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miércoles, 20 de enero de 2016

Sobre el Origen de Fueros y Privilegios


El fuerismo del siglo XIX y posteriormente el nacionalismo vasco sostuvieron la teoría de que los fueros derivaban de las libertades ancestrales y de los usos jurídicos espontáneos de los vascos de tiempos inmemoriales y que los señores y los reyes no hicieron otra cosa que confirmarlos porque así se les exigía como requisito para aceptar su autoridad. En rigor, esta visión idealizada y mítica de los fueros surgió en el seno de la pequeña nobleza derrotada por la alianza de la corona castellana y las villas a finales del siglo XV.
Jon Juaristi. Historia Mínima del País Vasco.


Para hallar el origen de las "asimetrías"  conocidas como fueros, debemos remontarnos hasta la Edad Media. En aquella época no existía el concepto de igualdad ante la ley que disfrutamos actualmente, y los monarcas y demás señores feudales concedían a voluntad mercedes y regalías a individuos, grupos sociales y territorios.  

Esta forma de proceder tiene su justificación. Y es que a pesar de sus amplios poderes y la discrecionalidad para utilizarlos, los reyes medievales rara vez tenían motivos para sentirse seguros en sus tronos. Estaban expuestos a que cualquier intriga palaciega, conjura nobiliaria o guerra desafortunada les dejara a ellos y a sus descendientes sin corona, y puede que también sin vida. Y ni que decir tiene que mantener ambas era el objetivo principal, cuando no el único, de todo soberano.

Por ello resultaba normal que con frecuencia buscaran ganarse  la lealtad de individuos y colectivos concediéndoles privilegios como títulos, rentas, y exenciones. Así, la regla básica a la hora de distribuir prebendas era que cuanto más se manifestase la debilidad del rey y más estratégica resultara la cooperación de determinados súbditos, mayores ventajas arrancaban estos.

Naturalmente, los beneficiarios no solían explicar el asunto de manera tan descarnada, sino que procuraban adornar la historia y pintarla con tintes heroicos y legendarios. Si la época se prestaba a ello, incluso echaban mano de la mitología. Tal es el caso de  Jaun Zauría, el fabuloso primer señor de Vizcaya, al que con objeto de ensalzar la posición de sus presuntos sucesores, algunos cronistas querían  hacer hijo de un duende y una princesa escocesa. Ya a mediados  del siglo XIX,  "El Vigilante Cántabro", contrario al mantenimiento de los fueros vascos, se expresaba así:
¿Quien ignora ya que el origen que se les atribuía fue lanzado al país de las fábulas desde fines del siglo pasado? ¿Que se fundaba en narraciones de autor de cuentos ridículos de duende íncubo, que sacó gravida a una princesa errante, como las hadas, en las altísimas montañas vascongadas, y que las olas habían lanzado a sus costas? En el reinado de Carlos III algunos sabios de la Academia de la Historia desmoronaron este edificio levantado sobre los duendes y las hadas; en el de Carlos IV acabó de venir a tierra; y en las dos restauraciones de Fernando VII brilló sobre sus ruinas la luz de la sana crítica y de la verdad; poniendo fuera de combate las exageradas pretensiones de los que se atribuían el origen de los fueros a una soñada e imposible independencia y soberanía. 
Besamanos de las Juntas de Vizcaya a Fernando el Católico en 1.476, tras la jura de los fueros. Obra de Vazquez de Mendieta (1.609)

No siempre los privilegios se concedían a cambio de lealtad militar. También las peculiaridades  de una zona animaban a los soberanos a hacerlo. Por ejemplo, es conocido que los habitantes de Leitariegos estaban exentos de tributos y servicio militar a cambio de mantener una hospedía para los viajeros que atravesaban el puerto, así como de salir a buscar a los que se perdieran durante alguna de las frecuentes nevadas.  El escritor y filólogo vasco Jon Juaristi describe así la situación:
Los fueros medievales son privilegios concedidos por los reyes y por los señores a villas, estamentos y comarcas, por motivos diversos y con diferentes propósitos. Hubo fueros para hidalgos y fueros para villanos, fueros para estimular determinadas actividades económicas o para impedirlas. Las fundaciones de villas iban generalmente acompañadas del otorgamiento de un fuero a sus moradores, porque la economía de las villas representaba una fuente de ingresos fiscales para la corona y los señores, mientras la pequeña nobleza que dominaba los campos estaba exenta de impuestos. 
Refiriéndose en concreto al País Vasco y Navarra añade:
Además de los fueros  de villas, existían en la Vasconia medieval fueros estamentales (de hidalgos), corporativos (de ferrones y mareantes) de castas (fueros particulares para judíos o mudéjares), eclesiásticos, etcétera. Lo característico del entramado jurídico medieval fue una enorme dispersión. No hay  nada parecido a una legalidad uniforme. El llamado fuero viejo de Vizcaya, que regía en la tierra llana, era un fuero de hidalgos, de codificación tardía (siglo XV) y, por supuesto, no se aplicaba a los labradores, que carecían de privilegios. Hasta las codificaciones forales del siglo XIV no existieron fueros provinciales, los llamados fueros nuevos que, como se verá, tienen carácter y función muy distintos de los privilegios medievales.
Y en lo concerniente a las juntas de gobierno de Vizcaya, Guipúzcoa o Álava, que tienen su origen en esa misma época:
Las instituciones representativas de los territorios aparecen históricamente en conexión directa con la conflictividad derivada de la dispersión foral. La visión romántica del fuerismo decimonónico contemplaba una Vasconia anterior a la Edad Media organizada en aldeas o "repúblicas" independientes cada una de las cuales se regía por su propia junta o "biltzar". Sobra decir que tal visión carece de fundamento. Las juntas no son anteriores al siglo XIV, y surgieron al mismo tiempo que otras estructuras afines en Europa occidental.
En cualquier caso, con el matrimonio de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón  cambiaron muchas cosas en España. El rey Católico impuso la política exterior propia de sus reinos patrimoniales, para los cuales el principal enemigo era desde hacía centurias Francia. Castilla y la poderosa Francia, hasta entonces  aliados, se verían así arrastradas a dos siglos de continuas guerras. 

Cataluña y Vasconia, donde se encuentran los principales pasos para atravesar los Pirineos, se convirtieron en zonas estratégicas de primer nivel. Y fueron consiguientemente mimadas por los monarcas, para los que una rebelión en estos territorios, que inmediatamente recibiría el apoyo militar y económico del vecino francés, suponía la peor de las pesadillas. Por contra, una fuerte lealtad de sus habitantes, aunque fuera comprada a precio de oro, facilitaría tanto la defensa de la península en caso de invasión, como las expediciones a territorio enemigo.  

Las instituciones de Cataluña comprendían perfectamente las enormes ventajas que les ofrecía su situación geográfica. Se pone de manifiesto en un panfleto catalanista de 1.697 conocido como "Luz de la Verdad", en el que el protagonista, un tal Joan Roca, hace una encendida defensa de los privilegios de los que gozaba su tierra. Ante las quejas de sus compañeros por el diferente trato fiscal, compara a Cataluña con una muralla, en la que es justo y conveniente gastar el dinero del Estado, por mucho que no se reciba nada de ella: 
¿De qué aprovecha el muro a la ciudad? Mucho. ¿Qué saca la ciudad dél? Nada, antes gasta en conservarlo y con todo le es de provecho. ¿Por qué? Porque la defiende, pues así Catalunya por España, que aunque Magestad no sacase cosa della y gastase en conservarla, le es de provecho, porque es el muro de España.
He aquí pues la causa principal de que, al mismo tiempo que los fueros y particularidades  de la mayor parte de España languidecían y desaparecían, los de Vasconia y Cataluña se renovaran, reforzaran y adquirieran  mayor lustre y protagonismo. Naturalmente, y siguiendo esa misma lógica, cuando  Francia dejó de convertirse en el enemigo por antonomasia,  carecía de sentido la metáfora del muro. Y más aun cuando los ideales de la Ilustración y del liberalismo se extendieron, acorralando y eliminando las rémoras feudales, de las cuales una de las más sangrantes era la desigualdad legal de personas y territorios. Los países europeos fueron racionalizando su administración y equiparando la situación legal de sus ciudadanos y provincias.

Ilustración del diario republicano barcelonés "La Madeja Política". Una España revolucionaria tala el árbol de los fueros, que tiene la cara del pretendiente carlista y las raíces "Absolutismo", "Intolerancia" y "Fanatismo".

Pero naturalmente, y como cabía esperar, los beneficiarios hispanos de los privilegios se resistían con uñas y dientes a desprenderse de ellos. Después de siglos gozando de determinadas ventajas, nadie les iba a convencer de que éstas ya no tenían sentido.  Presentaron los fueros como derechos ancestrales, de origen cuasi divino, con preeminencia sobre cualquier otra legislación, y por tanto, absolutamente blindados e intocables. Que las desigualdades pudiesen suponer graves perjuicios o  evidentes agravios comparativos para con los vecinos era lo de menos. 

Sirva como ejemplo la situación del puerto cántabro de Castro Urdiales, cuyos comerciantes debían pagar impuestos a la importación de mercancías de los que sus competidores vizcaínos estaban exentos. Así rezaba una petición que los habitantes de la localidad elevaron a las Cortes: 
Los que suscriben, vecinos de Castro Urdiales, verían con honda pena la subsistencia y continuación de los privilegios de las provincias vascas. Hagan los representantes de la Nación que concluya de una vez para siempre el organismo y modo de ser de esas provincias y que igualándolas con las demás de España coadyuven a sobrellevar las cargas del Estado en la misma proporción. 
No es sorprendente que a lo largo del siglo XIX la defensa del fuerismo  encontrara eco y apoyo en los partidos españoles más refractarios a la modernidad: conservadores y carlistas.  Precisamente los que más se oponían a la libertad y la igualdad que preconizaban liberales y republicanos.   

Sin embargo, no puede decirse que aquella linea de argumentación, pese a estar basada como hemos visto en mitificaciones, inexactitudes y manipulaciones, no haya resultado tremendamente exitosa. Aun hoy se mantienen  privilegios en forma de concierto vasco y navarro. Y a juzgar por el interés con el que algunos, sobre todo desde Cataluña, pretenden convencernos de las "bondades" del federalismo asimétrico, no sería de extrañar  que, antes que desaparecer, dichos privilegios se extendieran a otras autonomías. Sobra precisar en que comprometida situación quedarían entonces los territorios "de segunda"... entre los que mucho nos tememos habrían de incluir a Castilla.


viernes, 26 de diciembre de 2014

¿Qué Tendrá la Igualdad?

Todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros.
Lema de Granja Animal después de instaurarse la dictadura del gorrino "Napoleón".
George Orwell. Rebelión en la Granja 

Libertad, Igualdad, Fraternidad, coreaban los revolucionarios franceses cuando a finales del siglo XVIII terminaron con los privilegios feudales de nobleza y clero, pusieron fin al absolutismo y eliminaron las exenciones medievales de las que disfrutaban ciertas provincias.

Libertad, Igualdad, Fraternidad, preciosas palabras que se convirtieron en lema de liberales, demócratas y republicanos de todos los lugares. ¿De todos? Bueno, puede que de todos no. Hay ciertos territorios en la península ibérica donde no terminaron de suscitar el mismo entusiasmo. En concreto, el segundo de los términos, como que chirriaba. 

No hablamos de sectores  ultramontanos y reaccionarios, carlistas, nostálgicos del antiguo régimen. Nos referimos incluso a sectores radicalmente progresistas. Libertad, por supuesto. Fraternidad, vale. Pero ¿Igualdad? Y ahí cortocircuitaba el pensamiento progre del buen nacionalista catalán o vasco. Y casi podríamos imaginárnoslo frunciendo el ceño mientras se rascaba la cabezota por debajo de la boina o de la barretina, al tiempo que se repetía confuso: "¿Igualdad? Hombre... en principio sí. Pero ¿igualdad entre nosotros y ellos? ¿Como van a ser Euskadi o Catalunya lo mismo que Castilla o Andalucía? ¡Inaceptable! ¡Nosotros somos muy especiales! ¡Merecemos un trato diferenciado!"

Sello postal de la República Francesa, emitido con motivo del bicentenario de la Declaración de los Derechos del Hombre. Representa una alegoría de la Igualdad. Parece que al norte de los Pirineos esta palabra no chirría.

Pero ocurre que, cuando exigen un trato diferente, no están pensando precisamente en uno peor... El escritor castellanófobo Pompeu Gener (1.848 - 1.920) lo expresó, como tantas otras cosas, con despiadada claridad: 
Así, somos catalanistas y no regionalistas, porque el regionalismo supone iguales derechos y por tanto iguales energías y organización en todas las regiones y eso es falso. Trabajamos, pues, para proporcionar un carácter propio y superior a nuestra tierra; (...) Y soñamos en un imperio intelectual y moral mediterráneo, por nuestra influencia sobre las demás naciones latinas, sin que ni las durezas e ignorancias castellanas nos desvíen (...)
Trabajaban pues para "proporcionar un carácter propio y superior a su tierra". Por lo menos es sincero. Tampoco puede calificársele de caso aislado. Su contemporáneo, el médico y compañero catalanista Hermenegild Puig i Sais abundaba en la misma línea allá por el 1.915:
En el concepto político Cataluña hoy está en una inferioridad numérica para luchar con el resto de España, y en el estado actual de la política española todo es cuestión de votos, cuestión de número; todos los hombres valen igual. 
¡Que todos los hombres valieran igual! ¡Menudo despropósito debía parecerle al buen doctor "el estado actual de la política española"!

Por supuesto, a nuestro nacionalista periférico contemporáneo no se le escapa que al abjurar de la igualdad se está internando en el terreno de lo políticamente incorrecto. Y por ello normalmente renuncia a abordar el asunto con el desparpajo de sus predecesores. 

Opta a menudo por expresarlo sin decirlo. Utilizando circunloquios y eufemismos; (¿de qué otra forma se puede calificar el lamentable planteamiento de "Federalismo Asimétrico"?). Aprovechándose de la ingenuidad, buena fe y falta de conciencia nacional de sus interlocutores castellanos, pretende hacer calar la idea de que no es necesariamente malo que su terruño pueda tener un tratamiento privilegiado. Aunque, eso sí, en cuanto alguien manifieste el lógico recelo o simples deseos de aclarar los términos, afirmará con total seriedad que él no se refería exactamente a un "tratamiento privilegiado" y que ¡se han malinterpretado sus palabras!.

Otras veces busca roer el mismo concepto de igualdad, al que de forma interesada confunde con uniformidad. Es raro que cualquier político catalán (ojo, no tiene por que ser  miembro de un partido nacionalista) no responda a la cuestión intentando confrontar dicho concepto con la existencia del idioma catalán y de otras peculiaridades culturales. Como si fueran cosas incompatibles.

Nadie en su sano juicio pretende que las competencias sobre el catalán sean comunes a Cataluña y Asturias, o que Aragón legisle sobre cabildos insulares como Canarias. Nadie con dos dedos de frente plantea tales disparates, por lo que resulta extraño el énfasis que parecen poner algunos en prevenirlos. 

No se trata tampoco de que todas las comunidades tengan que utilizar sus competencias de la misma forma y seguir idénticas políticas. Pero sí de que todos compitan con las mismas armas y de evitar que unos tengan que caminar a la pata coja y con una mano atada a la espalda mientras sus vecinos viajan en moto. 

En ese sentido, ¿por qué Cataluña debe tener una relación especial y privilegiada con el gobierno, fuera del alcance de las demás comunidades? ¿Y un techo competencial mucho más alto? ¿Es razonable que el Estado pierda toda influencia en Cataluña mientras Cataluña no solo mantenga, sino que incluso aumente la suya en el Estado? ¿Es de recibo gozar de una financiación exclusiva y diseñada a la carta para una determinada Comunidad? ¿Es aceptable que mientras Castilla o Andalucía deban delegar la defensa de sus intereses en el exterior al gobierno central, Cataluña pueda recurrir al mismo cuando le convenga o puentearlo cuando no? ¿Acaso no quedarían entonces los intereses de andaluces, aragoneses o castellanos claramente comprometidos frente a los de los catalanes? 

Castilla sabe por experiencia propia hacia donde lleva una política continuada de agravio y discriminación, y no es extraño que no quiera volver allí. 

De eso, y no de la existencia de lenguas y culturas particulares va el concepto de Igualdad, por mucho que algunos prefieran salirse por los cerros de Úbeda. Hablamos  de discriminaciones que los revolucionarios de los siglos XVIII y XIX combatieron y que fueron desterradas de las constituciones de (casi) todos los países occidentales, incluidas por supuesto las federales, y asumidas por (casi) todos los demócratas del mundo.

Otro sello postal, en este caso norteamericano con el lema "Igualdad para siempre". Empezamos a sospechar que la aprensión, repugnancia y tirria hacia esa palabra es exclusiva de los nacionalistas periféricos hispanos. 

Recientemente tuvimos ocasión de ojear "La Independencia de Cataluña Explicada a mis Amigos Españoles", del politólogo nacionalista Jaume López. Se trata de una de las muchas obras de reciente aparición destinadas a hacer propaganda de los postulados catalanistas ante la opinión pública del resto de España. Obviamente, por su propio objeto, suelen emplear un tono correcto y respetuoso, hasta simpático, pasando de puntillas sobre los temas más espinosos y empeñándose en mostrar la cara más amable de su ideología. Llenos de curiosidad consultamos los dos capítulos dedicados a la "Igualdad". 
La igualdad es un valor tan superior que, incluso ha servido para justificar las infraestructuras no rentables y sin ningún retorno económico. Los kilómetros malbaratados de AVE se han justificado como elemento de igualdad entre españoles (aunque eso sí, pasen todos por Madrid).
Pues para estar  dedicado a "sus amigos españoles" no parece un párrafo muy amigable. Incluye un palo en toda regla a Madrid (¡cuándo no!), y otro a diversas ciudades más pequeñas, algunas de ellas castellanas, con estación de ferrocarril de Alta Velocidad. Además omite significativamente  que  todas y cada una de las capitales de provincia de Cataluña están ya conectadas por AVE. Debe ser que en este caso la igualación ferroviaria no es pecado.

Siguen varias páginas dedicadas a fomentar el interesado y ya comentado confusionismo entre "uniformidad" e "igualdad". Y termina con otro glorioso párrafo:
Existe una historia en la mitología griega que habla de Procusto, un posadero sádico que ofrecía acomodo al viajero solitario. Cuando el viajero dormía, lo amordazaba y ataba a las cuatro esquinas de su lecho. Si la víctima sobresalía, cortaba las partes de su cuerpo que sobraban. Si era de menor estatura, lo descoyuntaba a martillazos y lo estiraba hasta adaptarlo a la medida de la cama. Todos idénticos. A golpe de hachazo.
Sadismo, amordazamientos, descoyuntamientos, martillazos, hachazos... más allá de la evidente y un tanto "gore" demagogia que gasta el autor, una conclusión resulta obvia: la Igualdad continúa provocándoles urticaria. Mucha. Está visto que para determinada gente, algunos pueblos siempre serán más iguales que otros.    


martes, 2 de septiembre de 2014

Conservación de Monarquías


Y asi concluyo este discurso, con que conviene que en las cargas y tributos de las provincias, en quanto fuere posible, haya una debida y ajustada proporcion, sin que todo el peso cargue sobre la cabeza.
Pedro Fernández Navarrete  


Vamos a repasar hoy un curioso libro publicado hace ya algunos siglos: "Conservación de Monarquías y Discursos Políticos", de Pedro Fernández Navarrete (1.564-1.632). Su autor, logroñés de nacimiento, fue un reconocido humanista, economista, escritor y poeta que alcanzó a ser  secretario real y canónigo  de Santiago de Compostela.

El libro, que vio la luz en 1.626, es un conjunto de reflexiones sobre los graves problemas que ya entonces, y pese a la prodigiosa expansión exterior, afrontaba la Corona española, así como sobre la manera de resolverlos. Aborda en él todo tipo de temas, desde el peligro que supone la despoblación a la condena del lujo o el excesivo número de días festivos que comprometían seriamente la economía. Pero nosotros vamos a centrarnos en el discurso XXIII, titulado significativamente: "Que las cargas de la monarquía se deben repartir entre todas las provincias". 

En efecto, el capítulo citado demuestra que los castellanos de la época, o al menos la parte más ilustrada de ellos, eran plenamente conscientes del terrible daño que estaba sufriendo Castilla  al ser obligada a soportar casi en solitario todo el peso fiscal. El Estado Asimétrico organizado por los Austrias permitía que Vasconia, Portugal y los territorios pertenecientes a la Corona de Aragón se convirtieran en un antecedente de los modernos paraísos fiscales, al tiempo que los campesinos y burgueses castellanos eran brutalmente exprimidos para sufragar una interminable serie de guerras.

Retrato de Felipe III. Pedro Fernández Navarrete le aconsejó que las cargas de la monarquía no recayeran solo sobre Castilla, sino que se repartieran equitativamente entre  los diversos reinos. Su consejo no surtió efecto.

En primer lugar hace Fernandéz Navarrete una curiosa e impecable reflexión histórica: todos los imperios se han caracterizado por procurar enriquecer a la cabeza del mismo, mientras que paradójicamente el régimen de los Habsburgo, parecía empeñado en lo contrario, arruinar a Castilla en beneficio de los territorios periféricos. El asombrado autor no encuentra precedentes ni justificaciones a tal proceder.
Todas las monarquías han usado siempre enriquecer la cabeza del imperio con los despojos y tributos de las provincias y naciones, ó ganadas por las armas, ó habidas por otros justos derechos. Así lo hicieron los Romanos, enriqueciendo el erario con los despojos de África y Persia, ó, como otros dicen, de Perseo. 

Y entre otras alabanzas que el Poeta Claudiano dio a Estilicon, fue decir, que había traído al imperio riquezas no conocidas, desde remotas y heladas provincias.

Y no solo Roma, sino todas las colonias y las ciudades  a quién se comunicaban los privilegios Romanos eran exentas de pechos y tributos, gozando del derecho itálico de que tuvo origen el llamar hidalgos á los que no pechaban.
Pero, como suele decirse, "Spain is different". Aquí no solo no se benefició fiscalmente al principal soporte del Imperio sino que se le esquilmó, empobreció, y agravió sin tregua:
Solo Castilla ha seguido diverso modo de imperar, pues debiendo, como cabeza, ser la más privilegiada en la contribución de pechos y tributos, es la más pechera, y la que más contribuye para la defensa y amparo de todo lo restante de la monarquía; porque no solo da para el sustento de la casa real, y para asegurar las costas de España, sino tambien para presidiar África, reducir a Flandes, y socorrer provincias y Príncipes extrangeros.
La solución que propone el autor no puede ser más moderada y de sentido común: repartir los gastos y las levas de soldados de manera equitativa y razonable entre todos los integrantes de la monarquía.
Con todo eso parece justo, que repartiéndose las cargas en proporcion, quedara por cuenta de Castilla el sustentar la casa real, guardar sus costas y la carrera de Indias: y que Portugal pagara sus presidios, y las armadas de la India oriental, como lo hacia cuando no estaba incorporado con Castilla. Que Aragon é Italia defendieran sus costas, y sustentaran para ello los baxeles y milicia necesaria; 
De otro modo, las consecuencias de seguir con la habitual política de expolio  al pueblo castellano, podían ser desastrosas, (y efectivamente lo fueron).
por que no parece puesto en razon, que la cabeza se atenue y enflaquezca, mientras los demás miembros, que estan muy poblados y ricos, miran las cargas que ella paga: siendo más justo que las provincias que están vecinas a confinantes enemigos, contribuyan mas para su propia defensa, como en las Cortes de Madrid del año de mil quinientos veinte y ocho se pidió al señor Emperador Carlos quinto:  pudiendo decir Castilla a las demás provincias lo que el Rey Atalarico escribió á los romanos, que gastaba sus erarios y la sangre de sus Godos, para que ellos gozasen de una parlera y pacífica alegría. 
Con lo de "provincias que están vecinas a confinantes enemigos" se refería sobre todo a Cataluña, territorio fronterizo con Francia y frecuente teatro de operaciones, pero cuya defensa se llevaba a cabo fundamentalmente con dineros y soldados castellanos. 

Y es que, a principios del XVII, tras un siglo de continua discriminación  y completo ninguneo de los intereses castellanos,  la situación económica y demográfica de la península había variado  por completo. Castilla ya no era la potencia en pleno auge de antaño. Se estaba empobreciendo y despoblando  a pasos agigantados. Por contra, las otras regiones gozaban de la prosperidad económica que sus privilegios  le facilitaban. 
Que socorrer Castilla á las demas provincias es muy puesto en razon, si ella estuviese sobrada rica, conforme á lo que dixo Séneca, que el dar ha de ser, sin que el que da, se ponga en necesidad. 
Como cabía esperar, este sacrificio de Castilla en aras de los otros reinos y de la dinastía  nunca fue valorado ni agradecido. Cuando unas décadas después nuestra tierra se quedó definitivamente sin fuerzas ni recursos para seguir arrastrando el peso, y al Conde-duque de Olivares no le quedó otra que intentar que los demás también contribuyeran al esfuerzo común, la respuesta fue la desafección, el auge del anticastellanismo, y la rebelión.  

De Felipe III a Felipe VI. ¿Es posible que España vuelva a configurarse como un Estado Asimétrico que beneficie a ciertos territorios periféricos a costa de perjudicar y discriminar a Castilla?

Llaman poderosamente la atención las enormes similitudes entre el Estado Asimétrico  que padecieron los castellanos durante los siglos XVI y XVII y el que algunos parecen empeñados en instaurar en España en pleno siglo XXI. Como si pudiera haber una especie de conexión temporal malhadada entre los reinados de sendos monarcas de nombre Felipe, el tercero de entonces y el sexto actual. 

Interesadamente, se quiere hacer creer que el reconocimiento de privilegios a ciertas zonas con fuerte presencia nacionalista serviría para eliminar o al menos moderar las tensiones territoriales. Los que así opinan, o carecen de cualquier conocimiento histórico, o de tenerlo este no les ha aprovechado  nada. 

Si algo se ha podido comprobar a través de los tiempos es que jamás ningún privilegio ha servido para que ningún territorio o grupo social favorecido mostrara el menor agradecimiento a los que lo sufren o para que moderara sus aspiraciones. Antes bien, siempre consideraron que tales privilegios eran obligados y lo mínimo a lo que tenían derecho, y no han buscado sino la forma de acrecentarlos y seguir distinguiéndose de los demás. 

Que nadie tenga pues la menor duda de que un sistema político serio, moderno y estable no puede construirse sobre la base de la desigualdad y el agravio permanente, sino únicamente sobre la más exquisita igualdad en derechos y obligaciones de todas las partes constituyentes.




miércoles, 6 de agosto de 2014

Federalismo Asimétrico: ruina de Castilla bajo los Austrias (II)


En el terreno fiscal, el núcleo meseteño soportó una carga durísima, recayendo sobre sus hombros el peso principal de los cuantiosos gastos derivados de la política imperial.
Julio Valdeón

- Es continuación de Federalismo Asimétrico: ruina de Castilla bajo los Austrias (I) -

Nos centraremos ahora  en unos pocos pero elocuentes datos sobre la sangría fiscal que sufrió Castilla en los siglos XVI y XVII. Para ello seguiremos a Gonzalo Martínez Díez en su obra "Fueros Sí, Pero Para Todos", libro publicado durante la época de la Transición y que lamentablemente no ha perdido ni un ápice de actualidad. Los subrayados son nuestros.
Con la unión definitiva de las Coronas de Castilla y de Aragón en 1.516 y el nacimiento de la Monarquía española, las empresas y obligaciones de esta nueva unidad como las guerras de Italia o del Imperio o con el turco no pueden considerarse ya como empresas peculiares de Castilla, sino como algo propio de la Monarquía o de sus Reyes y por lo mismo comunes a todos los reinos integrados en la Monarquía. 
Y esto no obstante durante más de dos siglos todo el peso fiscal de la Monarquía se va a volver casi exclusivamente sobre el reino de Castilla que será sistemáticamente exprimido, esquilmado y empobrecido por los excesivos y desproporcionados impuestos de los que se verán libres en cambio los otros reinos de la Monarquía como Navarra, Aragón, Cataluña, Valencia y Mallorca.
Famoso poema de Quevedo escrito desde la rabia de quien observa impotente como la discriminación que sufría Castilla la estaba llevando a la ruina. ¿Será el Siglo XXI castellano igual que el XVII? 
Sobre Castilla, además de los impuestos medievales, los monarcas de la Casa de Austria harán recaer cuantiosos servicios ordinarios y extraordinarios, millones, almojarifazgos, rentas de Granada, etcétera, todos los cuales en su integridad gravitarán únicamente sobre los pecheros, lo que aumentará todavía más la injusticia de los mismos. En cambio la alcabala, impuesto que no reconocía exentos, quedará encabezada en una cantidad o fija o de progresión muy lenta, perdiendo cada día importancia relativa. 

Si calculamos las aportaciones fiscales de Castilla para un año ordinario del reinado de Carlos V, 1.553 (...) obtendremos los siguientes resultados en maravedís:

Rentas ordinarias..........  500.520.000
Maestrazgos.................  88.592.000
Servicios de las cortes.... 150.000.000 
TOTAL................................739.112.000

El equivalente a estos impuestos en los reinos de la Corona de Aragón eran los subsidios votados en cortes cada 5 años normalmente en el reinado de Carlos I por 300.000 libras Cataluña, 200.000 Aragón y 100.00 Valencia, equivalentes a 197.647.000 maravedís de los que 1/3 quedaba en los reinos para asuntos propios. La aportación real de 131.765.000 maravedís en cinco años correspondería a 26.388.000 anuales para los tres reinos. 

Comparando estas cifras con el número de habitantes que Carande halla para cada reino tendremos que a cada castellano le corresponde pechar 101 maravedís por los conceptos antedichos y a cada habitante de los tres reinos de la Corona de Aragón 20 maravedís: la presión fiscal pues que Castilla sufría era un 500 por 100 más que la de Cataluña, Aragón o Valencia. 

Y no hemos calculado la aportación de las Indias pertenecientes a la Corona de Castilla devorada en su integridad por las empresas militares de los Austrias: nos hemos limitado exclusivamente a los territorios peninsulares del reino de Castilla (...).

Y este desequilibrio fiscal empobrecedor y aun despoblador de Castilla lejos de aminorarse no hará sino aumentarse todo a lo largo del siglo XVII hasta alcanzar valores del 700 por 100 en relación con los otros reinos. 

Así, en 1.623 según datos de Domínguez Ortiz, mientras la alcabala en Castilla había pasado de 890.000 ducados en 1.553 a 2.754.768 desde 1.612 (...) los estados de la Corona de Aragón continuaban contribuyendo con 200.000 ducados entre Cataluña, Valencia, Aragón y Mallorca. En proporción a la población de ambos contribuyentes  la presión fiscal sobre Castilla sería un 838 por 100 mayor.

Y estos ingresos fiscales no se gastaban en servicios públicos productivos de variada índole, sino que en su casi totalidad se empleaban en gastos militares fuera del reino de Castilla, en sostenimiento de la Corte y en mercedes reales entre todos los súbditos de la Monarquía. 
El Recaudador de Impuestos, Pieter Brueghel (1.564-1.638). El Estado "asimétrico" organizado por los Habsburgo propició una presión fiscal inaudita sobre Castilla, que como consecuencia acabó empobrecida y despoblada.
Esta tremenda desigualdad fiscal va a perdurar sin notables rectificaciones hasta que Felipe V acabada la Guerra de Sucesión, establece en toda la Península una administración borbónica unificada y fija las cuantías que en proporción a su población y riqueza deberán aportar los diversos reinos de la monarquía. 
Las frías cifras  ponen al descubierto el continuado y monstruoso expolio que sufrió Castilla durante los siglos XVI y XVII, la profunda puñalada que la desangraría y que trocó el prometedor futuro del que hablábamos en la anterior entrada por crisis, ruina, y despoblación. El comercio decae, la producción se desploma, el número de habitantes se estanca o decrece.  ¡Cómo no nos van a venir a la memoria las palabras que el gran Miguel Delibes dejara escritas allá por los años setenta del pasado siglo!:
A Castilla se la ha ido desangrando, humillando, desarbolando poco a poco, paulatina, gradualmente, aunque a conciencia.
Con todo y con eso, aun los castellanos tenemos que aguantar a quienes desde la periferia y movidos  por la ignorancia o por la mala intención, insisten en pintar al régimen caótico, asimétrico y totalmente ruinoso (al menos para nuestra tierra) de los Austrias como un ejemplo de respeto por la diversidad y un precedente... ¡¡digno de ser emulado!!

No podemos pues sino coincidir con Gonzalo Martínez Díez cuando concluye:
No creo que haya que buscar causas ocultas al declive relativo de Castilla que se inicia desde el mismo siglo XVI, no hay economía capaz de resistir este desigual trato fiscal sin que comience a acusarse un desequilibrio regional. 
Visto el atroz resultado que supuso para Castilla el experimento de estado "asimétrico" implementado por Carlos I y sus sucesores, nos gustaría creer que la Historia al menos servirá de recordatorio para que no se repita. Al fin y al cabo, nuestros antepasados de aquella época no disponían de voto ni de libertad de expresión. Ojalá los castellanos de hoy hagamos valer nuestros derechos y la más elemental justicia y pongamos en el sitio que merece a todo aquel indeseable que pretenda  privilegiar a otros territorios a costa nuestra. Ojalá.



domingo, 27 de julio de 2014

Federalismo Asimétrico: ruina de Castilla bajo los Austrias (I)


Sí sabemos, en cambio, algunos importantes datos económicos que explican cómo Castilla hubo de contentarse con el opio de las alabanzas de los gobernantes españoles, mientras la expoliaban en beneficio de otras regiones españolas. Todo el lujo de los nobles y el aparato bélico y civil del Reino de España -ya no el de Castilla ni el de León- salían del trabajo de los campesinos castellanos y leoneses y del de los indios americanos.
Jesús Torbado. Una Defensa de Castilla


Si existe un nefasto concepto que revolotea amenazadoramente cual pájaro de mal agüero sobre el actual debate territorial es el de "Federalismo Asimétrico". Popularizado en su día por el antiguo presidente de la Generalitat Pasqual Maragall, sigue sin ser desautorizado explícitamente por casi nadie. Y mucho nos tememos que hay grupos interesados en fijarlo como eje de un nuevo modelo  que se intenta colar de tapadillo a la sociedad española en general y al pueblo castellano en particular. Éste, descuartizado en varias comunidades autónomas irrelevantes, casi sin conciencia nacional y sumiso desde hace mucho a las élites políticas (actualmente denominadas "la casta"), se presenta como principal candidato a ejercer de víctima propiciatoria (por enésima vez) en los apaños entre dichas élites y los nacionalismos exacerbados de la periferia. 

Escudo de Carlos I. Se agradece el detalle de situar  las armas de Castilla en el lugar preferencial. Pero no compensa en absoluto la sangría a la que la sometió en beneficio de su dinastía y de los otros reinos. 

Efectivamente, surgen continuamente rumores (¿o son más bien globos sonda lanzados desde ciertas instancias?) sobre futuribles privilegios fiscales, oprobiosos dobles raseros en lo que a la relación con el Estado se refiere y diferentes techos competenciales. Todo ello es por completo ajeno a cualquier federalismo digno de tal nombre, y opuesto a la letra y al espíritu de cualquier constitución federal de cualquier país medianamente serio. Muy al contrario: el federalismo se basa precisamente en la igualdad entre los territorios constituyentes. No admite beneficios especiales para algunos que conllevarán necesariamente  enormes perjuicios para los demás.

Fieles a la esencia de este humilde blog, bucearemos en la historia para estudiar algo parecido a un precedente de este malhadado "Federalismo Asimétrico" con el que por lo visto se pretende castigar a los castellanos. Nos fijaremos someramente en como funcionaba España en tiempos de los Habsburgo, la dinastía austriaca entronizada en el siglo XVI, después de los Reyes Católicos.

Como sabemos, a la llegada al trono de Carlos I, la Corona de Castilla era  uno de los principales estados de Europa Occidental. Había dejado atrás la crisis de la baja Edad Media, y se estaba configurando como gran potencia marítima. Burgos era por entonces un importantísimo núcleo mercantil especializado en el comercio con Flandes, y por toda Castilla proliferaban ferias, entre las que destacaba la de Medina del Campo. Incluso estaba creciendo una no desdeñable industria textil en ciudades como Segovia y Cuenca. Y por si todo esto fuera poco, acababa de descubrir un prodigioso e inabarcable Nuevo Mundo. El futuro parecía ciertamente prometedor.

Pero desgraciadamente, Carlos dejó claro desde el primer momento que su  objetivo no era otro que mantener y acrecentar los laureles y el poder de  los Habsburgo, en interminable conflicto con los monarcas franceses. Para ello no iba a dudar en orillar los intereses de Castilla y utilizarla como fuente de ingresos y de tropas para alimentar las interminables guerras en las que se vería envuelto. En adelante, con los dineros y soldados castellanos se defenderían en Flandes y Alemania  los intereses de su dinastía y  en Italia y el Mediterráneo los de la Corona "catalano-aragonesa" . 

Consecuentemente, el descontento se extendió entre los castellanos y cristalizó en la rebelión de las Comunidades. Pese a sus éxitos iniciales, la traición de la alta nobleza, que terminó por ponerse del lado del emperador, propició que los Comuneros fueran derrotados en Villalar en 1.521. A partir de entonces, la aristocracia sería recompensada con importantes privilegios y suculentos cargos, pero perdió la capacidad de controlar al gobierno. Las instituciones castellanas se vieron privadas de competencias y sus  libertades de contenido. Nuestros antepasados quedaron reducidos a la triste condición de contribuyentes y reclutas, silenciosos e impotentes ante lo que se les avecinaba. Como escribió el gran historiador D. Claudio Sánchez Albornoz:
Los castellanos fueron sujetos por la realeza antes que ningún otro pueblo hispano, sin que en el duro trance del alzamiento de las Comunidades recibieran socorro ni aliento de quienes después hubieron de seguir la misma suerte.
A diferencia de lo que hicieron con Castilla,  los Austrias se andaron con pies de plomo en su relación con Cataluña y Vasconia. En aquella época eran territorios bastante menos ricos de lo que lo son hoy, con lo que la cantidad de recursos que podían extraer de allí era limitada. El mismo Carlos lo confesaba al explicar su negativa en cierta ocasión a viajar a Cataluña, jurar sus fueros, y de paso solicitar algunas contribuciones:
...las rentas y millones que podría cobrar a mis súbditos de Cataluña serían tan ínfimos que apenas podrían cubrir los costes del traslado de mi real persona para realizar dicho juramento.
Pero en cambio, la importancia estratégica tanto de Cataluña como de Vasconia era enorme. Su situación geográfica fronteriza les hacía  paso casi obligado para cualquier ejército francés o español que pretendiese atacar al país vecino. Convenía y mucho que estuvieran bien pobladas y sus habitantes lo más satisfechos posible con el rey. De no ser así, los incentivos para mostrarse pasivos ante el enemigo, o incluso cambiar directamente de bando podían ser grandes y de catastróficas consecuencias. Cosa que terminó comprobando muy por las malas el Conde-Duque de Olivares en 1.640. La situación, pues, favorecía sobremanera a catalanes y vascos. ¡Y vaya cómo la aprovecharon!

Se mostraron muy dispuestos a integrarse en el Imperio para todo aquello que supusiera ganancias y beneficios. Pero, escudándose en sus fueros, se resistieron con ferocidad inusitada a  contribuir en proporción a su población o su riqueza al mantenimiento del mismo. Y por supuesto todo lo que ellos dejaban de pechar, caía una y otra vez sobre los hombros cada vez más raquíticos  del pueblo castellano. Cedemos la palabra otra vez a D. Claudio Sánchez Albornoz:
Castilla no oprimió a las otras regiones. Insisto en señalar que la Corona de Castilla mantuvo casi sola la inmensa carga del Imperio español."¡Su aporte fiscal equilibró en el curso de las décadas las cifras a que montaron el oro y la plata americanos!". Invito a meditar sobre esta realidad para comprender y justipreciar la tremenda crisis castellana y para rechazar toda inculpación de responsabilidad a Castilla en la miseria española.

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domingo, 5 de enero de 2014

Castilla y Cataluña: Tratado de Utrecht y Privilegios


El Rey Católico por atención a su Majestad Británica concede y confirma por el presente a cualesquiera habitadores de Cataluña, no solo la amnistía deseada juntamente con la plena posesión de todos sus bienes y honras, sino que les da y concede también todos aquellos privilegios que poseen y gozan, y en adelante pueden poseer y gozar los habitadores de las dos Castillas.
Artículo XIII. Tratado de Utrecht. 1713


1.713. Las potencias europeas  se reunen en la localidad holandesa de Utrecht. Es el principio del fin de la Guerra de Sucesión. 

Había surgido como una contienda entre los dos aspirantes a suceder a Carlos II en el trono  español, el francés  Felipe V de Borbón y el austriaco  Carlos de Habsburgo. La mayor parte de las potencias europeas tomaron partido por uno u otro. Pero tras más de una década de combates  ni Francia ni los Aliados han conseguido imponerse. Estos, (Gran Bretaña, Austria, Países Bajos, Portugal y algunos estados menores), llevaron la iniciativa durante la mayor parte del conflicto. Consiguieron grandes victorias en Flandes y Alemania  que pusieron a Francia al borde de la derrota. Sólo la desmesura de las condiciones de paz propuestas impidieron que  el soberano francés, Luis XIV, se diera por vencido y la consiguiente entronización del pretendiente austriaco, Carlos (III) como Rey de España.

Sin embargo, poco tiempo después Francia conseguia rehacerse paralizando el avance aliado hacia el norte de su territorio en la batalla de Malplaquet. Mientras, en el frente español,   Felipe V iniciaba una contraofensiva que tras expulsar a Carlos de Madrid y derrotar a su ejército  en Brihuega y Villaviciosa lograba arrinconarle en Cataluña.

Inglaterra se dio cuenta de que la mayoría del pueblo castellano había tomado decididamente partido por el pretendiente francés y que su objetivo de hacer Rey de España al candidato austriaco se antojaba muy complicado. Ante esta situación, y vista la impopularidad cada vez mayor de una guerra tan larga que estaba consumiendo cantidades ingentes de recursos humanos y económicos, el gobierno británico optó por abrir conversaciones discretas con Francia. Ésta, igualmente necesitada de poner fin al conflicto, accedió de buena gana. Ambas terminaron acordando unas bases para la paz, que posteriormente, de mejor o peor gana, no tuvieron más remedio que ser aceptadas por el resto de países contendientes en los acuerdos de Utrecht y Ranstatt.


Tratado de Utrecht (1713) por el que se concedían a  castellanos y catalanes los mismos privilegios
Muchos en Cataluña lo consideran algo oprobioso e  inaceptable

Las tropas aliadas que permanecían en Cataluña, embarcaron para no volver y el principado se encontró abandonado por los aliados y en una situación bastante comprometida. Beneficiado por un sistema de privilegios que le evitaban los gravosos impuestos que soportaba Castilla, veía que aquellos corrían serio peligro de ser abolidos. Felipe V había prometido en 1701 mantenerlos, siendo él, por su parte, jurado como Rey. Pero, sin embargo, apenas tres años después los catalanes le habían dado la espalda proclamando a su rival Carlos (III),  provocando que la guerra prendiera en la península y que la destrucción se extendiera por todas partes. Felipe ahora estaba decidido a uniformar las administraciones de la Corona de Aragón  y de Castilla, y a mantener solo las peculiaridades  del País Vasco y Navarra, territorios que le habían sido fieles.  Así lo manifestó su embajador  en Utrecht, el marqués de Monteleón:
porque en lo tocante a los privilegios que los reyes, por pura bondad, otorgaron a los catalanes, se han hecho indignos de ellos por su mala conducta
Ante este panorama, el embajador catalán en Londres, Pau Ignasi de Dalmases suplicó al gobierno británico que intercediera por el mantenimiento de sus fueros, invocando el pacto que había firmado en 1.705 con ciertos  representantes catalanes en Génova. En el mismo se estipulaba claramente que, en caso de derrota, Gran Bretaña se comprometería a proteger los privilegios de Cataluña. Pero como suele suceder en estos casos, el protector tenía sus propios intereses. El Reino Unido había salido muy beneficiado del Tratado de Utrecht. Había conseguido debilitar a Francia, su principal objetivo, y además la posesión de Gibraltar, y Menorca, más ciertas ventajas comerciales en América. No estaba por la labor de  renunciar a nada de ello a cambio de la satisfacción de las peticiones de los rebeldes catalanes. Así que cuando la reina Ana recibió al suplicante embajador Dalmases se limitó a decirle que:
había hecho lo que había podido por Cataluña y que lo haría aún, procurando por todos los medios posibles la seguridad y el cumplimiento de todo lo que se le había ofrecido y había obtenido por nuestra patria expresándome que todo lo que había hecho y hacía era de todo su corazón y del mucho amor y voluntad que nos tenía.
Se refería hipócritamente al artículo XIII del tratado de Utrecht,  por el que se reconocían a los catalanes "todos los privilegios de las dos Castillas". Es conocida  la desolación del señor Dalmases ante tal respuesta. Demasiado bien sabía él que conceder a los catalanes los "privilegios" de los que disfrutaban los castellanos equivalía en la práctica a no tenerlos. 

Tras la derrota de los comuneros en Villalar en 1521, Castilla había ido perdiendo  sus libertades. Bien sujeta a la monarquía, hubo de asumir la mayor parte de las cargas económicas y militares del Imperio de los Austrias, mientras el resto de territorios se escudaban en sus propios fueros para esquivarlas. En esa tesitura, los castellanos sufrieron una presión impositiva sin parangón que tomó la forma de un auténtico expolio. Historiadores catalanes como Albert Balcells reconocen que hasta los decretos de Nueva Planta Cataluña había sido un país fiscalmente privilegiado, mientras que Joaquim Albareda señala que a finales del siglo XVI "el Imperio era a todas luces un parásito de Castilla".

Las tristes consecuencias de esta discriminación de los intereses castellanos por parte del gobierno de los Habsburgo no tardaron en materializarse en forma de decadencia y ruina. En el curso de pocas generaciones, Castilla, que era el reino económica y demográficamente hegemónico dentro de la península, y uno de los más pujantes de la Europa del siglo XV vio perder la efectividad de sus Cortes, decaer irremisiblemente su industria y su comercio y despoblar sus campos. No podemos pues extrañarnos del desagrado del embajador Dalmases  ante la perspectiva de que su principado pasara a compartir los "privilegios" de los que gozaba Castilla. 

viernes, 20 de diciembre de 2013

Llorente y el Origen de los Fueros Vascos (I)


No por eso se piense que yo extraño adoptasen los vascongados la opinión de su antigua soberanía; pues ya se por los historiadores que suele ser lisonjero a todas las naciones el creer que su patria tuvo elevados principios. Los griegos defendieron que sus ciudades habían sido construidas por diferentes dioses. Los romanos atribuyeron a Marte la fundación de su capital: casi todas las gentes fingieron fábulas de esta clase; y contrayéndonos más, tenemos iguales ideas en la Castilla misma. 
Noticia Histórica de las Tres Provincias Vascongadas. Juan Antonio Llorente


El País Vasco ha tenido históricamente una legislación diferenciada de la común de Castilla. Un compendio de fueros o leyes viejas que han evolucionado con el tiempo y que tampoco eran iguales en cada uno de los tres territorios Alava, Vizcaya y Guipuzcoa, ni aún en ocasiones dentro de cada uno de ellos. Dichos territorios tenían instituciones y ordenamiento jurídico propios, pero también privilegios con respecto a sus vecinos castellanos. Por ejemplo, la exención de impuestos y de levas militares. De algún modo, este régimen especial ha llegado hasta nuestros días en la forma del concierto o cupo vasco.

Conforme nos adentramos en la Edad Moderna, muchos se preguntaron la razón de que estas provincias tuvieran un tratamiento tan ventajoso por parte de la monarquía. En línea con el espíritu de la época aparecieron y se recompusieron leyendas que procuraban aclarar esta circunstancia. Algunos  lo explicaban no por concesiones reales, sino por una supuesta independencia originaria de los territorios vascos al comienzo de la reconquista. Los privilegios serían las condiciones que habrían pactado posteriormente los vascos para aceptar a los reyes castellanos. Obviamente, a los naturales de las provincias vascas y a  las familias nobles de allí originarias tal teoría les resultaba la mar de satisfactoria, y no dudaron en darle pábulo. Fue reiterada en sucesivos relatos de genealogistas, y poco a poco, asumiéndose por la población. Y aunque, como ocurre siempre que los hechos carecen de demasiado fundamento, las versiones variaban sensiblemente, podría resumirse la leyenda así:
Los vizcaínos, después de haber rechazado a los invasores sarracenos, se encontraron con que los leoneses tampoco pudieron resistirse a la tentación de dominarlos e invadieron su país. Pero en  ayuda de los locales llegó un gran guerrero (inglés, escocés, vikingo, o incluso, de la propia cantera,  vizcaíno, que en esto los genealogistas no se ponían de acuerdo), conocido como Jaun Zuria. En castellano Señor Blanco,  denominación  que se anticiparía en más de un milenio a los coloristas nombres utilizados en Reservoir Dogs. A sus órdenes los vascos derrotaron a los invasores en Padura o Arrigorriaga y les persiguieron hasta el Árbol Malato, que a la sazón, estaría en un monte de Alava. Tras la victoria, los vizcaínos agradecidos nombraron a Zuria primer señor de Vizcaya. Y solo cuando los Reyes de Castilla pasaron a heredar el señorío,  empezaron a depender de ellos, siempre a condición de mantener sus privilegios. Algo parecido arguían los guipuzcoanos y los alaveses.

 Retrato idealizado de Jaun Zuria, el legendario primer señor de Vizcaya. En base a las pruebas documentales, su existencia real es bastante menos factible que la del Rey Arturo

Pero con la Ilustración y la extensión del método científico empezó la Historia su forcejeo por alejarse lo más posible de mitos, leyendas y relatos propagandísticos. Y sobre este particular tuvo mucho que decir un clérigo  llamado Juan Antonio Llorente. 

Llorente nació en el pueblecito riojano de Rincón del Soto, (casualmente el mismo pueblo del famoso futbolista contemporáneo con el que comparte apellido) en 1.756. Se hizo sacerdote, se doctoró en Derecho Canónico y ocupó diversos cargos religiosos. Cuando era vicario general de la diócesis de Calahorra, ésta tuvo un encontronazo con las autoridades forales de Álava, y Llorente se dedicó a buscar y examinar viejos diplomas de los archivos de la  zona. Todo con el fin de acumular argumentos y razones para el pleito. Posteriormente, comprobando que las escrituras consultadas no confirmaban, sino más bien contradecían las leyendas acerca del origen de los fueros vascos, se propuso escribir un libro sobre ello. Se dirigió al gobierno en busca de apoyo económico para su obra, y también de protección para su persona, pues sabía que unos trabajos anteriores, críticos con la Inquisición, le podían acarrear serios problemas con el Santo Oficio.

El momento parecía oportuno. Durante la recien acabada Guerra de la Convención (1.793-1.795)  las tropas francesas habían invadido el País Vasco sin encontrar demasiada resistencia. Y peor aún,  la Junta de Guipúzcoa había llegado a negociar con los invasores su inclusión en Francia. Por ello surgieron voces a favor de la abolición, o al menos de la reforma de los fueros. Se veían como un sistema de privilegios medievales, que perjudicaban a las provincias castellanas vecinas sin que, por lo visto, sirvieran para garantizar la lealtad a la corona de las vascongadas. 

Así que el gobierno, o mejor dicho, "los gobiernos", porque la situación de grave inestabilidad política hizo que se  sucedieran varios, recibieron el proyecto positivamente, pero con cautela. Sabían  que cualquier asunto relacionado con los fueros levantaría suspicacias en Vasconia, y discutir su origen legendario, no iba a ser una excepción, por más que se apoyaran las conclusiones con documentos. Se sucedieron las dilaciones, y no fue hasta 1.805 cuando vio la luz "Noticias Históricas de las Tres Provincias Vascongadas".

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Llorente y el Origen de los Fueros Vascos (II)


Con los diplomas se aclara el derecho de cada uno. Sin ellos en las ocurrencias civiles nada se cree. Y si diriges tu consideración hacia la historia, esta vacilará; y será diminuto el conocimiento de las cosas de la edad media y tiempos subsiguientes, como no se fortifique y prevalezca con estos auxilios.
Noticias Históricas de las Tres Provincias Vascongadas.Juan Antonio Llorente

Esta entrada es continuación de LLorente y el Origen de los Fueros Vascos (I)


¿Pero que es lo que se decía en "Noticias Históricas..."?  En resumen, se calificaban de simples leyendas sin fundamento histórico alguno la existencia del "primer señor de Vizcaya" Jaun Zuria, y la batalla de Padura contra los leoneses. Se afirmaba que tampoco las provincias vascas habían sido independientes de los reinos castellano o navarro, y que los fueros de los que disfrutaban eran similares a los que se concedían en aquella época a otras  muchas zonas. Y si, a diferencia de éstas, con el tiempo no solo los habían conservado sino incluso aumentado, era a consecuencia de más mercedes reales.  

La Academia de la Historia  se refería así a la obra en 1.811:    
"Las Noticias Históricas de las Provincias Vascongadas que comprendían dos tomos, son conocidos tiempo ha de la Academia, y en esta obra procuró el autor demostrar con toda evidencia que habiendo sido conquistadas por los Reyes de Castilla y Navarra dichas provincias, o parte de ellas en diversos tiempos, todos los privilegios que gozaban y que sus naturales creían como pacto de un país independiente en lo antiguo con aquellos soberanos, solo eran concesiones y mercedes debidas a la liberalidad de estos: verdades que después apoyó el Sr. Llorente en la "Colección Diplomática" donde la rareza y preciosidad de las escrituras, la mayor parte inéditas, se agregan copiosas ilustraciones para la geografía, costumbres y algunos sucesos de la edad media."
La reacción a la obra en las provincias vascas fue seguramente más adversa todavía de lo que Llorente podía esperar. Muchos vascos comprendieron perfectamente que un origen pactado desde su independencia original era la mejor salvaguarda de sus privilegios. Si al final resultaba que solo se debían a concesiones, bien podían ser modificados o anulados por otras disposiciones. Llovieron pues las críticas,  tanto desde las provincias forales como desde el "lobby" vasco asentado en Madrid.  Fue vilipendiado y zaherido. Se le acusó de actuar por resentimiento, de meterse en investigaciones históricas que eran incompatibles con su condición de clérigo, y hasta de falsificar diplomas según su conveniencia, bien es verdad que sin que nadie señalara cuales eran las supuestas falsificaciones. 


Juan Antonio Llorente, por Goya
Considerado a veces el enemigo público numero uno por los historiadores vasquistas

Esta última acusación sí debió sacar de sus casillas al clérigo riojano. Buena parte de su trabajo había consistido precisamente en remover incansablemente viejos archivos buscando preciosos y olvidados pergaminos. Creía, con un criterio que se puede calificar de moderno, que la historia como disciplina científica siempre debía sostenerse sobre documentos convenientemente sometidos a la crítica para evitar fraudes. De hecho, la posterioridad no ha podido probar que hubiera falsificado ninguna de las muchas escrituras presentadas, y los expertos actuales  que las han  estudiado  reconocen la integridad del autor, más allá de que haya quien pueda disentir de alguna de sus conclusiones. 

Pero lo cierto es que el debate fue extremadamente agrio y el propio Llorente se dejó llevar por la polémica. En el prólogo de su tercer tomo, el dedicado a presentar las pruebas documentales que sostenían sus teorías, respondía con dureza  a  Francisco Aranguren y Sobrado. Éste, que ejercía de Alcalde del Crimen en la Chancillería de Valladolid, fue uno de los primeros elegidos por el Señorío de Vizcaya para tratar de refutar la obra Llorente:
Ha perdido pues el trabajo y el aceite el señor demostrador, por más que la multitud de vizcaínos (que se hacen en Madrid castellanos para gozar las rentas provenientes de los bolsillos de los nacidos en Castilla) griten por tertulias plazas cafés y conversaciones particulares que me ha concluido el señor consultor; y por más que muchos paisanos suyos sean propagandistas de tales jactancias fuera de la corte.
Y es que, ciertamente, ante la batería de escrituras que presentaba como prueba el riojano poco podía hacer la habilidad retórica del legalista vizcaíno. Y aunque después de Aranguren vinieron muchos más impugnadores, la obra de Llorente sigue representando un hito importantísimo en la historia medieval de las provincias vascas y zonas adyacentes.

Paradójicamente, hay que recalcar que nuestro hombre jamás se mostró partidario de la abolición de los fueros vascos.  Se limitó a criticar su origen legendario y expurgarlo de leyendas y mitificaciones. Consta la sorpresa del representante vizcaíno a la Junta que convocó Napoleón en Bayona para dotar a España de una constitución, el Sr. Lardizabal, cuando el también asistente Juan Antonio Llorente:
...negó la nativa independencia de las Provincias, pero las hizo la gracia de considerarlas acreedoras a la especial protección de S.M. por su localidad y naturaleza del terreno.
Por contra el diputado castellano representante de la ciudad de Burgos, con bastante llaneza, pero a nuestro juicio con no poco sentido común:
...alegó que no era justo que los naturales de las Provincias que no contribuyen, obtuviesen los empleos de la nación.
Pasaron los años. Tras la Guerra de Independencia Llorente tuvo que exiliarse en Francia. Viejo y pobre, pudo regresar a España dos años antes de morir en 1823.  Los nacionalistas vascos le consideraron durante mucho tiempo una especie de historiador diabólico que había osado poner en tela de juicio la legitimidad de sus sacrosantos fueros y libertades. Los conservadores españoles no le tuvieron en mucho mejor concepto por sus aceradas críticas a la Inquisición y su condición de afrancesado. Desde sectores liberales y progresistas sí que se hizo cierta tibia defensa de su obra y trayectoria vital. Pero parece, en definitiva, que su carácter polémico y contradictorio le ha privado de ocupar un lugar en la posterioridad más acorde con sus muchos méritos historiográficos.



Bibliografía
La Independencia Vasca. La Disputa sobre los Fueros. Francisco Fernández Pardo
Noticias Históricas de las Tres Provincias Vascongadas (I).Juan Antonio Llorente
id.  (III)