con el P.N.V., aunque esta formación debía además afrontar un singular y difícil dilema. Por un lado su carácter conservador y marcadamente católico le acercaba a los que estaban apoyando la sublevación. Por otro,  la posibilidad de obtener un estatuto de autogobierno parecía mayor si alcanzaban el triunfo las izquierdas. Así lo recordaba el dirigente peneuvista vizcaíno Juan Ajuriaguerra:
Tenía la esperanza de escuchar alguna noticia que nos ahorrase el tener que tomar una decisión: que uno u otro bando ya hubiese ganado la partida (...) La derecha se oponía ferozmente a cualquier estatuto de autonomía del País Vasco. Por otro lado, el gobierno legal nos lo había prometido y sabíamos que acabaríamos consiguiéndolo. (...) Tomamos esa decisión sin mucho entusiasmo, pero convencidos de haber elegido el bando más favorable para los intereses del pueblo vasco. 

Sin embargo, esa "decisión", afectaba solo al P.N.V. de Vizcaya. El de Guipúzcoa también terminó adoptándola horas después. Pero el de Navarra declaró que no se uniría al gobierno de la República en el enfrentamiento que acababa de estallar. Y el de Álava llamó a sus afiliados primero a no oponerse a la sublevación militar, y luego a sumarse a la misma.

Resulta sintomático que en las provincias donde triunfó el golpe, las sedes del P.N.V. no fueran inmediatamente clausuradas, como sí lo serían las de los demás partidos que apoyaron al bando republicano. Hasta el 18 de septiembre de 1.936 no decretaría el general Mola la disolución de las organizaciones del Partido Nacionalista Vasco en el territorio controlado por sus tropas. Lo que prueba que hasta poco antes de que se promulgara el Estatuto no perdieron los sublevados la esperanza de que los nacionalistas vascos terminaran decantándose por ellos.

El por entonces joven dirigente peneuvista vizcaíno Juan Manuel de Epalza rememoraría muchos años después sus sentimientos en aquellos críticos momentos:
Estábamos decididos a impedir las atrocidades, a asegurarnos que los de izquierdas no asesinaran, robaran ni incendiaran las iglesias. Estábamos entre la espada y la pared. Era algo absurdo, trágico: teníamos más cosas en común con los carlistas que nos atacaban que con la gente con la que de pronto nos encontrábamos aliados.
Así que para cuando se configuraron los primeros frentes la situación de Vasconia se asemejaba a la de Castilla, dividida en dos mitades. La principal diferencia quizás fuera que la Vasconia republicana resistió  poco. Las columnas navarras enseguida se descolgaron  sobre Irún, privando a la zona norte leal a la república de todo contacto con la frontera francesa, con lo que quedaba aislada. Poco después cayó San Sebastián. Bilbao tuvo más tiempo para preparar su defensa. Se creó el flamante Ejército Vasco  (Euzko Gudarostea) en el que se integraron las milicias de todos los partidos, pero siempre con claro predominio del P.N.V., que asumía además el control político. También se procedió a fortificar los accesos a Bilbao, en lo que se denominó, un tanto hiperbólicamente, "Cinturón de Hierro". 

Fortificación del Cinturón de Hierro. Su objeto era proteger Bilbao y se inspiraba en la Linea Maginot francesa. 
Resultó tan inútil como aquella. 

En 1.937 tras el fracaso de su reciente ataque sobre Madrid, el alto mando de los "nacionales" planificó una gran ofensiva cuyo objetivo era en un primer término conquistar Bilbao para posteriormente ocupar el resto de la franja norte peninsular que seguía en manos republicanas. Se buscaba adquirir así la hegemonía industrial y demográfica que a la larga les permitiría imponerse. El 11 de junio comenzaron las operaciones. Gracias  a la superioridad aérea, al empuje demostrado por las Brigadas de Navarra, y ayudados por un cuerpo expedicionario enviado por el dictador italiano Benito Mussolini, consiguieron romper las defensas del "Cinturón de Hierro" y alcanzar las cercanías de Bilbao.

Ante la inminente caída de la gran ciudad vasca y consiguientemente, de las numerosas fábricas  que la rodeaban, desde el gobierno republicano se decidió su inutilización. El Ministro de Defensa, Indalecio Prieto, por lo demás bilbaíno de adopción, dio la orden de paralizar la industria de la margen izquierda de la ría. Sin embargo dicha orden no pudo llevarse a cabo. El Consejero de Justicia del Gobierno Vasco, el nacionalista Jesus María Leizaola, al mando en los últimos días del Bilbao republicano, se encargó de liberar a los presos derechistas y enviar tropas del P.N.V. a proteger los puntos más sensibles para evitar voladuras y destrucciones. 

Los sublevados entraron finalmente en Bilbao el día 19 de junio sin disparar un solo tiro. Los soldados vascos o "gudaris" entregaron las armas y desfilaron delante de los invasores.  En Baracaldo, el batallón nacionalista Gordexola se enfrentó a los dinamiteros asturianos que pretendían destruir los Altos Hornos de Vizcaya. Acto seguido y tras evitarlo se rindieron a las tropas italianas que llegaban desde el otro lado de la ría. Las fábricas estaban intactas, e inmediatamente se pusieron en marcha para apoyar el esfuerzo de guerra del bando franquista. 

Sin embargo, antes de la conquista de Bilbao buena parte de las fuerzas del Ejército Vasco, integrado ya en  el recientemente creado Ejercito Popular de la República como  "I Cuerpo de Ejercito de Euzkadi", consiguieron retirarse por la carretera de Santander. En dicha provincia se establecería otra línea de defensa para tratar de parar la ofensiva franquista y que la república no perdiera la totalidad de la franja de territorio que mantenía en el norte. 

Tuvo lugar entonces un hecho gravísimo y controvertido que trataremos de explicar en otra entrada posterior y que es conocido como el "Pacto de Santoña".




viernes, 14 de marzo de 2014

Carlos de Viana

La barra de la Justicia
permaneció bajo la losa
de una tumba donde se lee:
Aquí yace Carlos de Viana.
(...) Ay Castilla castellana,
¡Ojalá no te hubiera conocido!
Victor Balaguer. Los cuatro palos de sangre.

Carlos, Príncipe de Viana es una de esas figuras  a las que la historiografía catalanista del siglo XIX decidió reclutar para su causa sin pedir permiso. Personaje interesante, muy culto, aficionado a la música y la literatura, se mostrará en cambio como un mediocre político, indeciso y dubitativo. Su vida, muy en la línea del periodo renacentista, estuvo repleta de intrigas, traiciones y querellas familiares. Aunque en este breve espacio resulta imposible analizarlas pormenorizadamente, trataremos de hacer un somero repaso.  

Nació en 1421 en Peñafiel, cerca de Valladolid, (sitio insospechado para que vea la luz un icono del catalanismo). Era hijo  de Blanca, princesa heredera de Navarra y de Juan, hermano de Alfonso V, rey de Aragón. 

Carlos de Viana, nacido en Peñafiel y aliado de los reyes castellanos Juan II y Enrique IV.  Curiosamente será utilizado por la historiografía catalanista cuatro siglos después de su muerte para atacar a... ¡Castilla!.

Muy joven marchó con su familia a Navarra donde, tras la muerte de su abuelo Carlos III, su madre fue proclamada reina y su padre rey consorte. Éste,  pese a todo, seguía muy atentantamente la situación en Castilla, donde él y sus hermanos (conocidos como los "Infantes de Aragón") poseían importantes feudos e intereses y en cuya política no cesaban de inmiscuirse diplomática y militarmente. Los navarros veían mal esas costosas injerencias en reino ajeno. Los castellanos peor todavía.

Blanca de Navarra falleció en 1.441. Legó el trono a Carlos, pero a condición de  que no tomara posesión del mismo sin la aprobación y consentimiento de su padre. Lo que seguramente pretendía ser una cláusula para asegurar la concordia entre los dos tuvo el efecto contrario. Juan actuaba como rey. Carlos de lugarteniente del reino. Y como suele ocurrir, dos en un trono están muy apretados. Así que estalla la guerra entre ambos. A Juan le apoyaba el bando de los agramonteses. Carlos recibió la ayuda de los beaumonteses y también de... Castilla, (cosa sobre la que quizá deberían meditar los historiadores catalanes que siglos después insisten machaconamente en culpar a los castellanos de la desgracias del príncipe). Sin embargo, la suerte no le sonrió y Carlos fue derrotado y apresado por su padre, que mientras tanto se había vuelto a casar. Su nueva esposa, mucho más joven que él, es Juana Enríquez, una noble castellana con la que tendrá un hijo: el futuro Fernando el Católico. 

Llegaron al acuerdo de que el Príncipe de Viana  no tomaría el título de Rey hasta la muerte de su progenitor. Sin embargo, poco después, mal aconsejado, volvería a rebelarse. Juan invade el país y esta vez nombra heredera en su lugar a otra hija suya,  la princesa Leonor. Carlos abandona una Navarra en plena guerra civil, (que durarará medio siglo) y se refugia en Nápoles y Sicilia con su tío Alfonso V, soberano de la Corona Aragonesa, que está afincado en Italia y que apenas pisa sus dominios hispanos. 

La situación da un giro en 1.458 cuando muere Alfonso sin descendencia legítima, y Juan  pasa a ser también Rey de Aragón. Temeroso de que Carlos pudiera liderar una conspiración en su contra en Sicilia, le ordena volver a España, le perdona y le restituye sus tierras. Pero poco tiempo más tarde le acusa de traición por estar tramando una alianza con el Rey de Castilla, y ordena  encarcelarle en Lérida.


Por Cataluña se extiende una oleada de indignación. Los nobles, un poco porque creen que se trata de una víctima inocente y otro poco porque sospechan que sería un rey mucho más manejable que el temperamental Juan, se ponen de su parte. Acusan al padre de tratar de obviar los derechos sucesorios de Carlos y  preparar el terreno para que acceda al trono su otro hijo, y exigen su puesta en libertad. El gran apoyo popular y nobiliario al Príncipe de Viana hace que el Rey termine cediendo. Se llega a otro acuerdo, conocido como la "Concordia de Villafranca". Carlos es puesto en libertad y entra triunfalmente en Barcelona en 1.461...solo para morir tres meses más tarde. El frágil acuerdo alcanzado salta así por los aires y la guerra civil terminará estallando también en Cataluña. Gran parte de la nobleza  y  la alta burguesía barcelonesa se enfrenta a Juan II, que a su vez recibirá el apoyo de los siervos o "remensas", rebelados contra los abusos de los terratenientes.  Pero eso es ya otra historia.

Desde el catalanismo se ha puesto el máximo incapié en denigrar la figura histórica de Juana Enríquez. Ésta había nacido en 1.425 y fue descrita como "rubia, esbelta y de ojos muy claros", así como también poseedora de "gran talento, valer en la adversidad y encanto personal indudable". Ha sido acusada de conspirar para que su hijo (el futuro Fernando el Católico) fuera nombrado heredero en lugar de Carlos de Viana e incluso de haberle envenenado. Creemos bastante probable que Juana, como cualquier madre, deseara fervientemente el futuro más elevado para Fernando. Consta, en efecto, su insistencia en buscar el matrimonio con la princesa Isabel de Castilla (cosa que efectivamente sucedió, aunque ella no llegó a verlo) y su enfado cuando recibió la información (no se sabe si con alguna base real) de que Carlos estaba en negociaciones para "robarle" la futura pareja a su retoño. Pero entre procurar el mejor partido posible para el casamiento de su hijo y envenenar a un príncipe hay mucho trecho.

Juana Enríquez. La castellana mala de la película según los historiadores catalanistas. Una mujer valerosa que procuró interceder entre su esposo y el Príncipe de Viana, según otros menos parciales.

Existen fuentes que contradicen esa imagen de castellana despiadada  e insolente  tejida por la historiografía catalanista, diríase que buscando asemejar su perfil al de la madrastra de  Blancanieves. Para empezar, son muchas las que aluden a los intentos de Juana por reconciliar a su marido con su hijastro, así como sus esfuerzos para que éste fuera liberado de prisión. El mismo Carlos se refiere a ella en su correspondencia como "verdadera señora y madre". Cuando es recibido tras su puesta en libertad "la besa en las manos y en la boca". Y los dos juntos emprenden viaje hacia la Ciudad Condal. Son muy bien recibidos en Tortosa y Tarragona, y solo la negativa de los diputados catalanes a permitir la presencia de Juana en Barcelona impide que hiciesen juntos su entrada triunfal en esta ciudad. Pero no evitó que dejaran constancia de que Carlos les había confesado que 
tanto suplicando con gran voluntad y atención al dicho sseñor Rey por su liberación, como visitándole y con muchas otras formas, le ha demostrado y hecho obra de madre, por cuyo motivo dijo quedarle infinitamente obligado 
Parece pues que, curiosamente, la opinión que el propio Carlos tenía de su madrastra era mucho mejor que la de ciertos historiadores contemporáneos procedentes del noreste penínsular. 

Respecto al rumor que culpabiliza a Juana  de haber asesinado al Príncipe, cabe decir que no hay ni una sola prueba que lo sustente. Pese a ello, el poema citado al comienzo de esta entrada es una evidencia de que la insidia del envenenamiento ha seguido  muy  presente en el imaginario catalanista. La realidad  es que mucho antes de fallecer,  Carlos ya carecía de buena salud. Las crónicas manifiestan que padecía una enfermedad de los pulmones, probablemente tuberculosis. De hecho, cuando estaba en Sicilia se hacía transportar en litera, dada su extrema debilidad. A partir de 1460 su salud empeora incluso más. Llega al extremo, en septiembre de ese año, de peregrinar al santuario de Montserrat para implorar la curación. Se dicen continuas misas por el restablecimiento. Todo es inútil, su estado  sigue deteriorándose a la vista de todos. Por fin el 23 de septiembre de 1.461 expira. 

Los médicos diagnosticaron que la causa de la muerte fue, efectivamente, una pleurexia o inflamación pulmonar.  Todo indica pues que, en una época de elevada mortalidad, con cuarenta años cumplidos, lo que para aquella época ya suponía una cierta edad (no hay que olvidar que la propia Juana Enríquez fallecerá a los cuarenta y dos) y  tras arrastrar largo tiempo una grave dolencia, Carlos falleció de muerte natural.

En cualquier caso, nos parece un contrasentido que cientos de años después se busque desde la historiografía catalanista, por activa y por pasiva, acusar a Castilla del triste destino de este príncipe que no llegó a reinar. Como ya hemos visto, Carlos recibió toda su vida el apoyo castellano frente a las ambiciones de su turbulento padre. La razón de que éste le mandara prender fue precisamente la sospecha, fundada o no, de haber buscado una  alianza con el poderoso reino vecino. No parecen pues justos ni razonables a la luz de la Historia los intentos  de utilizar la desdichada figura del Príncipe de Viana como la enésima excusa para practicar el victimismo castellanófobo.

sábado, 18 de enero de 2014

Castellanofobia: Sabino Arana


La irreligiosidad y la inmoralidad van cundiendo en nuestro pueblo por obra y gracia de la invasión maketa, de los maketos todos, llámense integristas o librepensadores, que van sustituyendo el carácter bizkaino con su propio carácter de suyo hipócrita y perverso.
Sabino Arana. Revista Bizkaitarra. 



Sabino Arana Goiri (1865-1903) fue el fundador del Partido Nacionalista Vasco. De familia carlista, desde muy joven su pensamiento, influenciado por el de su hermano Luis, evolucionó hacia un nacionalismo radical de corte independentista, barnizado además de racismo  e integrismo religioso.


 Sabino Arana Goiri, considerado el padre del nacionalismo vasco

Según la visión de Arana, España era una nación de la que Castilla, Cataluña, Galicia o Andalucía solo constituían regiones. Por contra, el País Vasco, Navarra y algunos pequeños territorios del suroeste de Francia formarían otra nación completamente diferenciada.  En ese sentido, el odio de los patriotas vascos, a diferencia de el de sus congéneres de Cataluña o Galicia, debería orientarse más hacia el conjunto de España que hacia una sola de sus regiones, en este caso la castellana.

La política catalana, por ejemplo, consiste en atraer a sí a los demás españoles; la bizkaina, v.gr., en rechazar de sí a los españoles, como extranjeros.
De hecho, más que dos naciones, para el fundador del P.N.V., españoles, (llamados despectivamente "maketos") y vascos constituirían dos razas diferenciadas y contrapuestas. El deber de los patriotas vizcaínos consistía no en facilitar la asimilación de los inmigrantes españoles, sino en impedirla como si fuera la mayor de las desgracias. Consideraba que habría de evitarse que aprendieran euskera, pues el dominio de la lengua vasca  significaría un paso importante para la integración de los "maketos", y por tanto para la contaminación de la raza.

En Cataluña todo elemento procedente del resto de España lo catalanizan, y les place a sus naturales que hasta los municipales aragoneses y castellanos de Barcelona hablen catalán; aquí padecemos muy mucho cuando vemos la firma de un Pérez al pie de unos versos  euzkericos, oímos hablar nuestra lengua a un cochero riojano, a un liencero pasiego o a un gitano, o cuando al leer la lista de marineros náufragos de Bizcaya tropezamos con un apellido maketo.
Si fuese moralmente posible una Bizkaya foral y euzkeldun (o con Euzkera) pero con raza maketa, su realización sería la cosa más odiosa del mundo, la más rastrera aberración de un pueblo, la evolución política más inicua y la falsedad más estupenda de la historia. 
El odio hacia los españoles que traslucen a menudo los escritos de Sabino Arana es ciertamente colosal. Sirvan unos pocos ejemplos para ponerlo de manifiesto:
Olvida esta tu lengua, sí. Pero si el maketo, penetrando en tu casa, te arrebata a tus hijos y tus hijas para quitar a aquellos su lozana vida y prostituir a éstas...entonces, no llores.
Tanto nosotros podemos esperar más de cerca nuestro triunfo, cuanto España se encuentre más postrada y arruinada.
La fisonomía del bizkaino es inteligente y noble; la del español inexpresiva y adusta. El bizkaino es de andar apuesto y varonil; el español, o no sabe andar (ejemplo los quintos), o si es apuesto, es tipo femenil (ejemplo, el torero). El bizkaino es nervudo y ágil, el español es flojo y torpe. El bizkaino es inteligente y hábil para toda clase de trabajos; el español es corto de inteligencia y carece de maña para los trabajos más sencillos [...] el bizkaino es laborioso (ved labradas sus montañas hasta la cumbre); el español perezoso y vago...
Les aterra el oir que a los maestros maketos se les debe despachar de los pueblos a pedradas. ¡Ah la gente amiga de la paz...! es la más digna del odio de los patriotas. 
Pero aunque, como ya hemos dicho, la inquina de D. Sabino abarca el conjunto de lo español, no solo lo específicamente castellano, sabemos por experiencia que siempre que desde el nacionalismo periférico se reparten bofetadas, los castellanos tenemos muchísimas papeletas para recibirlas. Impresión que solo podría reforzarse al conocer la insultante etimología que se inventó nuestro hombre para la palabra "Castilla", a la que quería hacer provenir de "ke asto illa", y que se traduciría del euskera así como "(por el) humo asno muerto".
Lo que de bueno tiene el vasco no se lo debe a Castilla y sus hermanas. De lo malo, casi todo lo tiene de ellas recibido.
Porque el pueblo vasco tenía vigor sobrado y sobrada energía para ascender con paso firme la escala tendida desde su personalidad histórica [...] Pero absorbido y arrastrado por Castilla y sus hermanas, descendió en vez de levantarse y va aceledaradamente derrumbándose hacia su total ruina en vez de haberse encumbrado hasta lo más alto de la social felicidad.
Abandonad este léxico traído de Castilla, pues existe demasiado sabor de moro, color de sucio judío, de negro y de villano en esas tierras.
En cuanto a la discutible visión histórica de Arana, ésta lógicamente coincide  a la perfección con el dogma nacionalista. Parte primordial del mismo es la supuesta independencia medieval de las provincias vascas respecto a Castilla y Navarra. Así se explica el principio del fin de aquella primitiva arcadia vizcaína  a manos del  "virulento" reino castellano:
Llegó un tiempo (siglo XIV) en que el Señor de Bizcaya (Juan III) heredó el trono de Castilla, y con esto, comunicándose de continuo los bizcainos con los españoles, habría de ir inoculándose paulatinamente en el espíritu bizkaino el mortífero virus del españolismo, como el astro más grande le atrae al más pequeño que llegue a sus alcances.
Este tema, el origen de los privilegios vascos como concesiones reales y no como  pretendidos pactos entre estados presuntamente independientes, ya lo hemos abordado suficientemente en las dos entradas anteriores que dedicamos a Juan Antonio Llorente. Como cabía sospechar, el historiador riojano no gozaba precisamente de las simpatías de D. Sabino:
A un conspicuo masón le encargó la España de principios de este siglo la refutación de la independencia histórica de nuestra patria: al canónigo Llorente.
La influencia de la vida y obra de Sabino Arana Goiri sobre el nacionalismo vasco posterior es incalculable. Por más que el signo de los tiempos haya obligado a arrinconar los conceptos raciales y religiosos más exaltados de su fundador, no cabe dudar de la vigencia de muchas de sus teorías y opiniones en el ideario del P.N.V. y del universo "abertzale" en general. 

Estatua a Sabino Arana en los Jardines de Albia, Bilbao
Enfrente está Sabin Etxea

En la actualidad, la memoria de Arana continua siendo celebrada y homenajeada a lo largo de toda la geografía de Euskadi,  con multitud de estatuas y calles a su nombre. La sede central del Partido Nacionalista Vasco se encuentra  en el solar de su antigua casa familiar y es denominada precisamente "Sabin Etxea", es decir, "la casa de Sabino".


viernes, 20 de diciembre de 2013

Llorente y el Origen de los Fueros Vascos (I)


No por eso se piense que yo extraño adoptasen los vascongados la opinión de su antigua soberanía; pues ya se por los historiadores que suele ser lisonjero a todas las naciones el creer que su patria tuvo elevados principios. Los griegos defendieron que sus ciudades habían sido construidas por diferentes dioses. Los romanos atribuyeron a Marte la fundación de su capital: casi todas las gentes fingieron fábulas de esta clase; y contrayéndonos más, tenemos iguales ideas en la Castilla misma. 
Noticia Histórica de las Tres Provincias Vascongadas. Juan Antonio Llorente


El País Vasco ha tenido históricamente una legislación diferenciada de la común de Castilla. Un compendio de fueros o leyes viejas que han evolucionado con el tiempo y que tampoco eran iguales en cada uno de los tres territorios Alava, Vizcaya y Guipuzcoa, ni aún en ocasiones dentro de cada uno de ellos. Dichos territorios tenían instituciones y ordenamiento jurídico propios, pero también privilegios con respecto a sus vecinos castellanos. Por ejemplo, la exención de impuestos y de levas militares. De algún modo, este régimen especial ha llegado hasta nuestros días en la forma del concierto o cupo vasco.

Conforme nos adentramos en la Edad Moderna, muchos se preguntaron la razón de que estas provincias tuvieran un tratamiento tan ventajoso por parte de la monarquía. En línea con el espíritu de la época aparecieron y se recompusieron leyendas que procuraban aclarar esta circunstancia. Algunos  lo explicaban no por concesiones reales, sino por una supuesta independencia originaria de los territorios vascos al comienzo de la reconquista. Los privilegios serían las condiciones que habrían pactado posteriormente los vascos para aceptar a los reyes castellanos. Obviamente, a los naturales de las provincias vascas y a  las familias nobles de allí originarias tal teoría les resultaba la mar de satisfactoria, y no dudaron en darle pábulo. Fue reiterada en sucesivos relatos de genealogistas, y poco a poco, asumiéndose por la población. Y aunque, como ocurre siempre que los hechos carecen de demasiado fundamento, las versiones variaban sensiblemente, podría resumirse la leyenda así:
Los vizcaínos, después de haber rechazado a los invasores sarracenos, se encontraron con que los leoneses tampoco pudieron resistirse a la tentación de dominarlos e invadieron su país. Pero en  ayuda de los locales llegó un gran guerrero (inglés, escocés, vikingo, o incluso, de la propia cantera,  vizcaíno, que en esto los genealogistas no se ponían de acuerdo), conocido como Jaun Zuria. En castellano Señor Blanco,  denominación  que se anticiparía en más de un milenio a los coloristas nombres utilizados en Reservoir Dogs. A sus órdenes los vascos derrotaron a los invasores en Padura o Arrigorriaga y les persiguieron hasta el Árbol Malato, que a la sazón, estaría en un monte de Alava. Tras la victoria, los vizcaínos agradecidos nombraron a Zuria primer señor de Vizcaya. Y solo cuando los Reyes de Castilla pasaron a heredar el señorío,  empezaron a depender de ellos, siempre a condición de mantener sus privilegios. Algo parecido arguían los guipuzcoanos y los alaveses.

 Retrato idealizado de Jaun Zuria, el legendario primer señor de Vizcaya. En base a las pruebas documentales, su existencia real es bastante menos factible que la del Rey Arturo

Pero con la Ilustración y la extensión del método científico empezó la Historia su forcejeo por alejarse lo más posible de mitos, leyendas y relatos propagandísticos. Y sobre este particular tuvo mucho que decir un clérigo  llamado Juan Antonio Llorente. 

Llorente nació en el pueblecito riojano de Rincón del Soto, (casualmente el mismo pueblo del famoso futbolista contemporáneo con el que comparte apellido) en 1.756. Se hizo sacerdote, se doctoró en Derecho Canónico y ocupó diversos cargos religiosos. Cuando era vicario general de la diócesis de Calahorra, ésta tuvo un encontronazo con las autoridades forales de Álava, y Llorente se dedicó a buscar y examinar viejos diplomas de los archivos de la  zona. Todo con el fin de acumular argumentos y razones para el pleito. Posteriormente, comprobando que las escrituras consultadas no confirmaban, sino más bien contradecían las leyendas acerca del origen de los fueros vascos, se propuso escribir un libro sobre ello. Se dirigió al gobierno en busca de apoyo económico para su obra, y también de protección para su persona, pues sabía que unos trabajos anteriores, críticos con la Inquisición, le podían acarrear serios problemas con el Santo Oficio.

El momento parecía oportuno. Durante la recien acabada Guerra de la Convención (1.793-1.795)  las tropas francesas habían invadido el País Vasco sin encontrar demasiada resistencia. Y peor aún,  la Junta de Guipúzcoa había llegado a negociar con los invasores su inclusión en Francia. Por ello surgieron voces a favor de la abolición, o al menos de la reforma de los fueros. Se veían como un sistema de privilegios medievales, que perjudicaban a las provincias castellanas vecinas sin que, por lo visto, sirvieran para garantizar la lealtad a la corona de las vascongadas. 

Así que el gobierno, o mejor dicho, "los gobiernos", porque la situación de grave inestabilidad política hizo que se  sucedieran varios, recibieron el proyecto positivamente, pero con cautela. Sabían  que cualquier asunto relacionado con los fueros levantaría suspicacias en Vasconia, y discutir su origen legendario, no iba a ser una excepción, por más que se apoyaran las conclusiones con documentos. Se sucedieron las dilaciones, y no fue hasta 1.805 cuando vio la luz "Noticias Históricas de las Tres Provincias Vascongadas".

Esta entrada continúa en Llorente y el Origen de los Fueros Vascos (II)

Llorente y el Origen de los Fueros Vascos (II)


Con los diplomas se aclara el derecho de cada uno. Sin ellos en las ocurrencias civiles nada se cree. Y si diriges tu consideración hacia la historia, esta vacilará; y será diminuto el conocimiento de las cosas de la edad media y tiempos subsiguientes, como no se fortifique y prevalezca con estos auxilios.
Noticias Históricas de las Tres Provincias Vascongadas.Juan Antonio Llorente

Esta entrada es continuación de LLorente y el Origen de los Fueros Vascos (I)


¿Pero que es lo que se decía en "Noticias Históricas..."?  En resumen, se calificaban de simples leyendas sin fundamento histórico alguno la existencia del "primer señor de Vizcaya" Jaun Zuria, y la batalla de Padura contra los leoneses. Se afirmaba que tampoco las provincias vascas habían sido independientes de los reinos castellano o navarro, y que los fueros de los que disfrutaban eran similares a los que se concedían en aquella época a otras  muchas zonas. Y si, a diferencia de éstas, con el tiempo no solo los habían conservado sino incluso aumentado, era a consecuencia de más mercedes reales.  

La Academia de la Historia  se refería así a la obra en 1.811:    
"Las Noticias Históricas de las Provincias Vascongadas que comprendían dos tomos, son conocidos tiempo ha de la Academia, y en esta obra procuró el autor demostrar con toda evidencia que habiendo sido conquistadas por los Reyes de Castilla y Navarra dichas provincias, o parte de ellas en diversos tiempos, todos los privilegios que gozaban y que sus naturales creían como pacto de un país independiente en lo antiguo con aquellos soberanos, solo eran concesiones y mercedes debidas a la liberalidad de estos: verdades que después apoyó el Sr. Llorente en la "Colección Diplomática" donde la rareza y preciosidad de las escrituras, la mayor parte inéditas, se agregan copiosas ilustraciones para la geografía, costumbres y algunos sucesos de la edad media."
La reacción a la obra en las provincias vascas fue seguramente más adversa todavía de lo que Llorente podía esperar. Muchos vascos comprendieron perfectamente que un origen pactado desde su independencia original era la mejor salvaguarda de sus privilegios. Si al final resultaba que solo se debían a concesiones, bien podían ser modificados o anulados por otras disposiciones. Llovieron pues las críticas,  tanto desde las provincias forales como desde el "lobby" vasco asentado en Madrid.  Fue vilipendiado y zaherido. Se le acusó de actuar por resentimiento, de meterse en investigaciones históricas que eran incompatibles con su condición de clérigo, y hasta de falsificar diplomas según su conveniencia, bien es verdad que sin que nadie señalara cuales eran las supuestas falsificaciones. 


Juan Antonio Llorente, por Goya
Considerado a veces el enemigo público numero uno por los historiadores vasquistas

Esta última acusación sí debió sacar de sus casillas al clérigo riojano. Buena parte de su trabajo había consistido precisamente en remover incansablemente viejos archivos buscando preciosos y olvidados pergaminos. Creía, con un criterio que se puede calificar de moderno, que la historia como disciplina científica siempre debía sostenerse sobre documentos convenientemente sometidos a la crítica para evitar fraudes. De hecho, la posterioridad no ha podido probar que hubiera falsificado ninguna de las muchas escrituras presentadas, y los expertos actuales  que las han  estudiado  reconocen la integridad del autor, más allá de que haya quien pueda disentir de alguna de sus conclusiones. 

Pero lo cierto es que el debate fue extremadamente agrio y el propio Llorente se dejó llevar por la polémica. En el prólogo de su tercer tomo, el dedicado a presentar las pruebas documentales que sostenían sus teorías, respondía con dureza  a  Francisco Aranguren y Sobrado. Éste, que ejercía de Alcalde del Crimen en la Chancillería de Valladolid, fue uno de los primeros elegidos por el Señorío de Vizcaya para tratar de refutar la obra Llorente:
Ha perdido pues el trabajo y el aceite el señor demostrador, por más que la multitud de vizcaínos (que se hacen en Madrid castellanos para gozar las rentas provenientes de los bolsillos de los nacidos en Castilla) griten por tertulias plazas cafés y conversaciones particulares que me ha concluido el señor consultor; y por más que muchos paisanos suyos sean propagandistas de tales jactancias fuera de la corte.
Y es que, ciertamente, ante la batería de escrituras que presentaba como prueba el riojano poco podía hacer la habilidad retórica del legalista vizcaíno. Y aunque después de Aranguren vinieron muchos más impugnadores, la obra de Llorente sigue representando un hito importantísimo en la historia medieval de las provincias vascas y zonas adyacentes.

Paradójicamente, hay que recalcar que nuestro hombre jamás se mostró partidario de la abolición de los fueros vascos.  Se limitó a criticar su origen legendario y expurgarlo de leyendas y mitificaciones. Consta la sorpresa del representante vizcaíno a la Junta que convocó Napoleón en Bayona para dotar a España de una constitución, el Sr. Lardizabal, cuando el también asistente Juan Antonio Llorente:
...negó la nativa independencia de las Provincias, pero las hizo la gracia de considerarlas acreedoras a la especial protección de S.M. por su localidad y naturaleza del terreno.
Por contra el diputado castellano representante de la ciudad de Burgos, con bastante llaneza, pero a nuestro juicio con no poco sentido común:
...alegó que no era justo que los naturales de las Provincias que no contribuyen, obtuviesen los empleos de la nación.
Pasaron los años. Tras la Guerra de Independencia Llorente tuvo que exiliarse en Francia. Viejo y pobre, pudo regresar a España dos años antes de morir en 1823.  Los nacionalistas vascos le consideraron durante mucho tiempo una especie de historiador diabólico que había osado poner en tela de juicio la legitimidad de sus sacrosantos fueros y libertades. Los conservadores españoles no le tuvieron en mucho mejor concepto por sus aceradas críticas a la Inquisición y su condición de afrancesado. Desde sectores liberales y progresistas sí que se hizo cierta tibia defensa de su obra y trayectoria vital. Pero parece, en definitiva, que su carácter polémico y contradictorio le ha privado de ocupar un lugar en la posterioridad más acorde con sus muchos méritos historiográficos.



Bibliografía
La Independencia Vasca. La Disputa sobre los Fueros. Francisco Fernández Pardo
Noticias Históricas de las Tres Provincias Vascongadas (I).Juan Antonio Llorente
id.  (III)