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jueves, 15 de mayo de 2014

Castellanofobia: Los Cuatro Palos de Sangre

Yo tenía en la montaña / un castillo almenado
que era el rey de la sierra / y era el rey del valle.
En él mis padres guardaban / de sus abuelos heredado
un paño rojo y amarillo / listado por cuatro palos.
Mas el paño era de oro fino / y los palos eran de sangre,
de la sangre de un noble conde / el Velloso llamado.

Ay Castilla castellana / ¡ojalá no te hubiera conocido!

"El estandarte de las barras" / decían algunos al pasar
otros decían "el pendón / de las cuatro libertades".
Porque los palos eran cuatro / y eran cuatro las señales,
siendo cada barra un símbolo / siendo  un nombre cada palo.
Derecho se llamaba el primero / y el segundo Libertad;
Justicia era el nombre del tercero / Industria el nombre del cuarto.

Ay Castilla castellana / ¡ojalá no te hubiera conocido!

El palo del Derecho trocearon / aquellos que en Caspe congregados
a la luz quedaron ciegos / por las prédicas de un santo.
La barra de la Justicia / descansa bajo la losa
de una tumba donde se lee: /  "Carlos de Viana yace aquí".
Los cañones de Felipe V / dejaron la Libertad
enterrada bajo las ruinas / de Barcelona humeante.

Ay Castilla castellana / ¡ojalá no te hubiera conocido!

Si el paño de oro de mis padres / es ahora un socavón,
y en la torre del castillo / tengo el pendón arbolado;
si al pie de las almenas en ruina / sólo resuenan entre lamentos
las lástimas dispersas / del trovador catalán;
Si ya solo me queda uno / de mis cuatro palos de sangre,
es por tí la de las torres / y los leones afamados. 

Ay Castilla castellana / ¡ay si me rompes el cuarto palo!

Victor Balaguer. Los Cuatro Palos de Sangre

Dentro del apartado de castellanofobia vamos a abordar hoy esta famosa poesía, "Els Quatre Pals de Sang", publicada en catalán en 1.862, y que constituyó un tremendo éxito. Vino a marcar un punto de inflexión en el desarrollo del anticastellanismo en la Cataluña contemporánea e incluso inspiró el desarrollo de sentimientos parecidos en otros territorios, fundamentalmente en Vasconia y Galicia.

Su autor, Víctor Balaguer, nació en Barcelona en 1.824 y desarrolló una importante carrera como político, escritor y periodista. Es considerado una de las principales figuras de la "Reinaxença", el movimiento literario del que terminaría surgiendo con el tiempo el nacionalismo catalán. Escribió poesía, teatro, ensayo, y una romanticista "Historia de Cataluña", en la que condensó buena parte de los mitos que posteriormente recogería dicho nacionalismo.  Elegido diputado, se instaló en la Villa y Corte, donde no le marcharon nada mal las cosas, pues  llegó a ser varias veces ministro. Fue asímismo honrado con la membresía de las Reales Academias de la Historia y de la Lengua. Murió en Madrid, en 1.901.


Busto de Víctor Balaguer en Barcelona. Su balada catalanista "Los Cuatro Palos de Sangre" combinó magistralmente victimismo, reivindicación y amenaza velada, formula que resultaría todo un éxito atemporal.

El filólogo y filósofo alemán Horst Hina  describió así la trascendencia de la publicación de "Los Cuatro Palos de Sangre":
El poema quizá pueda calificarse de primera obra de la literatura catalana con influencia en toda España. Se trata de un ejemplo muy sutil de poesía política. En España circuló por todas partes, sobre todo el estribillo, y no fue olvidada, muy a pesar de su autor, ni siquiera cuando éste se había distanciado un buen trecho de la opinión aquí expresada.
Y es que, en efecto, políticamente Balaguer empezó representando los intereses de los industriales del principado y promoviendo el "renacimiento catalán" y terminó defendiendo un templado regionalismo de corte españolista. Al final de su vida manifestó su  oposición al catalanismo político, así como al anticastellanismo del que éste hacía gala.  Pero ya era tarde. El odio a Castilla, que en no poca medida "Los Cuatro Palos de Sangre" había contribuido a desatar, era asumido para entonces por una parte significativa de la sociedad catalana.

En el poema, Balaguer identifica los cuatro palos de la bandera catalana con cuatro virtudes: Derecho, Justicia, Libertad, e Industria.  Y la ruptura de cada uno de ellos con una etapa de la sumisión de Cataluña. En el fondo, se trata simplemente de una adaptación  del mito de la "puñalada por la espalda" en el que las presuntas intrigas de San Vicente Ferrer, el supuesto asesinato de Carlos de Viana y el bombardeo del ejército de Felipe V habrían sellado la entrega a Castilla y la pérdida de sus libertades. Solo quedaría en pie el último palo, la Industria. Y el autor desconfía de que  la "malvada" Castilla también quiera romperlo.

No disponemos aquí del espacio necesario para rebatir o matizar la sesgadísima interpretación de la Historia que hace el autor. Remitimos al lector interesado a las entradas ya publicadas en este mismo blog sobre la Guerra de Sucesión, el Compromiso de Caspe, y Carlos de Viana. Diremos simplemente que nos parecen injustas, desprovistas de fundamento y completamente inaceptables las graves insidias  que se lanzan contra  Castilla.

El victimista poema contiene sin embargo otra falsedad evidente que no nos resistimos a comentar. En concreto en la tercera estrofa se hace referencia al conde Wilfredo el Velloso como el origen de la senyera o bandera catalana. La leyenda pretendía hacer creer que las cuatro barras fueron dibujadas con la propia sangre de las heridas del conde por el emperador franco Luis el Piadoso. Éste, tras plasmarlas sobre un escudo dorado, se lo habría cedido al conde como blasón por la valentía demostrada  en la guerra contra los normandos. En realidad, Wilfredo nació el mismo año en el que murió el emperador, así que difícilmente  podría haberse distinguido ante él  guerreando contra nadie. Lo cierto es que el escudo cuatribarrado o "Señal Real" solo empezaría a utilizarse trescientos años después, por los soberanos de la corona aragonesa.

La "Señal Real". Emblema de los reyes de la Corona de Aragón, que será usado posteriormente por los diversos territorios pertenecientes a la misma, incluida Cataluña.

Vamos a centrarnos ahora en la cuarta barra, la de la Industria y la velada amenaza que lleva implícita:
Si ya solo me queda uno
de mis cuatro palos de sangre,
es por ti la de las torres
y los leones afamados.
Ay Castilla castellana, 
¡ay si me rompes el cuarto palo!
Y aquí, amigo lector, está la clave. La industria catalana, que en esta época iniciaba un importante despegue, no podía competir con la extranjera sin el apoyo de aranceles. Pero al mismo tiempo, una política proteccionista tenía graves efectos secundarios. Por un lado aumentaba el precio que los consumidores estaban obligados a pagar por los productos que compraban. La falta de competencia convertía al país en un mercado cautivo para los fabricantes locales, en este caso catalanes. Y por último, los aranceles impuestos sobre los productos ingleses, franceses o alemanes solían ser respondidos con otros a las exportaciones españolas, fundamentalmente materias primas y productos agrícolas; lo que perjudicaba gravemente el desarrollo de los demás territorios, incluida Castilla. Con esta claridad  lo expresaba en su tiempo Stendhal, el célebre escritor francés:
Los catalanes exigen que cada español que usa telas de algodón pague cuatro francos al año porque en el mundo hay una Cataluña. Es preciso que el español de Granada, Málaga o La Coruña no compre, por ejemplo, los tejidos ingleses, que son excelentes y cuestan un franco la vara, y se sirva de los tejidos catalanes, muy inferiores y que cuestan tres francos la vara.
Vemos así como este lacrimoso poema anticastellano se transforma de golpe en un alegato arancelista. Mezcla, en una sabia combinación que creará escuela y será utilizada en infinidad de ocasiones, el victimismo, con la reivindicación político-económica y la amenaza. Porque después de las barrabasadas históricas que (supuestamente) hemos perpetrado los "malvados" castellanos contra los "inocentes" catalanes (y que al parecer incluían desde el envenenamiento a la utilización maquiavélica de santos) ¿quién es el valiente que se atreve a romper el cuarto palo? ¿quién el guapo que dice no al proteccionismo?

Y efectivamente, los diputados dijeron sí. Para beneficio de Cataluña y ruina de Castilla, "la de las torres y leones afamados", las medidas proteccionistas se fueron sucediendo a lo largo de los siglos XIX y XX: Ley de Relaciones Comerciales con las Antillas [1882]; Arancel Cánovas [1892]; Arancel Cambó [1.922]... 

Otra cosa distinta es que ese sacrificio de los intereses castellanos  y de buena parte del resto de las regiones españolas no haya sido en ningún momento apreciado, agradecido o incluso recreado en victimista poesía.




lunes, 6 de enero de 2014

Castellanofobia : Victus

La atrofia cerebral de Carlos II era un reflejo de Castilla y su imperio coagulado. Victus. Albert Sánchez Piñol

Iniciamos hoy una serie que hubiéramos preferido no tener que comenzar, pero  lamentablemente, y habida cuenta de la abundancia de material, nos tememos que va a ser bien extensa. Recogeremos aquí muestras de la castellanofobia que nos vayamos encontrando en nuestro paseo  por la Historia y evidentemente, también por los libros de Historia. 

Empezaremos con "Victus" de Albert Sánchez Piñol. Novela muy publicitada en los medios y gran éxito de ventas a lo largo del último año en Cataluña. No es de extrañar, pues sintoniza perfectamente con el proceso soberanista que  está teniendo lugar allí. En el resto del Estado, y probablemente después de leer esta entrada el lector pueda imaginarse las razones, se ha vendido muchísimo menos. 

Se trata de una novela histórica en la que se narran las andanzas de Martí Zuviría, un joven ingeniero militar catalán tarambana y golfo que se pasea por diversos escenarios de la Guerra de Sucesión, hasta terminar viendo la luz y el sentido de la vida durante el asedio de Barcelona por parte de las tropas borbónicas. 

Obviamente la carga política catalanista que rezuma la novela no pasó desapercibida para casi nadie. El autor en diversas entrevistas ha tratado de matizarla señalando que su novela también contiene algún aspecto poco grato al nacionalismo catalán. Por ejemplo, poner de manifiesto que el mérito de la defensa barcelonesa recayó en el militar austracista de origen castellano Antonio de Villarroel, mucho más que en el homenajeado cada 11 de septiembre Rafael de Casanova (1). Ignoramos cuanto de mal le puede haber sentado a ciertos nacionalistas  el  protagonismo de D. Antonio. Pero estamos convencidos de que no alcanza ni de lejos para pretender hacer pasar por imparcial, o incluso respetuosa, una obra que desgrana machaconamente   los peores tópicos anticastellanos del catalanismo.


Estatua del Conseller en Cap de Barcelona en 1714 Rafael de Casanova (1660-1743)
Durante la guerra fue herido en un muslo. Después trabajó como abogado. 

Sobre ciertas disquisiciones históricas del protagonista, bastante opinables,  no vamos a ocuparnos demasiado. Nos centraremos básicamente en algunas de las  muchas perlas que dedica a los castellanos el "héroe" de la novela. 
Si César decía de la Galia que podía dividirse en tres partes, de la Hispania que siguió a la caída del Sacro Imperio Romano Germánico habría podido asegurar que se dividió en tres franjas, de norte a sur. Una de esas franjas verticales es Portugal. Si ustedes miran el mapa verán que ocupa el tercio atlántico de la Península. La franja más ancha es Castilla, en el centro. Y luego hay otra franja de terreno, invisible en los mapas de hoy, que recorre la costa mediterránea. Eso es, más o menos, la corona catalana (o lo fue; ahora ya no somos nada).
Aunque esos reinos eran cristianos, tenían sus propias dinastías, su idioma, su cultura y una historia propia. Se fiaban tan poco los unos de los otros que siempre estaban a la greña. Y no es extraño. Cataluña y Castilla eran dos mentalidades opuestas. Más allá del santoral, no tenían nada en común. Castilla era un país de secano; Cataluña, mediterránea. Castilla, aristocrática y rural; Cataluña, burguesa y naviera. Los paisajes castellanos habían engendrado unos señoríos tiránicos. 
Lo primero que llama la atención es la aparición sorpresiva en el alegato del "Sacro Imperio Romano Germánico" (!?). Lo segundo es que para el protagonista Cataluña viene a equivaler en la práctica a la Corona de Aragón. No sabemos como le sentará tal cosa a aragoneses o valencianos, pero podemos imaginárnoslo. En la visión maniquea bien contra mal, Cataluña contra Castilla, por lo visto tampoco tienen sitio otras realidades como Andalucía, Galicia o Vasconia. Solo la mediterránea y naviera Cataluña contra la rural, aristocrática, tiránica y para más inri, de secano, Castilla. Ya tenemos aquí  el motivo que Sánchez Piñol irá estampando una y otra vez a lo largo de su novela. 
La hidalguía española...la hidalguía española...¡Me tiro un pedo en su hidalguía! ¿Qué teníamos nosotros que ver con esa gentuza? Para un castellano de pro trabajar era una deshonra; para un catalán, la deshonra era no trabajar
Viniendo de un nacionalista catalán no podía faltar el  tópico del castellano gandul.  Aun suponiendo que fuera cierto que buena parte la nobleza castellana se mostrase especialmente vinculada a las armas y refractaria a las actividades comerciales o industriales, cabría preguntarse que porcentaje podría significar esta clase social  sobre el total de la población. Las grandes masas de campesinos, que suponían la mayoría, los  artesanos y tenderos a los que la desalmada política fiscal de los Austrias con respecto a Castilla no había obligado a cerrar el negocio y emigrar a América, desde luego que trabajaban. Les iba la vida de su familia en ello. Sabemos que no pocas respetables familias catalanas del XIX hicieron grandes capitales mediante el ilegal pero lucrativo trafico de esclavos a Cuba y Puerto Rico. ¿Sería justo por ello generalizar y decir que la burguesía catalana, o incluso el mismo pueblo catalán se caracterizan por su rapacidad y sus escasos escrúpulos a la hora de hacer dinero?. Estamos convencidos de  que no.  
[En Cataluña] Madrid no tenía derecho a reclutar carne de pólvora para sus guerras en Flandes, las llanuras de los patagones o cualquier apestoso rincón de la Florida, y en cuanto a los capitales recaudados,  la cifra que los catalanes aportaban a la corona tenía que ser aprobada por los propias Cortes [catalanas].
Habría mucho que comentar sobre este párrafo y sobre la grosera manipulación que subyace detrás. Antes que nada llama poderosamente la atención que Sánchez Piñol entre todos los sitios donde podían los castellanos ejercer de carne de pólvora se "olvida" de citar algunos bastante significativos. En concreto todos aquellos pertenecientes  a la Corona de Aragón, y que tras el matrimonio del Isabel con Fernando los castellanos hubieron de defender con su sangre y con su dinero. Nos referimos por ejemplo al Rosellón, (lo que desde el catalanismo se suele denominar como Catalunya Nord), apetencia constante de la poderosa Francia. Nos referimos a Nápoles, a Sicilia, a Cerdeña, donde la monarquía francesa también tenía intereses. Nos referimos en general a las rutas comerciales del Mediterráneo Occidental, cada vez más amenazadas por los piratas berberiscos y sus protectores, los turcos. ¿Acaso no tenían más obligación moral de contribuir a la defensa de aquellos territorios los catalanes que los castellanos?.

Tampoco acierta el autor cuando aviesamente carga a Flandes en la cuenta de Castilla. En realidad en Flandes a los castellanos se les había perdido tan poco como a los catalanes. Un rey de la Casa de Habsburgo, bastante inclinado a Cataluña por cierto, Carlos I, llegó al trono hispano tras múltiples carambolas dinásticas. Y trajo como invitado no deseado,  y menos aun solicitado, un lote variopinto de posesiones europeas por parte de su dinastía. Y las consiguientes  rencillas, conflictos y guerras que llevaban aparejadas. Otro tanto cabría decir de las confrontaciones religiosas que pronto estallarían en aquellas tierras. 

Como las libertades de Castilla fueron aplastadas por el Emperador en las campas de Villalar en 1521, su  riqueza y población pudo ser esquilmada sistemáticamente en la defensa de los intereses de la casa reinante austriaca, completamente ajenos a los castellanos. Sánchez Piñol demuestra tener poco conocimiento histórico o mucha animadversión a Castilla para pintar a la principal víctima de la situación como el único culpable.
Para los catalanes se trataba de una unión entre iguales. Castilla, con el paso del tiempo, fue olvidando ese principio fundador.
Mucho nos tememos que nada hubieran deseado más los castellanos de los siglos XVI y XVII que la unión efectivamente hubiese sido entre iguales. No se trató de eso. La parte castellana, tras la derrota de las Comunidades, se vio obligada a sostener su carga, la de la dinastía y la que correspondía a los demás reinos. Cataluña fue política y fiscalmente privilegiada. Y lógicamente, después de dos siglos de continuas levas y auténtica persecución fiscal, Castilla ya solo era  la sombra de lo que había sido cuando Isabel se casó con Fernando. No creemos que ningún reino de la corona de Aragón le arrendara la ganancia, no.


Posesiones de la Corona Catalano-aragonesa
Muchas de ellas serían defendidas con la sangre y el dinero de los castellanos en los siglos XVI y XVII
 [Las manos del castellano] solo pueden empuñar armas; lo contrario sería ensuciárselas, no comprende y menos tolera otras formas de vivir la experiencia humana: lo industrioso le repele. Si quiere prosperar, su misma concepción elevada de la dignidad, paradójicamente, lo empuja al saqueo de continentes indefensos o al miserable oficio de cortesano. 
Esta andanada merece una contestación más amplia de la que podemos dedicarle en este párrafo. Nos comprometemos a repasar algunos episodios significativos de las conquistas y expediciones catalanas en el Mediterráneo y comprobaremos si la huella que quedó por aquellas tierras tiene más que ver con la industriosidad catalana o  con la rapacidad y el saqueo.  

A Sánchez Piñol no parece gustarle prácticamente nada de Castilla. Y el paisaje no es una excepción. Cada vez que la acción se desarrolla en algún lugar castellano, el autor siempre encuentra alguna palabra despectiva para caracterizarlo. La ciudad de Albacete es definida como "un sitio tan feo como frio" y  la campiña de Almansa es simplemente "estas tristes tierras".

Como cabía esperar de cualquier nacionalista catalán de pro, Sánchez Piñol reserva una buena parte de su desdén para el supuesto origen de todos los males. Nos referimos, evidentemente, a Madrid.  He aquí una muestra:

No es Madrid la más bella de las capitales que puedan visitarse. Sus calles se abren al azar, para horror del ingeniero. Los desniveles roban perspectiva a los edificios y las fachadas son tan feas que es difícil de creer. El ornato público es mínimo [...] No fue hasta que la convirtieron en corte que ese pequeño villorrio comenzó a ganar alturas de capital.
No tenemos por que entrar en los gustos estéticos del autor, ni en sus prejuicios. Pero es totalmente falso que Madrid fuera  un villorrio antes de ser corte. Para cuando Madrid recibió la capitalidad en 1561, hacía casi cuatrocientos años que gozaba de su propio fuero. Contaba con un alcázar que había sido utilizado como residencia real muchas veces. Era una de las trece ciudades castellanas con derecho a voto en las Cortes, e incluso las había acogido  en nueve ocasiones. Es verdad que era más pequeña  que Toledo o Valladolid, las ciudades más importantes de Castilla en ese momento. Pero Madrid a principios del siglo XVI distaba ya mucho de ser el villorrio o el poblacho que sostienen algunos desde la ignorancia o la mala fe.

Por no gustar, al protagonista de la novela no le gusta ni Toledo. La despacha como una ciudad pequeña, tras la que, al pasar unos huertos, se "extendían esos páramos de vegetación miserable". Y es que cualquiera diría que a Martí Zuviría-Sánchez Piñol la simple cercanía a Castilla le parece que afea cualquier paisaje: "estábamos en tierra aragonesa, tan yerma como la castellana, pero reino aliado".

Dejamos para el final la frase que resume toda la esencia anticastellana del libro, del protagonista, y por lo que parece, también del escritor:
¿Que es Castilla? Cojan un páramo, pónganle una tiranía, y ya tienen a Castilla
¡Desde luego, qué simpático se nos pone a veces Sánchez Piñol! No disponemos aquí del suficiente espacio para relatarle, y además  probablemente sería ocioso,   las Comunidades de Villa y Tierra,   la Escuela de Salamanca, o los Comuneros, por citar algunas realidades anteriores a la época en la que se desarrolla la novela. Bastará señalarle un dato objetivo: este "páramo" llevaba celebrando cortes casi un siglo cuando se convocaron las primeras en su "libérrima" tierra.  



(1) Rafael Casanova era la máxima autoridad política y militar de Cataluña en 1714 durante el sitio de Barcelona por el ejército borbónico, en el cual  fue herido en un muslo. Cada 11 de septiembre los partidos catalanistas realizan una ofrenda floral ante su estatua, situada frente el ayuntamiento barcelonés. El dramatismo de este monumento y algunos relatos apócrifos llevaron a muchos a pensar que  Casanova había sufrido un destino similar al de nuestros capitanes Padilla, Bravo, y Maldonado. Nada más lejos. Casanova no tenía ninguna vocación de mártir. Ante la inminente caída de la ciudad quemó los documentos que le pareció podían comprometerle y falsificó una partida de defunción a su nombre. Tras ello, vivió  discretamente algún tiempo en casa de su hijo en Sant Boi de Llobregat. En 1719 obtuvo el perdón de Felipe V y pasó el resto de su longeva vida ejerciendo la abogacía en Barcelona. Falleció en 1743 de muerte natural. 

domingo, 5 de enero de 2014

Castilla y Cataluña: Tratado de Utrecht y Privilegios


El Rey Católico por atención a su Majestad Británica concede y confirma por el presente a cualesquiera habitadores de Cataluña, no solo la amnistía deseada juntamente con la plena posesión de todos sus bienes y honras, sino que les da y concede también todos aquellos privilegios que poseen y gozan, y en adelante pueden poseer y gozar los habitadores de las dos Castillas.
Artículo XIII. Tratado de Utrecht. 1713


1.713. Las potencias europeas  se reunen en la localidad holandesa de Utrecht. Es el principio del fin de la Guerra de Sucesión. 

Había surgido como una contienda entre los dos aspirantes a suceder a Carlos II en el trono  español, el francés  Felipe V de Borbón y el austriaco  Carlos de Habsburgo. La mayor parte de las potencias europeas tomaron partido por uno u otro. Pero tras más de una década de combates  ni Francia ni los Aliados han conseguido imponerse. Estos, (Gran Bretaña, Austria, Países Bajos, Portugal y algunos estados menores), llevaron la iniciativa durante la mayor parte del conflicto. Consiguieron grandes victorias en Flandes y Alemania  que pusieron a Francia al borde de la derrota. Sólo la desmesura de las condiciones de paz propuestas impidieron que  el soberano francés, Luis XIV, se diera por vencido y la consiguiente entronización del pretendiente austriaco, Carlos (III) como Rey de España.

Sin embargo, poco tiempo después Francia conseguia rehacerse paralizando el avance aliado hacia el norte de su territorio en la batalla de Malplaquet. Mientras, en el frente español,   Felipe V iniciaba una contraofensiva que tras expulsar a Carlos de Madrid y derrotar a su ejército  en Brihuega y Villaviciosa lograba arrinconarle en Cataluña.

Inglaterra se dio cuenta de que la mayoría del pueblo castellano había tomado decididamente partido por el pretendiente francés y que su objetivo de hacer Rey de España al candidato austriaco se antojaba muy complicado. Ante esta situación, y vista la impopularidad cada vez mayor de una guerra tan larga que estaba consumiendo cantidades ingentes de recursos humanos y económicos, el gobierno británico optó por abrir conversaciones discretas con Francia. Ésta, igualmente necesitada de poner fin al conflicto, accedió de buena gana. Ambas terminaron acordando unas bases para la paz, que posteriormente, de mejor o peor gana, no tuvieron más remedio que ser aceptadas por el resto de países contendientes en los acuerdos de Utrecht y Ranstatt.


Tratado de Utrecht (1713) por el que se concedían a  castellanos y catalanes los mismos privilegios
Muchos en Cataluña lo consideran algo oprobioso e  inaceptable

Las tropas aliadas que permanecían en Cataluña, embarcaron para no volver y el principado se encontró abandonado por los aliados y en una situación bastante comprometida. Beneficiado por un sistema de privilegios que le evitaban los gravosos impuestos que soportaba Castilla, veía que aquellos corrían serio peligro de ser abolidos. Felipe V había prometido en 1701 mantenerlos, siendo él, por su parte, jurado como Rey. Pero, sin embargo, apenas tres años después los catalanes le habían dado la espalda proclamando a su rival Carlos (III),  provocando que la guerra prendiera en la península y que la destrucción se extendiera por todas partes. Felipe ahora estaba decidido a uniformar las administraciones de la Corona de Aragón  y de Castilla, y a mantener solo las peculiaridades  del País Vasco y Navarra, territorios que le habían sido fieles.  Así lo manifestó su embajador  en Utrecht, el marqués de Monteleón:
porque en lo tocante a los privilegios que los reyes, por pura bondad, otorgaron a los catalanes, se han hecho indignos de ellos por su mala conducta
Ante este panorama, el embajador catalán en Londres, Pau Ignasi de Dalmases suplicó al gobierno británico que intercediera por el mantenimiento de sus fueros, invocando el pacto que había firmado en 1.705 con ciertos  representantes catalanes en Génova. En el mismo se estipulaba claramente que, en caso de derrota, Gran Bretaña se comprometería a proteger los privilegios de Cataluña. Pero como suele suceder en estos casos, el protector tenía sus propios intereses. El Reino Unido había salido muy beneficiado del Tratado de Utrecht. Había conseguido debilitar a Francia, su principal objetivo, y además la posesión de Gibraltar, y Menorca, más ciertas ventajas comerciales en América. No estaba por la labor de  renunciar a nada de ello a cambio de la satisfacción de las peticiones de los rebeldes catalanes. Así que cuando la reina Ana recibió al suplicante embajador Dalmases se limitó a decirle que:
había hecho lo que había podido por Cataluña y que lo haría aún, procurando por todos los medios posibles la seguridad y el cumplimiento de todo lo que se le había ofrecido y había obtenido por nuestra patria expresándome que todo lo que había hecho y hacía era de todo su corazón y del mucho amor y voluntad que nos tenía.
Se refería hipócritamente al artículo XIII del tratado de Utrecht,  por el que se reconocían a los catalanes "todos los privilegios de las dos Castillas". Es conocida  la desolación del señor Dalmases ante tal respuesta. Demasiado bien sabía él que conceder a los catalanes los "privilegios" de los que disfrutaban los castellanos equivalía en la práctica a no tenerlos. 

Tras la derrota de los comuneros en Villalar en 1521, Castilla había ido perdiendo  sus libertades. Bien sujeta a la monarquía, hubo de asumir la mayor parte de las cargas económicas y militares del Imperio de los Austrias, mientras el resto de territorios se escudaban en sus propios fueros para esquivarlas. En esa tesitura, los castellanos sufrieron una presión impositiva sin parangón que tomó la forma de un auténtico expolio. Historiadores catalanes como Albert Balcells reconocen que hasta los decretos de Nueva Planta Cataluña había sido un país fiscalmente privilegiado, mientras que Joaquim Albareda señala que a finales del siglo XVI "el Imperio era a todas luces un parásito de Castilla".

Las tristes consecuencias de esta discriminación de los intereses castellanos por parte del gobierno de los Habsburgo no tardaron en materializarse en forma de decadencia y ruina. En el curso de pocas generaciones, Castilla, que era el reino económica y demográficamente hegemónico dentro de la península, y uno de los más pujantes de la Europa del siglo XV vio perder la efectividad de sus Cortes, decaer irremisiblemente su industria y su comercio y despoblar sus campos. No podemos pues extrañarnos del desagrado del embajador Dalmases  ante la perspectiva de que su principado pasara a compartir los "privilegios" de los que gozaba Castilla. 

martes, 24 de diciembre de 2013

Guerra de Sucesión: ¿Por Qué Castilla Fue Felipista?


Admirará la posteridad el amor, la constancia y la fe de los reinos de Castilla que a porfía, no cansados, sino estimulados de la desgracia de su príncipe, ofrecían sus bienes, sus haciendas y sus vidas para reparar el daño.
Comentarios a la Guerra de España. Vicenzo Bacallar
   
La Guerra de Sucesión (1.701-1.715) está de moda. El tricentenario de la conclusión de la misma en Barcelona, y la visión que de este hecho se ha venido dando desde el nacionalismo catalán ha provocado un aluvión de publicaciones, columnas de periódicos y opiniones radiofónicas como pocas veces se ha visto en un acontecimiento histórico. No es extraño que unos sucesos tan importantes, complejos, y por lo que parece, con tanta trascendencia en el debate político actual hayan sido estudiados desde muy diversos puntos de vista. Sin embargo, consciente o inconscientemente, se ha hecho girar el debate historiográfico sobre la Guerra y las repercusiones de la misma en el territorio catalán, desplazando un tanto todo los demás. Nos proponemos aquí dar unas simples pinceladas sobre  Castilla y La Guerra de Sucesión.

Se ha convenido tradicionalmente en que Castilla fue partidaria de Felipe V de Borbón, mientras que los territorios de la Corona de Aragón, especialmente Cataluña, lo fueron de su rival Carlos (III) de Austria. Se trata, por supuesto, de una simplificación evidente, puesto que ambos príncipes tuvieron partidarios y detractores en todos los territorios, pero tampoco se puede decir que sea completamente falaz. En Castilla, la opción felipista fue siempre la mayoritaria. Y pese a la toma de partido de muchos de los principales nobles por el austracismo, se fue haciendo aun más hegemónica conforme avanzaba la guerra, y lo que es más extraño, independientemente de la suerte de las  batallas que se iban librando. 


Carlos de Austria, pretendiente al trono español 
(no lo consiguió, pero se consoló con el austriaco, que heredó tras la repentina muerte de su hermano)

Mucho se ha escrito sobre las razones de Cataluña para rebelarse contra Felipe V y apoyar a su rival solo tres años después de jurar lealtad al Borbón en las Cortes de Barcelona de 1.701. Debió pesar el sentimiento antifrancés, muy extendido en el principado y con hondas raíces históricas. También parece que aunque Felipe V prometió mantener todos sus privilegios, e incluso los aumentó, hubo catalanes que no terminaron de creerse que cumpliría lo pactado. No puede decirse que estuvieran en lo cierto, pues Navarra y el País Vasco, que se mostraron leales al bando borbónico, vieron respetados todos sus fueros. Otros quizá pensaron que se podía sacar aun más tajada del pretendiente austriaco. En ese caso, simplemente les salió el tiro por la culata. 

Pero, Castilla, ¿por qué permaneció fiel a Felipe V?. Una primera respuesta nos viene casi sola. Si la Corona de Aragón apoyó al partido austríaco con la idea de mantener sus fueros, ese argumento no podía ser utilizado en Castilla. Los mismos Habsburgo ya se habían encargado de laminar las libertades castellanas tras la derrota de los Comuneros, hasta dejar sus fueros en algo casi testimonial, y desde luego, poco o nada efectivo. En las Castillas tampoco había temor a que la instauración de los borbones sangraran al país a  impuestos, porque los Austrias, mayores y menores, ya la habían exprimido hasta el límite. Castilla hacía doscientos años que se encontraba sometida casi por completo a la voluntad real, y no era creíble que la misma dinastía que la fue sujetando con tan despiadada mano se convirtiera de repente en su libertadora. El mismo secretario del pretendiente austríaco, Juan Antonio Romeo constataba:
Porque las disposiciones en Castilla son libres de la Real Voluntad de V. M. sin consideración de fueros, puede V.M. dar la planta que quisiera y hallare más conveniente, sin que nadie se oponga. 
Probablemente nunca se le ocurrió pensar al Sr. Romeo que la dinastía a la que él lealmente servía había tenido mucho que ver en tan importante menoscabo de la representación de los súbditos castellanos.

Otro factor que se ha argüido para explicar la preferencia castellana por Felipe es el religioso. Parece claro que en una sociedad tan católica como la castellana de comienzos del XVIII, la religión no pudo dejar de representar un importante papel. Ciertamente los propagandistas borbónicos hicieron cuanto pudieron por despreciar el catolicismo de Carlos en base a la estrecha alianza de éste con los protestantes ingleses, y holandeses. Pero convendría matizar la importancia del factor religioso por dos motivos. Primero por que muchos eclesiásticos se declararon partidarios del pretendiente. Tal es el caso del cardenal Portocarrero, quizá el de mayor influencia, y que tras apoyar inicialmente la causa felipista se pasó posteriormente a la austracista. Y por otra parte, no hay que olvidar la toma de partido del Papa precisamente por Carlos (III) en 1.709, llegando a reconocerle como "Rey Católico de las  Españas", lo que supuso un fuerte aldabonazo para sus pretensiones. 

Por otra parte, en Castilla, tras dos siglos de continuas guerras con el país galo, también existía cierto sentimiento anti-francés, pero no era tan intenso como el que se respiraba en Cataluña. No en vano, a diferencia de ésta, Castilla no tenía litigios fronterizos con el país vecino, y durante la Edad Media ambos reinos habían sido frecuentemente aliados. El resentimiento contra los franceses no era seguramente mayor que el que se concedía a los ingleses, competidores cada vez más poderosos y osados en el Nuevo Mundo

Un argumento que jugaba claramente a favor de la causa de Felipe V eran las circunstancias de su proclamación. Ciertamente había sido designado sucesor en el testamento de  Carlos II, y posteriormente había sido jurado como Rey. Por más que los propagandistas austracistas se esforzaran en invocar distintos pretextos para declarar inválidos ambos acontecimientos, lo cierto es que el pretendiente austríaco partía en la carrera  por el trono con un serio déficit de legitimidad. 

Los indudables éxitos que el rey francés Luis XIV, conocido como "El Rey Sol", había cosechado al frente de su país, suponían por si mismos un claro elemento propagandístico a favor de su nieto. Durante su largo reinado había racionalizado la administración, mejorado la hacienda pública, y modernizado el ejército. Francia era poderosa como en sus mejores tiempos, se había rehecho de las sucesivas derrotas sufridas a manos de los tercios durante el siglo XVI y ahora era el estado hegemónico dentro de Europa. Es natural que muchos castellanos, constatada la decadente inoperancia de la antigua dinastía, viesen en Francia un modelo a seguir.

Por último, la misma evolución del conflicto se encargó de suministrar argumentos bien elocuentes en contra del austracismo. A lo largo de la guerra, el pretendiente Carlos consiguió entrar en Madrid en dos ocasiones. Bien es verdad que ninguna de las dos pudo mantenerse demasiado tiempo en la capital, pues la falta de suministros, y el acoso de los partidarios felipistas le obligaron a retirarse enseguida. Pero la presencia en la Meseta de su ejército, mal abastecido y lejos de sus bases, se tradujo en una pesadilla para los castellanos. Sus tropas, un variopinto conjunto compuesto principalmente de alemanes, ingleses, portugueses y catalanes cometieron todo tipo de tropelías y abusos. Parla, Alcorcón, Barajas, Aravaca, Leganés, Daimiel entre otras muchas localidades fueron saqueadas. Y lógicamente la antipatía general  de los castellanos hacia la causa austracista alcanzó  entonces las máximas cotas. El marqués de San Felipe lo expresaba así:
No daba paso que no fuese infeliz el rey Carlos en Castilla, porque era menester para la obediencia usar del mayor rigor, que degeneró en ira, y en tal desorden que ejecutaban los alemanes e ingleses las más exquisitas crueldades contra los castellanos.
No es extraño que, cuando tras retirarse por última vez de Madrid, las tropas del pretendiente fueron derrotadas en Brihuega y Villaviciosa por el ejército franco-castellano al mando del duque Vendome, éste fuera recibido en Madrid con aclamaciones de ¡Viva Vendome, nuestro libertador!.


Batalla de Villaviciosa, ganada por Felipe V
Tras ella los ejércitos austracistas salieron de Castilla para no volver

Después del segundo fiasco madrileño de Carlos (III), su causa en España estaba finiquitada. Carecía de suficientes soldados y medios económicos y las circunstancias internacionales también jugaban claramente en su contra. Pero sobre todo, para entonces Castilla ya le era completamente hostil, tal y como confesaba el duque de Moles:
Porque por mucho que los castellanos nos fueran contrarios, siempre podíamos tratar de halagarlos, domarlos y endulzar su ánimo; mas ahora hemos perdido la estima de la clase noble y de los ciudadanos que nos eran favorables, y hemos confirmado el odio y la antipatía mortal de la plebe que siempre nos había sido contraria.      
 Era cierto. Y no podemos dejar de pensar que quizá, en el fondo, Carlos de Austria solo había recogido la animadversión que la  poca sensibilidad y la discriminación de su dinastía hacia el pueblo castellano habían ido sembrando a lo largo de dos siglos.