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miércoles, 20 de enero de 2016

Sobre el Origen de Fueros y Privilegios


El fuerismo del siglo XIX y posteriormente el nacionalismo vasco sostuvieron la teoría de que los fueros derivaban de las libertades ancestrales y de los usos jurídicos espontáneos de los vascos de tiempos inmemoriales y que los señores y los reyes no hicieron otra cosa que confirmarlos porque así se les exigía como requisito para aceptar su autoridad. En rigor, esta visión idealizada y mítica de los fueros surgió en el seno de la pequeña nobleza derrotada por la alianza de la corona castellana y las villas a finales del siglo XV.
Jon Juaristi. Historia Mínima del País Vasco.


Para hallar el origen de las "asimetrías"  conocidas como fueros, debemos remontarnos hasta la Edad Media. En aquella época no existía el concepto de igualdad ante la ley que disfrutamos actualmente, y los monarcas y demás señores feudales concedían a voluntad mercedes y regalías a individuos, grupos sociales y territorios.  

Esta forma de proceder tiene su justificación. Y es que a pesar de sus amplios poderes y la discrecionalidad para utilizarlos, los reyes medievales rara vez tenían motivos para sentirse seguros en sus tronos. Estaban expuestos a que cualquier intriga palaciega, conjura nobiliaria o guerra desafortunada les dejara a ellos y a sus descendientes sin corona, y puede que también sin vida. Y ni que decir tiene que mantener ambas era el objetivo principal, cuando no el único, de todo soberano.

Por ello resultaba normal que con frecuencia buscaran ganarse  la lealtad de individuos y colectivos concediéndoles privilegios como títulos, rentas, y exenciones. Así, la regla básica a la hora de distribuir prebendas era que cuanto más se manifestase la debilidad del rey y más estratégica resultara la cooperación de determinados súbditos, mayores ventajas arrancaban estos.

Naturalmente, los beneficiarios no solían explicar el asunto de manera tan descarnada, sino que procuraban adornar la historia y pintarla con tintes heroicos y legendarios. Si la época se prestaba a ello, incluso echaban mano de la mitología. Tal es el caso de  Jaun Zauría, el fabuloso primer señor de Vizcaya, al que con objeto de ensalzar la posición de sus presuntos sucesores, algunos cronistas querían  hacer hijo de un duende y una princesa escocesa. Ya a mediados  del siglo XIX,  "El Vigilante Cántabro", contrario al mantenimiento de los fueros vascos, se expresaba así:
¿Quien ignora ya que el origen que se les atribuía fue lanzado al país de las fábulas desde fines del siglo pasado? ¿Que se fundaba en narraciones de autor de cuentos ridículos de duende íncubo, que sacó gravida a una princesa errante, como las hadas, en las altísimas montañas vascongadas, y que las olas habían lanzado a sus costas? En el reinado de Carlos III algunos sabios de la Academia de la Historia desmoronaron este edificio levantado sobre los duendes y las hadas; en el de Carlos IV acabó de venir a tierra; y en las dos restauraciones de Fernando VII brilló sobre sus ruinas la luz de la sana crítica y de la verdad; poniendo fuera de combate las exageradas pretensiones de los que se atribuían el origen de los fueros a una soñada e imposible independencia y soberanía. 
Besamanos de las Juntas de Vizcaya a Fernando el Católico en 1.476, tras la jura de los fueros. Obra de Vazquez de Mendieta (1.609)

No siempre los privilegios se concedían a cambio de lealtad militar. También las peculiaridades  de una zona animaban a los soberanos a hacerlo. Por ejemplo, es conocido que los habitantes de Leitariegos estaban exentos de tributos y servicio militar a cambio de mantener una hospedía para los viajeros que atravesaban el puerto, así como de salir a buscar a los que se perdieran durante alguna de las frecuentes nevadas.  El escritor y filólogo vasco Jon Juaristi describe así la situación:
Los fueros medievales son privilegios concedidos por los reyes y por los señores a villas, estamentos y comarcas, por motivos diversos y con diferentes propósitos. Hubo fueros para hidalgos y fueros para villanos, fueros para estimular determinadas actividades económicas o para impedirlas. Las fundaciones de villas iban generalmente acompañadas del otorgamiento de un fuero a sus moradores, porque la economía de las villas representaba una fuente de ingresos fiscales para la corona y los señores, mientras la pequeña nobleza que dominaba los campos estaba exenta de impuestos. 
Refiriéndose en concreto al País Vasco y Navarra añade:
Además de los fueros  de villas, existían en la Vasconia medieval fueros estamentales (de hidalgos), corporativos (de ferrones y mareantes) de castas (fueros particulares para judíos o mudéjares), eclesiásticos, etcétera. Lo característico del entramado jurídico medieval fue una enorme dispersión. No hay  nada parecido a una legalidad uniforme. El llamado fuero viejo de Vizcaya, que regía en la tierra llana, era un fuero de hidalgos, de codificación tardía (siglo XV) y, por supuesto, no se aplicaba a los labradores, que carecían de privilegios. Hasta las codificaciones forales del siglo XIV no existieron fueros provinciales, los llamados fueros nuevos que, como se verá, tienen carácter y función muy distintos de los privilegios medievales.
Y en lo concerniente a las juntas de gobierno de Vizcaya, Guipúzcoa o Álava, que tienen su origen en esa misma época:
Las instituciones representativas de los territorios aparecen históricamente en conexión directa con la conflictividad derivada de la dispersión foral. La visión romántica del fuerismo decimonónico contemplaba una Vasconia anterior a la Edad Media organizada en aldeas o "repúblicas" independientes cada una de las cuales se regía por su propia junta o "biltzar". Sobra decir que tal visión carece de fundamento. Las juntas no son anteriores al siglo XIV, y surgieron al mismo tiempo que otras estructuras afines en Europa occidental.
En cualquier caso, con el matrimonio de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón  cambiaron muchas cosas en España. El rey Católico impuso la política exterior propia de sus reinos patrimoniales, para los cuales el principal enemigo era desde hacía centurias Francia. Castilla y la poderosa Francia, hasta entonces  aliados, se verían así arrastradas a dos siglos de continuas guerras. 

Cataluña y Vasconia, donde se encuentran los principales pasos para atravesar los Pirineos, se convirtieron en zonas estratégicas de primer nivel. Y fueron consiguientemente mimadas por los monarcas, para los que una rebelión en estos territorios, que inmediatamente recibiría el apoyo militar y económico del vecino francés, suponía la peor de las pesadillas. Por contra, una fuerte lealtad de sus habitantes, aunque fuera comprada a precio de oro, facilitaría tanto la defensa de la península en caso de invasión, como las expediciones a territorio enemigo.  

Las instituciones de Cataluña comprendían perfectamente las enormes ventajas que les ofrecía su situación geográfica. Se pone de manifiesto en un panfleto catalanista de 1.697 conocido como "Luz de la Verdad", en el que el protagonista, un tal Joan Roca, hace una encendida defensa de los privilegios de los que gozaba su tierra. Ante las quejas de sus compañeros por el diferente trato fiscal, compara a Cataluña con una muralla, en la que es justo y conveniente gastar el dinero del Estado, por mucho que no se reciba nada de ella: 
¿De qué aprovecha el muro a la ciudad? Mucho. ¿Qué saca la ciudad dél? Nada, antes gasta en conservarlo y con todo le es de provecho. ¿Por qué? Porque la defiende, pues así Catalunya por España, que aunque Magestad no sacase cosa della y gastase en conservarla, le es de provecho, porque es el muro de España.
He aquí pues la causa principal de que, al mismo tiempo que los fueros y particularidades  de la mayor parte de España languidecían y desaparecían, los de Vasconia y Cataluña se renovaran, reforzaran y adquirieran  mayor lustre y protagonismo. Naturalmente, y siguiendo esa misma lógica, cuando  Francia dejó de convertirse en el enemigo por antonomasia,  carecía de sentido la metáfora del muro. Y más aun cuando los ideales de la Ilustración y del liberalismo se extendieron, acorralando y eliminando las rémoras feudales, de las cuales una de las más sangrantes era la desigualdad legal de personas y territorios. Los países europeos fueron racionalizando su administración y equiparando la situación legal de sus ciudadanos y provincias.

Ilustración del diario republicano barcelonés "La Madeja Política". Una España revolucionaria tala el árbol de los fueros, que tiene la cara del pretendiente carlista y las raíces "Absolutismo", "Intolerancia" y "Fanatismo".

Pero naturalmente, y como cabía esperar, los beneficiarios hispanos de los privilegios se resistían con uñas y dientes a desprenderse de ellos. Después de siglos gozando de determinadas ventajas, nadie les iba a convencer de que éstas ya no tenían sentido.  Presentaron los fueros como derechos ancestrales, de origen cuasi divino, con preeminencia sobre cualquier otra legislación, y por tanto, absolutamente blindados e intocables. Que las desigualdades pudiesen suponer graves perjuicios o  evidentes agravios comparativos para con los vecinos era lo de menos. 

Sirva como ejemplo la situación del puerto cántabro de Castro Urdiales, cuyos comerciantes debían pagar impuestos a la importación de mercancías de los que sus competidores vizcaínos estaban exentos. Así rezaba una petición que los habitantes de la localidad elevaron a las Cortes: 
Los que suscriben, vecinos de Castro Urdiales, verían con honda pena la subsistencia y continuación de los privilegios de las provincias vascas. Hagan los representantes de la Nación que concluya de una vez para siempre el organismo y modo de ser de esas provincias y que igualándolas con las demás de España coadyuven a sobrellevar las cargas del Estado en la misma proporción. 
No es sorprendente que a lo largo del siglo XIX la defensa del fuerismo  encontrara eco y apoyo en los partidos españoles más refractarios a la modernidad: conservadores y carlistas.  Precisamente los que más se oponían a la libertad y la igualdad que preconizaban liberales y republicanos.   

Sin embargo, no puede decirse que aquella linea de argumentación, pese a estar basada como hemos visto en mitificaciones, inexactitudes y manipulaciones, no haya resultado tremendamente exitosa. Aun hoy se mantienen  privilegios en forma de concierto vasco y navarro. Y a juzgar por el interés con el que algunos, sobre todo desde Cataluña, pretenden convencernos de las "bondades" del federalismo asimétrico, no sería de extrañar  que, antes que desaparecer, dichos privilegios se extendieran a otras autonomías. Sobra precisar en que comprometida situación quedarían entonces los territorios "de segunda"... entre los que mucho nos tememos habrían de incluir a Castilla.


sábado, 24 de octubre de 2015

La Cuestión del Rosellón (II)

Temed más las lisonjas de los franceses que las fanfarronadas de los españoles
Advertencia a los catalanes de la Condesa de Cardona, recogida por Jean Villanove en "Histoire Populaire des Catalans". 


Esta entrada es continuación de La Cuestión del Rosellón (I)

La rebelión y consiguiente cambio de chaqueta de Cataluña en plena Guerra de los Treinta Años tuvo efectos inmediatos y desastrosos para la Corona española. En medio de las dificultades arrastradas por un conflicto tan largo, su situación de extrema debilidad resulta ya evidente para todos. En el exterior los enemigos redoblan sus ataques. En el interior se suceden las conspiraciones y los levantamientos: Andalucía,  Nápoles, Sicilia, Aragón... y sobre todo Portugal. Naturalmente, a Francia todo ello le viene de perlas. Su causa recibe un aldabonazo increíble. Ya casi tiene la partida ganada. El agente del Cardenal Richelieu en Cataluña, Du Plessis-Besançon, se muestra exultante:
Se puede decir sin exageración, que las consecuencias de este acontecimiento (la revuelta catalana) fueron tales que (aparte la revuelta de Portugal, cuya pérdida fue tan perjudicial, no sólo a la reputación de España, sino a toda la estructura de su monarquía... y que nunca se habría producido sin el ejemplo de Cataluña), nuestros asuntos que en Flandes no iban nada bien y peor aún en el Piamonte, súbitamente empezaron a prosperar por todas partes, incluso en Alemania, pues las fuerzas de nuestros enemigos, contenidas dentro de su país, quedaban reducidas a debilidad en todos los demás teatros de la guerra. 
Más claro, agua. Pese a todo, la guerra aun se alargará bastantes años, durante los cuales buena parte de Cataluña será ocupada por tropas francesas. Los campesinos catalanes tendrán ocasión de comprobar que estas en absoluto se comportaban mejor  que las castellanas e italianas de los tercios. El catalán pro-francés José Margarit le confiesa  al Cardenal Mazarino (1.602-1.661), sucesor de Richelieu:
Nuestras tropas viven muy peor que si fuesen de turcos, no respetando el mismo Dios Sacramentado en las iglesias...¡Cuando menos respetarán los bienes terrenos!
Los canónigos de la Seo de Urgel, que tanto habían destacado pocos años antes por su simpatía hacia Francia y su animadversión a los castellanos escribían ahora un memorial a París denunciando las brutalidades de los soldados franceses:
no perdonan a las iglesias ni a los edificios sagrados, y así sólo diré que la rabia llega hasta quitar los ojos y cortar las orejas a los paisanos; la codicia, a echar los hijos en el fuego delante de los padres para sacarles el dinero; la luxuria, a pretender una donzella para cada día; la herejía, a prohibir que vayan a missa y a tirar en competencia nieve a la cara llevando el viático a los enfermos; y todo sin algún castigo. 
El ejército español consigue penosamente reconquistar Lérida en 1.644. Allí se presenta Felipe IV y promete mantener los fueros y privilegios de Cataluña. En 1.651 logra sitiar Barcelona, que se rendirá al año siguiente. Las tropas francesas se retiran de la Ciudad Condal, pero siguen ocupando la zona norte de Cataluña, donde se fortifican y desde donde lanzan duros contraataques. 

Luis XIV. Derrotó a los Habsburgo y es considerado uno de los forjadores de la "Grandeur" francesa. Hay que señalar no obstante que el cambio de bando de Cataluña le facilitó mucho la tarea.

El estado de España era deplorable. Portugal se había separado definitivamente. Castilla estaba más arruinada que nunca. Los reveses en Flandes se suceden. Los Habsburgo austriacos abandonan a sus parientes españoles y firman por separado la paz con Francia. En 1.658 un  ejército francés reforzado con 6.000 soldados ingleses inflinge una dura derrota a los españoles en las Dunas. Ya no hay nada que hacer. Es imprescindible solicitar la paz.

Y Francia, naturalmente, impone sus condiciones. Quiere Metz, Toul, Verdún... y los condados norpirenaicos. Está dispuesta a devolver parte del territorio catalán que aún mantiene en su poder (Rosas, la Seo de Urgell, Olot, Camprodón, Ripoll, Puigcerdá, Cadaqués...) pero en ningún caso el Rosellón. El fallecido Cardenal Richelieu lo expresó claramente "No hay que pensar en devolver la Lorena...Perpiñan y el Rosellón".  Y el Cardenal Mazarino no se movió ni un ápice de esa línea: "El Rey no puede nunca, pase lo que pase, admitir la restitución del Rosellón"

Todavía habría más guerras entre los dos países durante los siguientes siglos, y en alguna ocasión se intentó seriamente su reconquista. Se dice que incluso Franco planteó este asunto a Hitler durante la famosa entrevista que mantuvieron en Hendaya. Pero lo cierto es que las fronteras quedarían así fijadas finalmente, para cólera de los modernos nacionalistas catalanes. Víctor Balaguer, uno de sus predecesores, ya clamaba a finales del siglo XIX:
Muy al contrario: los catalanes recibieron con sentimiento y desagrado la condición impuesta para las paces de ceder á Francia el Rosellón y el Conflent. No podían avenirse á ver desgajarse estas ricas joyas de la corona condal de Barcelona. ¿Era así, tan fácilmente, por medio de un tratado hecho por astutos diplomáticos en la quietud de un gabinete, como debíamos perder esas bellas comarcas, teatro de nuestras antiguas glorias, conquistadas por nuestros padres á costa de tanta sangre y sacrificios? ¿Era así como Cataluña había de ceder la patria del que fue su primer conde soberano? Lo cierto es que, con ceder el Rosellón, se faltó al compromiso solemne de pactos sagrados; y es que el rey de España no podía vender, ni enajenar, ni ceder aquel territorio. 
Este último argumento nos parece ciertamente notable por su interesado infantilismo. Como si en alguna guerra a lo largo de la Historia los vencedores, en este caso Francia, se hubieran abstenido de cobrarse los réditos de su victoria en consideración a que las leyes, pactos o costumbres de los vencidos dijesen esto o aquello. En todo caso, ni que decir tiene que si la Generalitat  no hubiese allanado el camino a los ejércitos franceses pasándose a su bando en medio de la guerra, quizá otras condiciones de paz hubiesen sido posibles.

Naturalmente, para la historiografía catalanista no supone ningún problema buscar culpables para esta (o cualquier otra) desgracia: Castilla y el gobierno central. Según otra retorcida teoría catalanista, la causa de la pérdida del Rosellón no habría sido la derrota de la Corona española tras una larga y agotadora guerra, sino que simplemente los negociadores españoles eran tontitos,  no conocían el terreno y se dejaron engatusar por la diplomacia de Mazarino a la hora de fijar los nuevos límites. Lo que sigue se puede leer en Culturcat -portal de internet de la Generalitat de Cataluña- en el apartado sobre  el "Tratado de los Pirineos". En este, entre otras cuestiones,  se estipulaban los territorios que España debía ceder a Francia en Flandes, Luxemburgo, y la frontera franco-española:
Luis XIV supo escoger unos negociadores más hábiles y con un conocimiento real del territorio catalán, entre ellos Pierre de la Marca y Plessis de Besançon, conocedores directos de Cataluña durante el periodo de la guerra de los Segadores. Los representantes de Felipe IV, capitaneados por Luis de Haro, en cambio no tenían un conocimiento efectivo del territorio que trataban. Los plenipotenciarios franceses supieron sacar ventaja del desconocimiento de los españoles que, por otro lado, pese a ser conscientes de que cedían un trozo importante de Cataluña, no consiguieron llevar a cabo una buena negociación. (1)
Se hace responsable a Castilla, en este caso personalizada en el vallisoletano Luis de Haro (1.598-1.661), sucesor del Conde duque, y se ocultan dos hechos evidentes. Primero, que en la delegación española también estuvieron presentes diplomáticos catalanes, como Miquel de Salvá de Vallgonera, marqués de Vilanant y Josep Romeu de Ferrer. Segundo, y todavía más importante, que por muy hábiles que sean los representantes y por mucho que se empeñen, nunca  una guerra desastrosa puede acarrear un buen tratado de paz.

Encuentro en la Isla de los Faisanes entre Felipe IV de España y Luis XIV de Francia. El Tratado de los Pirineos constató el declive de España y el ascenso de Francia como principal potencia Europea.

Recapitulando, y para aclarar de una vez el asunto. ¿A quién cabría achacar la conquista francesa del Rosellón? ¿A Castilla, que envió miles y miles de soldados e ingentes cantidades de dinero para defenderlo, aun siendo territorio ajeno? ¿O  a aquellos que considerándolo propio se  mostraron  tibios en su defensa,  cicateros a la hora de aportar recursos para ello, y de remate se pasaron al enemigo en plena contienda? La respuesta, creemos, cae por su propio peso.

Enseguida  Luis XIV, contraviniendo lo pactado y a diferencia de Felipe IV, se apresuró a hacer tabla rasa de los privilegios y usos tradicionales en el Rosellón, procediendo a una decidida política de asimilación. No tuvo inconveniente incluso en declarar nulos todos los procedimientos y actos públicos que no estuvieran escritos en francés, explicando, eso sí, que:
El uso del catalán repugna y es de alguna manera contrario a nuestra autoridad y al honor de la nación francesa. 
Ahí es nada. Se cumplía puntualmente la advertencia de la condesa de Cardona, que encabeza nuestra  entrada.

(1) Página visitada el 24/10/2015.

 

miércoles, 30 de septiembre de 2015

La Cuestión del Rosellón (I)


Cataluña llorará con lágrimas de sangre lo que celebra hoy con gritos de alegría
Miguel Parets (1.610-1.661), cronista catalán en referencia a los festejos con los que celebraron los barceloneses sublevados contra la monarquía española la noticia de la conquista de Perpiñán por el ejército francés.

El Rosellón (Rosselló en catalán, Roussillon en francés) es una pequeña región del sureste de Francia, al norte de los Pirineos y fronteriza con Cataluña. Incluye el antiguo condado del mismo nombre y una parte del de la Cerdaña. Desde el nacionalismo catalán se prefiere llamar a ese territorio Catalunya Nord. En la actualidad conforma la mayor parte del departamento francés de Pyrénées-Orientales, cuya capital y ciudad más importante es Perpiñán.

Durante la Edad Media,  igual que Cataluña, primero formó parte del Imperio Carolingio y después del reino de Francia. Entró pronto bajo la órbita del conde de Barcelona y cuando en 1.258 mediante el tratado de Corbeil el monarca francés renunciaba definitivamente a sus derechos sobre los condados catalanes, entre estos  se incluyó también el Rosellón. Parecía pues que la cuestión quedaba zanjada.

Desgraciadamente, Francia no terminó nunca de aceptar la pérdida del condado. Los sucesivos gobiernos de París, igual monárquicos que republicanos, han venido considerando desde tiempo inmemorial, y con admirable persistencia,  que las fronteras naturales de su país estaban conformadas por el Rin, los Alpes y los Pirineos, los límites de la antigua Galia. Y allí deberían volverse a situar en cuanto la potencia de su ejército lo permitiera.

Situación del departamento de los Pirineos Orientales. Durante los siglos XVI y XVII el Rosellón fue defendido una y otra vez de los ataques franceses con tropas y dineros provenientes de Castilla.

Tal era el caso a finales de la Edad Media. Terminada victoriosamente la Guerra de los Cien Años con la expulsión de los ingleses, Francia, tradicionalmente el reino más rico y poblado de Europa, estaba también más unido y mejor organizado de lo que lo había estado en siglos. En 1.462 el rey aragonés Juan II, en medio de la contienda civil entre sus partidarios y los de la Generalidad, ya se vio obligado a ceder el Rosellón y la Cerdaña a Luis XI. Y en poder de Francia permanecerían hasta que su hijo Fernando el Católico logró recuperarlos en 1.493 mediante el Tratado de Barcelona. 

Sin duda, la clara conciencia de la fortaleza del rival norteño y la falta de recursos de la Corona de Aragón para contrarrestarla, representaron un importante papel en la insistencia de Juan II en conseguir la alianza de Castilla mediante la boda de su hijo Fernando y la princesa Isabel. De hecho, las hostilidades en los Pirineos con los franceses  no tardarían en comenzar. Ya en 1.502 estos invadieron el Rosellón. Tuvieron que retirarse al año siguiente ante el contraataque de un ejército comandado por el propio rey Católico y compuesto de 10.000 catalanes y ... 18.000 castellanos. El escritor catalán Javier Barraycoa reconoce que:
El "egoísmo" castellano brilló por su ausencia y, como pasaría más de una vez en la historia, los castellanos salvaron el Rosellón para Cataluña.
Efectivamente, para desgracia de Castilla, que había sido tradicional aliada de Francia, daban comienzo dos siglos de continuas guerras entre las dos coronas que, una y otra vez, chocaban en el Rosellón. Dos siglos en los que las tropas y dineros castellanos fueron imprescindibles para equilibrar las contiendas.

Más todavía si tenemos en cuenta que los soldados catalanes, por decirlo suavemente,  en ocasiones no demostraban estar a la altura.  Y eso a pesar de que peleaban por su propio territorio. Tal era el parecer del Gran Duque de Alba, encargado en 1.543 de contrarrestar la enésima ofensiva francesa. Se dirigía al emperador Carlos informándole de la situación,  y en lo referente a la calidad de las tropas locales, lo hacía en los siguientes y elocuentes términos:
Aca he visto alguna parte de la gente que se haze en Cataluña, y vengo descontento della que no lo oso decir a V. Mgd. Supplico mande que se de grandissima prisa en el venir de la gente de Castilla y de las otras partes donde se haze.
Había constatado con horror que se empezaban a producir cuantiosas deserciones entre los reclutas. Y recomendaba al rey que de los soldados catalanes no se haga V. Mt.  ningún fundamento y es que estos catalanes los que hombre tiene a la noche le faltan a la mañana. Solicitaba pues el envío urgente de 3.000 soldados castellanos para la defensa de Perpiñán y 8.000 más si tenían que ocuparse de toda la zona.

De este modo fueron pasando los años y las guerras, y nos metemos en el siglo XVII con una Castilla cada vez más debilitada, más arruinada, más despoblada. Una Castilla que ya no podía hacerlo todo por todos, que simplemente no daba más de sí. Fue entonces cuando el Conde Duque de Olivares, valido de Felipe IV solicitó al resto de reinos hispanos su colaboración para aportar los soldados y dineros que Castilla ya era incapaz de suministrar en solitario. No hubo manera. La Generalitat  se enroca en negativas y dilaciones, y la tensión entre Cataluña y la Monarquía se dispara. 

El Cardenal Richeliu,  astutamente, huele la debilidad hispana y vuelve a lanzar al ejército francés sobre el Rosellón. El 19 de julio cayó la fortaleza de Salses. Y para colmo se repiten las deserciones masivas. De los 12.000 reclutas que se había comprometido a pagar la Generalitat, un recuento en Perpiñán en el mes de agosto reveló que no había más que 6.654. El 19 de septiembre se produjo el primer enfrentamiento con los franceses. Tres días después se hizo otro recuento. Ya solo quedaban 3.100 soldados catalanes en el campamento. A este ritmo pronto no quedaría ninguno, y el Capitán General marqués de los Balbases escribe a la Corte tan compungido como su predecesor el duque de Alba  un siglo antes:
Es lo peor, señor, que los que hay no sabemos qué hacernos con ellos, porque no quieren obedecer, ni trabajar, ni alojarse donde el cañón les puede alcanzar...El país [por Cataluña] o no puede o no tiene disposición de asistir, que no sé como lo diga V. E. que se nos huyen muchos
La desbandada resultaba tan evidente que incluso el escritor Gaspar Sala i Beralt (1.605-1.670),  no tuvo mas remedio que reconocerla en su "Proclamación Católica a la Magestad Piadosa de Felipe IV". Eso sí, como buen propagandista catalán, se volcó en justificarla. Su insólita excusa era que los reclutas catalanes en realidad no desertaban sino que... se marchaban a comer. Tal cual.
Faltaron algunos, pero no huyeron: cansados y perdidos del trabajo pasado, se partieron para buscar que comer, con harto peligro de su vida, porque los podía ofender el Castillo. A esta diligencia necesaria dieron nombre de huyda [...] Y como los catalanes eran los que más auian padecido, no es mucho que faltasen más que de los otros Tercios.  
Felipe IV tiene que enviar refuerzos con urgencia al ejército que defiende el Principado. Pero al mismo tiempo carece de los medios económicos suficientes para mantenerlo. Los soldados están pues pésimamente pagados y abastecidos, y por tanto son proclives a la indisciplina y los abusos. El consiguiente malestar de los campesinos se traduce en quejas,  altercados y peticiones de que las tropas salgan de territorio catalán.    

Pau Claris. Clérigo y presidente de la Generalitat en 1.640, declaró a Cataluña república independiente. Tan solo una semana después la puso bajo la protección y soberanía de Francia.

Angel Puertas en su fenomenal libro "Cataluña Vista por un Madrileño" resume algunas realidades sobre las que la historiografía catalanista prefiere pasar de puntillas cuando aborda este asunto, para centrarse (como siempre) en culpabilizar de todo a los castellanos.
La guerra de 1.640 se describe como una sublevación campesina contra las tropelías de las tropas castellanas, omitiendo que las tropas eran mixtas (castellanas e italianas, entiendo por Castilla toda la España Occidental). Se omite que las tropas eran costeadas por unos exhaustos castellanos para defender el territorio catalán de los ataques franceses; mientras, las Cortes de Cataluña no votaban al rey los tributos suficientes para defender la frontera. Es decir, la España Occidental o Castilla se desangraba en impuestos y hombres para proteger Perpiñán, Salses o Gerona.
El hombre fuerte del gobierno de Felipe IV  era el Conde Duque de Olivares (1.587-1.645), político inteligente y muy trabajador. Las circunstancias extremadamente adversas que le tocó capear hicieron que sus ambiciosas intenciones de modernizar y fortalecer el Estado de los Habsburgo fracasaran estrepitosamente. Tuvo que conformarse con pasar a la Historia como  una de las bestias negras recurrentes del catalanismo. Algo es algo. Tampoco él daba crédito ante la actitud que mantenían las autoridades catalanas en un momento de semejante gravedad:
Cataluña es una provincia que no hay rey en el mundo que tenga otra igual a ella... Si la acometen los enemigos, la ha de defender su rey sin obrar ellos de su parte lo que deben ni exponer su gente a los peligros. Ha de traer ejército de fuera, le ha de sustentar, ha de cobrar las plazas que se perdieren, y este ejército, ni echado el enemigo ni antes de echarle el tiempo que no se puede campear, no le ha de alojar la provincia...Que se ha de mirar si la constitución dijo esto o aquello, y el usaje, cuando se trata de la suprema ley, que es la propia conservación de la provincia
El 7 de junio de 1.640 algunos campesinos rebeldes entran en Barcelona junto con los segadores que esperaban ser contratados para recoger la cosecha. Estalla la rebelión en la ciudad. Los funcionarios reales son asesinados, y se desencadena una infame matanza de castellanos. El propio virrey, el catalán Dalmau de Queralt, es linchado en una playa cuando trataba de huir por mar. 

Poco después, Pau Claris (1.586-1.641) al frente de la Generalitat proclama la república  independiente. Pero en realidad era una proclamación de mentirijillas. Una semana después reconoce a Luis XVI como conde de Barcelona. Cataluña pasa a depender de Francia y acepta sufragar a su ejército y cederle una parte de la administración... precisamente lo mismo que negaba una y otra vez al Conde duque. 

En 1.642 el ejército galo tomó por fin Perpiñán a las tropas españolas que aún resistían allí. En París se celebró la noticia con un Te Deum. En Barcelona con fuegos artificiales y diversos festejos. De haber sabido que el Rosellón ya nunca dejaría de ser territorio francés, quizá se hubieran tirado menos petardos.

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martes, 23 de junio de 2015

Castellanofobia: ¡Cu-Cut!


- ¿Es usted castellano, y perdóneme [por sugerirlo]?
- No señor, no lo soy. ¡Ni ganas!
¡Cu-Cut!, nº 67, 8 de abril de 1.903

¡Cu-Cut! fue un semanario satírico barcelonés publicado entre 1.902 y 1.912. Estaba en la órbita de la Lliga Regionalista, un partido catalanista y de derechas antecedente de la actual CiU, cuyos máximos responsables fueron Enric Prat de la Riba y Francesc Cambó. Su equivalente entre los diarios serios era la "Veu de Catalunya".

La línea política de ¡Cu-Cut! era pues la misma que la del nacionalismo catalán conservador, y los objetivos de sus chistes, caricaturas y burlas estaban perfectamente definidos: los políticos e instituciones españolas (especialmente sus representantes en Cataluña), los catalanes no nacionalistas (identificados con los seguidores del político progresista Alejandro Lerroux), el espeluznante Leviatán conocido en Cataluña como "Madrit" y  los castellanos en general. Contra todos ellos se despachó con notable eficacia y éxito de público la revista. 

Hay que precisar que no todo el mundo se tomó con filosofía sus venablos. En 1.905 tras la publicación de algunos chistes sobre el ejército, un grupo de indignados oficiales abandonaron sus cuarteles barceloneses y armados de garrotes asaltaron la sede de la revista, se llevaron parte del mobiliario e hicieron  con él una hoguera  en plena calle. Como cabía esperar, dicha tropelía provocó un movimiento de solidaridad y apoyo hacia ¡Cu-Cut!, que vio aumentar sensiblemente sus ventas y su repercusión.

Por contra, y como también cabía esperar, los continuos ataques y mofas hacia Castilla por parte del semanario no provocaron  ni reacción ni movimiento de solidaridad alguno. Fiel a su aquilatada costumbre de recibir bofetadas sin  levantar la voz, nuestra tierra asumió, una vez más, con resignación digna de mejor causa el papel de chivo expiatorio del nacionalismo periférico.

Pero, para algo estamos nosotros aquí, y vamos al menos a dejar modesta constancia de la castellanofobia destilada por la publicación durante sus diez años de vida. Aunque es difícil, por no decir imposible, encontrar un solo número de ¡Cu-Cut! que no incluya alguna puya o desprecio, hemos seleccionado unos pocos ejemplos. Como el de la portada que sigue. Una turba famélica de inmigrantes castellanos avanza furiosa. El texto lo explica todo: Los herederos de los invasores de 1.714. Un día los ejércitos de Castilla invadieron Cataluña para matar catalanes. Hoy la invaden para matar el hambre. 

 Nótense los colmillos y garras afiladas de los inmigrantes y su mirada enloquecida. El anticastellanismo más zafio, la demagogia más burda y la xenofobia más lamentable combinadas en una portada asquerosa.

Sobre la trayectoria anticastellana de la revista puede uno hacerse idea  ojeando los siguientes extractos del poema "Otro Golpe", publicado el 5 de julio de 1.906. Se protesta contra la construcción de un penal en Figueras y se propone sin más plantarlo en Castilla (se ve que aquí nunca ha habido ninguno) ya que al  estar más despoblada (a causa de la falta de agua y la vagancia de sus habitantes) los presos podrían estar "más aireados y cómodos". Jijí, jajá.

Otro golpe sobre nuestra cabeza, ha caído la negra baba  de estos políticos funestos que han emprendido la noble tarea de convertir esta tierra tan sufrida y maltratada, en el cuarto trastero de las provincias de España.
Otro golpe, los Romanones de esta pobrecita patria, han dado a Cataluña la centésima patada, llevando la carne de los presidios que mantienen allá en África a la ciudad de Figueras, la ciudad mas catalana.
Otro golpe, nuestra espalda ha recibido el palo de aquel poder que nos revienta, nos explota y molesta. Como si no hubiera mas tierras en Castilla y en la Mancha (tierras que nadie cultiva por falta de agua y de ganas). ¿Dónde iban a estar los presos más aireados y amplios?
¿Vienen ahora estos políticos a embadurnar una comarca donde no se ve ni un palmo de tierra que no tenga un golpe de azada y donde la tierra es siempre húmeda, dulcemente riscamorada, por el agua de los neveros y el sudor de los que trabajan?
¿No hay en España ninguna provincia, de esas tan miserables, a las cuales un presidio les daría savia nueva? Verían que es mas que inicuo mal enseñar a la gente sana, y darían el presidio a tierras abandonadas, de aquellas que allá en Castilla por desgracia no les faltan.
Eso de llevar un presidio a comarca catalana, es como si dijésemos, que la chica de la casa depositase la basura bajo la cama o en la sala.

Castilla se presenta para los lectores como  una tierra zote y gandul cuya única utilidad es acoger aquello que sea desagradable o peligroso. Idea que por lo visto sigue plenamente vigente hoy en día. Y si antes exigían que las cárceles se situasen aquí, hoy nos obsequian con cementerios nucleares. ¿Todo lo que nadie quiera? A Castilla. Tal parece ser el lema. Es normal que el poeta del ¡Cu-Cut! se indigne: ¿cómo se le puede ocurrir a alguien "poner la basura" en la preciosa Cataluña habiendo tanto sitio en la "miserable" Castilla?

Otro ejemplo de la misma línea victimista  puede observarse en el número 57 del 29 de enero de 1.953. En este caso la excusa para atizar a nuestra tierra es la oposición del periódico madrileño "El Imparcial" al proyecto  de implantación en Barcelona de un puerto franco, esto es, exento de impuestos. Consideraba este diario, con mucha razón, que supondría una ventaja competitiva para el  barcelonés en relación a otros puertos españoles e implicaría perjuicios y agravios comparativos  para las demás regiones del país. 
Efectivamente, la zona neutral es una gran ventaja para Cataluña, y aunque lesione los intereses de Castilla ¡cuántas y cuántas ventajas no disfruta aquella región que tiene la hegemonía del Estado, en detrimento del desarrollo de la nuestra!

¡No nos tendrían que hacer pocas concesiones para hacer las paces con Castilla!
Tras leer esta "amistosa" retahíla el sorprendido lector no puede dejar de preguntarse una cosa: ¿como es posible que la "hegemónica"  Castilla se encontrara en tan miserable y despoblado estado como el que con no poco recochineo se proclamaba en el poema anterior? Si de verdad hubiera disfrutado de "tantas y tantas ventajas" según pretende hacernos creer el articulito, debería ser el colmo de la riqueza y el lujo. Algo falla pues en el eterno sonsonete victimista del nacionalismo periférico. 

El gobierno, encabezado por Sagasta, es representado como una cuadrilla de toreros. En primer término versión lúgubre del escudo de Castilla coronado por una calavera con montera. Todo muy sutil, sí.

Nos equivocaríamos si pensásemos que los ataques a Castilla tienen que ver solo con aspectos políticos y económicos ¡Nada más lejos! Cualquier excusa es buena para que los redactores del ¡Cu-Cut! vomiten su castellanofobia. Incluso un par de inofensivos a la par que apetitosos huevos fritos pueden desatar la caja de los truenos anticastellanos. Vean si no con que desparpajo se desahoga contra nuestra tierra un presunto  marino,   colaborador de la revista. Firma con el seudónimo de "Marguerit" y afirma  haber viajado por medio mundo y comido todo tipo de viandas. Y luego sigue:
Entonces bien, y perdonen las alabanzas a la naturaleza y a la suerte; por cualquier sitio donde he plantado el pie, si ha habido un castellano, es decir un español no catalán, le he conocido enseguida ¿Por qué dirían? Por el primer plato del almuerzo.

El verdadero descendiente del Cid y de Quiñones, vaya donde vaya siempre come lo mismo. 

- ¡Huevos fritos!, y si tiene carpanta, ¡huevos fritos con jamón!

¡El plato de la pereza nacional! 

Lo tengo observado, no en casa, porque no tengo casa, pero sí en casa de  otros: la influencia castellana es dominadora. Se va el marido, el padre, el hermano; deja a las mujeres solas; entonces lo primero que se les ocurre comer son huevos fritos, sistema de gandulería doméstica.

Y eso es puramente castellano: a ningún castellano se le ocurre que para hacer el almuerzo, haya que pasarse tiempo en la cocina haciendo macarrones, arroz, raviolis, etc, etc... No, señores, se han de comer huevos fritos, el plato más gandul de la creación. La tortilla requiere mas trabajo; lo menos que requiere, es batir los huevos, y a los castellanos no les vengan con eso: los huevos fritos con o sin jamón, es un plato más rápido.

Por todo lugar del mundo donde vayan, conocerán enseguida al castellano, no solamente porque habla alto, o mejor dicho, grita para discutir, sino porque en una lengua u otra, demanda huevos fritos como primer plato para comer.

Y veis aquí retratado a un pueblo. El hombre que no tiene más ilusión que un plato hecho deprisa, el que representa menos trabajo y menos arte, que por cualquier lugar se cree que está en una  pensión o un hostal de Madrid, a quince duros, sin vino, que ha de soportar forzosamente a Sagasta y a Silvela, que en materia política no dan más que huevos fritos y aun con aceite, que es la esencia del castellanismo.

En la última Exposición de París, vi un agregado de la embajada de España, que en un restaurante del Campo de Marte, se empeñaba en comer huevos fritos con aceite. El cocinero del restaurante tuvo que salir de la cocina para decirle que allí no se servían porquerías...
¿Como se quedan? Uno no sabe ya si asombrarse más de la inquina contra Castilla que rezuma el autor,  de las estrambóticas hipótesis sociológicas que pergeña, o de sus  más que discutibles  gustos gastronómicos y nutricionales (¿¡preferir la manteca antes que el aceite?!). Permítasenos en cualquier caso, y  en nuestra doble condición de castellanos y fervientes degustadores de sabrosos huevos correctamente fritos en  buen aceite de oliva, sentirnos doblemente injuriados. 

Siendo sinceros, reconocemos que también es muy de nuestro agrado el típicamente catalán "pa amb tomaquet". Pero nunca hubiéramos creído que para frotar medio tomate sobre una rebanada de pan y añadirle un poco de aceite y de sal, fuera necesario pasarse toda una mañana en la cocina y poseer dos licenciaturas... o eso o es que a lo mejor la surrealista y rastrera teoría de ¡Cu-Cut!  simplemente no se sostiene.


sábado, 16 de mayo de 2015

¡Pocas Bromas con el Arancel Catalanista!


Estos señores quieren leyes justas, a excepción de la ley de aduana, que se debe hacer a su gusto. Los catalanes piden que todo español que haga uso de telas de algodón pague cuatro francos al año, por el solo hecho de existir Cataluña. Es preciso que el español de Granada, de La Coruña o de Málaga no compre los productos británicos de algodón, que son excelentes y que cuestan un franco la unidad, por ejemplo, pero que utilice los productos de algodón de Cataluña, muy inferiores, y que cuestan tres francos la unidad. Con esta excepción, estas gentes son de fondo republicano y grandes admiradores del Contrato Social de Jean-Jacques Rousseau. Dicen amar lo que es útil a todos y odiar la injusticia que beneficia a unos pocos, es decir, detestan los privilegios de la aristocracia que no tienen, pero quieren seguir disfrutando de los privilegios comerciales, que su turbulencia extrajo hace tiempo a la monarquía absoluta. Los catalanes son liberales como el poeta Alfieri, que era conde y detestaba a los reyes, pero consideraba sagrados los privilegios de la nobleza.
Stendhal. Memorias de un Turista.


Repasábamos en una entrada anterior la existencia a lo largo de la mayor parte de nuestra historia moderna de una política económica de corte proteccionista. Tal política fue descrita por Ángel Puertas, al que  aquí seguiremos, en "Cataluña Vista por un Madrileño" con estas palabras:
A los industriales, artesanos y obreros catalanes se les encogía el estómago ante la posibilidad de que se firmase un tratado de comercio con otra potencia que redujera los aranceles. Durante todo el siglo XIX el gobierno aplicó casi siempre una política prohibicionista (prohibición de importar manufacturas) o proteccionista (elevados aranceles a la importación). Los perjudicados con la política gubernamental eran los sectores agrícolas de exportación (que se encontraban, a la recíproca, con altos aranceles en los países extranjeros) y los consumidores (que pagaban caras manufacturas nacionales). 
¿Cómo pudieron mantenerse durante tanto tiempo semejantes medidas injustas e ineficientes? El mismo Ángel Puertas nos da una pista:
En realidad la industria fue hiperprotegida por el Estado ante la competencia extranjera; tantos mimos hundieron la confianza de los industriales catalanes en sus posibilidades de competir por sí mismos en el mercado español. El simple anuncio de retirada momentánea del pecho materno provocaba el llanto desgarrador. 
Efectivamente. Solo el rumor (luego no confirmado) de que se iba a llevar a cabo un tratado de comercio con Gran Bretaña, provocó altercados y revueltas en Barcelona. Fue entonces, el 3 de diciembre de 1.942 cuando se produjo el famoso bombardeo de la ciudad por orden del general Espartero, hecho frecuentemente recordado desde su habitual tono victimista por los historiadores catalanistas. Hay que decir que poco después el mismo general ordenó otro tanto en Sevilla, solo que en el caso de la ciudad andaluza el bombardeo no duró un solo día sino diez, a pesar de lo cual apenas se recuerda en la actualidad. 

El periodista Mañé y Flaquer (1.823-1.901). Influyente director del Diario de Barcelona,  liberal y moderado... excepto en lo que concernía a defender la protección de la industria catalana.

Cualquier intento de introducir medidas librecambistas se traducía en manifestaciones, huelgas, campañas en Madrid, peticiones a la Corona, y llegado el caso y como hemos visto,  hasta se levantaban barricadas en las calles barcelonesas. Se comprenderá pues que para los débiles e inestables gobiernos de la época, seguir una política arancelaria más racional era generalmente una patata demasiado caliente como para abordarla.

La lucha por el arancel actuó asimismo como unificador de todos los grupos sociales y fuerzas políticas catalanas. Industriales, obreros, políticos, periodistas, todos juntos defendiendo con uñas y dientes los intereses de las fábricas locales contra la "incomprensión exterior". Sirvió asimismo como banderín de enganche del incipiente regionalismo catalán, luego convertido en nacionalismo.  Veamos algunos ejemplos de como presentaba la prensa catalana el debate.

Cuando en 1.882 se firmó un tratado de comercio hispano-francés que en realidad solo estaría ocho años en vigor, Joan Mañé y Flaqué, liberal moderado  y director del Diario de Barcelona, escribía algo tan exaltado como lo siguiente:
El puñal que han clavado en el pecho de Cataluña clavado queda y de la herida sigue manando sangre, y esa sangre enrojecerá el Ebro trazando una línea divisoria entre Cataluña y el resto de España.
Y, naturalmente, los panfletos y pasquines callejeros no le iban  a la zaga:
Cuando un pueblo se siente vejado y escarmentado, escarnecido, es cuando volviendo a su dignidad pisoteada, debe probar su virilidad. No hay que forjarse ilusiones. Madrid, ese vampiro que vive de chupar nuestra sangre, se ríe de nuestras quejas y se goza en exacerbar nuestros males. Está decidido que los catalanes seamos los siervos de la gleba condenados a sostener la holganza y el despilfarro cortesanos. [...] Si llevando al colmo la saña contra Cataluña hay tratado de comercio francés-hispano y no se modifican las tarifas ni se rebaja la contribución de consumos, nuestros representantes en Cortes tienen un gran deber que cumplir.
Demagogia, victimismo, culpabilización de Madrid, amenazas ... con el objetivo claro de mantener una situación de privilegio para los industriales catalanes. Y al final se salen con la suya. El tratado con Francia termina en 1.890 y después se suceden las medidas proteccionistas. Pero hay que estar siempre alerta. Quince años después, miembros del gobierno visitan la capital francesa, donde se espera sean calurosamente recibidos. Eso basta para poner la mosca tras la oreja al semanario nacionalista ¡Cu-Cut! :
Los políticos de Madrid están haciendo la maleta para emprender un viaje más allá de la frontera. Si fuese para no volver más, les diríamos: ¡Buenviento! y hasta les iríamos a despedir y todo para convencernos de que era verdad tanta belleza. Pero no es así. Los expedicionarios cogerán billete de ida y vuelta. Y lo más sensible con todo serlo mucho no será que vuelvan, sino que vuelvan con el compromiso de pagar una determinada compensación por la buena recepción que allí les harán  con tablas de equivalencia a un pase para poder entrar al concierto de las naciones, aunque sea para ocupar un lugar en el gallinero.

Si esta compensación consiste en conceder un par de toisones y una gran cruz de San Crispiniano, todo esto nos tendría sin cuidado y hasta nos congratularíamos de que al ramo de la quincalleria nacional  se le abriesen tan gratuitamente las puertas de la exportación, pero no es eso, ni puede serlo, toda vez que los franceses no son tan ilusos para poner en marcha el grifo de los entusiasmos de todo París de Francia por cuatro bonitos de feria.

Más claro: corre el rumor, y hay que tener en cuenta que en este país las malas noticias siempre se confirman, de que los entusiasmos que el aludido viaje motive allá, se pagarán, no a tres pesetas por cabeza, que es la tarifa implantada en Barcelona desde abril del año pasado, sino con un tratado de comercio con la república vecina, que supondría el derrumbe de nuestra industria, precio, que por otra parte, a los políticos de Madrid no les ha de parecer tan exagerado si se considera que de industria España casi no tiene más que la catalana, circunstancia que les viene como anillo al dedo, toda vez que con el mismo tiro podrán matar otro pájaro y alcanzar su deseada empresa de empobrecer y atar de manos el genio productor de nuestra tierra.

Por ahora, baste este toque de atención para que todo el mundo se ponga en guardia y permanezca atento a lo que pueda suceder.
El general catalán Juan Prim y Prats (1.814-1.870). Fue también ministro, presidente del gobierno y acérimo defensor del proteccionismo. Se dice que tras una discusión abrió la cabeza de un sablazo a un librecambista.

Por supuesto, embebidos en su victimismo no se dan cuenta, o fingen no dársela, de que lo excepcional, lo sonrojante, lo injusto, y lo ruinoso no es que se planteara la posibilidad de reducir la protección de la industria catalana, sino que dicha protección existiera para beneficio suyo y perjuicio del resto. Castilla, región agrícola por excelencia, estaba entre las perjudicadas. Pero ya para entonces se había extendido la moda de culparla de todos los males. Y si hemos visto con que rabia los catalanes la acusaban de procurar el librecambismo, el incipiente nacionalismo gallego la vilipendiaba... ¡por mantener el proteccionismo! Ver para creer. Así lo proclamaba Antón Vilar Ponte (1.881- 1.936) el 14 de noviembre de 1.916 en el periódico galleguista "A Nosa Terra":
La redención de Galicia está en estas dos cosas: en el fomento cariñoso de la lengua y en el estudio de nuestros problemas económicos que no tendrán nunca, porque no pueden tenerla, solución en el actual régimen político español. Porque Galicia es librecambista por naturaleza y el arancel protector del feudalismo de Castilla será siempre el obstáculo que nos impida ponernos en las condiciones de riqueza que tienen otros pueblos de Europa semejantes al nuestro. 
¿Sorprendente? Lo que le pasa a Castilla en el fondo no es más que lo que ocurre siempre cuando a alguien le identifican con el payaso de las bofetadas. Que le caen andanadas a diestro y siniestro, por todos lados,  por proteccionista y por librecambista, por una cosa y por la contraria.

Pero volvamos a Cataluña. Sus representantes políticos en Madrid solían tomarse con la mayor seriedad los intereses de sus paisanos industriales, tradición que se ha mantenido hasta hoy, y que también ayuda a explicar en buena medida la continuidad  del proteccionismo. Ya estudiamos con anterioridad la figura de Víctor Balaguer.  Y por supuesto no es el único caso.  El poderoso general Prim, que llegaría a ser diputado, ministro y presidente, se expresaba así  ya en 1.841: 
Lleno de la mayor indignación y sentimiento debo deciros que han sido estériles mis desvelos porque así lo quiso el Gobierno y porque le importa poco que se arruinen nuestras fábricas, perezca nuestra industria y se vea Cataluña por consiguiente sumida en la miseria. Porque entonces son indispensables conmociones y tendrán ocasión de cebarse otra vez contra nosotros
Según José Coroleu, su indignación y franqueza le hicieron trabar de palabras con un librecambista con el cual se desafió partiéndole la cabeza de un sablazo. Sí, definitivamente, ¡pocas bromas con el arancel!



domingo, 22 de febrero de 2015

Castellanofobia: Josep Fontana


Sé que algunas cosas que he escrito irritarán. Pero editar el libro solo en catalán ayudará a que lo lean menos.
Josep Fontana. El Periódico de Cataluña 22/10/2014

Josep Fontana i Lazaro  es uno de los  historiadores más influyentes de la actualidad. Nacido en Barcelona en 1.931, fue discípulo de Jaume Vicens Vives y de Ferran Soldevila, quizás el máximo exponente de la historiografía catalanista. Miembro durante muchos años del comunista PSUC, lo abandonó en los años 80.  En 2.013 participó como ponente en el polémico congreso "España Contra Cataluña",  conocido también como el "Simposio del Odio". 

No parece haber perdido por ello crédito en el resto de España, y continúa asomándose habitualmente a periódicos, tertulias y programas radiofónicos de ámbito estatal. Por eso llama la atención y hasta espanta que alguien de su supuesto prestigio intelectual  dentro y fuera de Cataluña se despache con Castilla y  los castellanos en los términos que vamos a ver.  Comentaremos una entrevista publicada por El Periódico de Cataluña el miércoles 22 de octubre de 2.014, con motivo de la presentación del último libro de Fontana, "La Formació d'una Identitat". He aquí un fragmento:
-  Refiriéndose a la segunda guerra carlista Vd. dice que "Madrid no entiende nada".
- La sociedad castellana en la baja edad media tiene un problema considerable, el de las tres religiones. En lugar de tolerancia, un problema. Nosostros no nos libramos, pero no marca tanto nuestra cultura. La palabra raza es una palabra de origen castellano en cualquier lengua del mundo. Raza era un defecto en un tejido. Y se transmite ese significado a la raza de moros y judíos. Este hilo de intolerancia hace que nunca acaben de entender que los otros hablen distinto, que sean distintos. O que quieran tener una forma de vida distinta. No lo entienden. Y ese no lo entienden lo ves cada día. Han sido educados para no entender nada. Y cualquier cosa que se les ponga por delante... ahora me dicen que soy un viejo estalinista que se ha hecho nacionalista. Cuando entré en el PSUC era tan nacionalista como ahora.
La respuesta se parece mucho a la típica y tópica retahila castellanófoba que cualquier nacionalista catalán es capaz de endilgar a la mínima ocasión que se le presente: "castellanos mesetarios intolerantes casposos y bla, bla, bla". Pero en este caso, Fontana se aventura también en los mares de la filología. Especula sobre la etimología del vocablo "raza" y poco le falta para acusar a Castilla de ser la fuente del racismo mundial. Ahí es nada.

Conviene decir que sobre el origen de la palabra "raza" no hay consenso entre los especialistas, si bien la mayoría se inclina por que proviene del latín "ratia, radius", rayo (en el sentido de línea hereditaria) o "radix", raíz. Otros la hacen derivar del árabe "ras", origen. Y algunos incluso del eslavo. Pero por lo visto, para Fontana una palabra tan desagradable tiene forzosamente que ser castellana. No está de más recordar que si se puede retorcer así la Filología, que no se podrá hacer con la Historia...

Por otra parte, si D. Josep pretende investigar antecedentes de racismo, para encontrarlos no tiene por que irse tan lejos en el espacio y en el tiempo. Le basta con estudiar el pensamiento de Valentí Almirall, Pompeu Gener y otros progenitores del nacionalismo catalán que tan fervientemente profesa.

Josep Fontana. Castellanófilo al recibir homenaje en Valladolid. Castellanófobo  al promocionar su libro en Barcelona. ¡Ah sutil dualidad del alma catalanista que los castellanos hemos sido educados para no entender!

En general la entrevista, no demasiado extensa, está trufada de las tradicionales loas  a la "brillantísima" y "ejemplarísima" historia catalana, y como suele ser habitual en estos casos, las consabidas alusiones descalificadoras a su presunta  y oscura antítesis, la castellana. Por supuesto, para el entrevistado, cualquier parecido entre una y otra solo puede ser mera coincidencia:
Cataluña es un país donde no hay grandes fortunas ni grandes magnates feudales como en Castilla.

Cataluña crea una sociedad que negocia.

Se crea desde muy pronto un tipo de gobierno que genera unas constituciones y un tipo de derechos que la gente conoce porque le da garantías. (...) Es algo que los militares castellanos no entienden. 

Este fracaso del proyecto liberal era inevitable porque no se podían fusionar dos sociedades [castellana y catalana] distintas con mentalidades distintas.

Y los soldados se encuentran con problemas con sus superiores. El funcionario que reclama el impuesto suele ser castellano.

En el teatro popular bilingüe el castellano se reserva a personajes ridículos, pretenciosos y autoritarios.
Nosotros diríamos sin embargo que esto último no añade ninguna gloria  al pasado de Cataluña, ni marca ningún hito diferencial.  Solo demuestra  que  avanzada la segunda mitad del siglo XIX,  cuando eclosiona el catalanismo, la castellanofobia empieza igualmente a campar  a sus anchas por Barcelona.  Y a juzgar por las declaraciones del señor Fontana,  aun sigue ahí.

Que la visión histórica de nuestro "maestro de historiadores" no es precisamente neutral es algo que se puede intuir al constatar su opinión sobre la evolución del Estado Español durante el siglo XVIII. En la más pura línea de la historiografía catalanista, los personajes considerados enemigos de su país son denostados sin piedad y sin matices, convertidos prácticamente en el equivalente de los ogros o las brujas de los cuentos infantiles. Nada medianamente positivo puede atribuírseles nunca. Comprobemos  como se pasa factura a Felipe V y sus sucesores, que tras la Guerra de Sucesión pusieron fin a los privilegios y exenciones de los que disfrutaba Cataluña bajo los Habsburgo:
- Al otro lado  se  sigue hablando de la modernidad y el progreso traído por los borbones tras suprimir unas obsoletas rémoras medievales:

- (...) El mito del progreso borbónico es una tontería. Los borbones hacen que España, que aún era una gran potencia, pase a ser una ruina en 1.808. 
En realidad cuando España representaba la viva imagen de la  ruina y la decadencia fue bajo el pobre Carlos II, el último Austria. Hasta tal punto que los otros reyes europeos se le repartían los dominios en sus narices, mediante tratados secretos que apenas  disimulaban.  Su sucesor Felipe V, una de las bestias negras por antonomasia del catalanismo, con sus luces y sus sombras, con sus aciertos y sus errores, distó bastante de ser el peor rey que Hispania haya conocido. Tal es por ejemplo el parecer del historiador inglés William Coxe (1.748-1.828) que más cercano a los hechos y sobre todo más imparcial, tras criticar algunos aspectos de su gobierno no tiene inconveniente en reconocer al mismo tiempo que:
Por lo que toca a las mejoras saludables introducidas durante su reinado, su vivo deseo de saber todo cuanto le parecía útil y la favorable acogida con que recibió siempre a cuantos le presentaron proyectos de reformas y mejoras en todos los géneros, prueban claramente que si careció de capacidad para innovar por sí mismo tuvo por lo menos el mérito de aprobar y sancionar los planes que le parecían buenos. A su advenimiento se hallaba el Reino exhausto de hombres y dinero; sin Marina, sin Ejército bien organizado, sin género ninguno de industria, solo le quedaba de su antiguo poderío, de su riqueza y grandeza pasadas, un recuerdo que habían casi borrado las vicisitudes y las revoluciones. Sin embargo, dejó un Ejército que después de haber sido diezmado por las guerras de Italia vengó el honor nacional siempre que se ofrecía ocasión para ello, una Marina que hacía temblar a Europa e infinidad de establecimientos que prueban el renacimiento de la industria, del comercio y de las artes en España.
Muy lejos pues del desastre absoluto que Fontana y la historiografía oficiosa catalanista pretenden pintarnos. Los reinados de sus hijos Fernando  VI  y   Carlos III pueden asimismo contarse entre los más provechosos de nuestra historia, y aunque el de su nieto Carlos IV dejara bastante que desear, casi ningún experto (imparcial) niega que en el siglo XVIII se puso fin a la dinámica de ruina económica, caos administrativo y debilidad militar desatada por los Habsburgo y su "Estado Asimétrico" en el XVII. 

La Familia de Felipe V, por Van Loo. Aparecen además los futuros Fernando VI y Carlos III. Pese al interés del catalanismo en demonizarlos, fueron los suyos reinados muy superiores a la media en este país. 

Ciertamente, para que España dejara de ser una potencia habría que esperar a la llegada del siglo XIX. Fue entonces cuando, a modo de plagas bíblicas, se sucedieron la destrucción causada por la Guerra de Independencia, el nefasto reinado de Fernando VII, la pérdida de las colonias americanas, y las interminables contiendas entre  liberales y  carlistas, que asolaron el país y arruinaron una y otra vez su erario. Puede que tampoco  esté de más señalar que el retrógrado absolutismo  carlista gozaba de muchos más apoyos en Cataluña y Vasconia que en Castilla. Que cosas... ¿verdad?.

Pero volvamos a la entrevista de El Periódico, que termina de este modo:
-  ¿No habrá traducción [al castellano]?

-  He dicho que no. Quería explicar cosas a gente que tiene la misma cultura, que ha tenido las mismas experiencias, que se ha encontrado con los mismos problemas y con la que tenemos una visión del mundo compartida que es lo que acaba fabricando toda esta identidad.

-  ¿Se rinde? ¿No hay nada que hacer [con los castellanos]?

-  No es eso solo. He escrito este libro pensando en lectores catalanes. Si he de hacer los mismos razonamientos a lectores castellanos, lo tendría que reescribir completamente. Y no se si vale la pena el esfuerzo.
El desprecio que subyace tras esta respuesta es evidente y no parece menos ofensivo que todo lo anteriormente citado. Le replicaba pocos días después el periodista Gregorio Morán en La Vanguardia, 25/10/2014:
Josep Fontana se ha vuelto muecín de mezquita (almuédano, se decía en castellano antiguo) y ha proclamado que los catalanes históricamente somos superiores a los castellanos, que no merecen ni que se les explique su inferioridad; una idea que tuvo ya gran éxito en África del Sur.
Pero cuando uno ya se queda patidifuso es cuando se entera que hace tan solo cuatro años D. Josep fue distinguido como doctor honoris causa por la universidad de... ¡Valladolid! Y  que apenas iniciado su discurso y tras mostrar su agradecimiento al tribunal, el homenajeado  se manifestaba tal que así:
Es esta una institución a la que me siento ligado desde hace muchos años por los amigos con los que he contado y cuento en ella. Algunos ya han desaparecido como Julio Valdeon y Felipe Ruiz Martín. Otros siguen presentes en su trabajo en esta casa y en mi amistad. Es a estos amigos a quienes debo sobre todo haber aprendido a conocer y estimar a esta tierra.
¡Pues menos mal que estima y conoce a esta tierra! ¡Mejor ni imaginar que opinión tendría de ella en caso contrario! Quizás algún malpensado podría sospechar que el señor Fontana dice una cosa en Barcelona y la contraria en Valladolid. Que se expresa  en muy distinto tono según el medio al que se dirige. Y que ejecutando una suerte en la cual algunos nacionalistas catalanes son consumados maestros, modula su mensaje de tal forma que lo que frente a un público castellano son cortesías y buenas palabras, se convierten ante su equivalente catalán en desprecios y castellanofobia. Y  de ahí a la hipocresía absoluta no hay más que un paso. O menos. 

Todas estas consideraciones deberían servir también para reflexionar sobre la importancia que tiene la ideología de cada cual en la manera de contarnos la historia. Es imposible que las filias y las fobias del historiador no terminen manifestándose de algún modo en su obra.  Y si los encargados de explicar  nuestro pasado rezuman prejuicios anticastellanos ¿podemos luego extrañarnos  de que abierta o tácitamente pongan siempre a Castilla como un trapo?